LAS CINCO ESCOBAS Y LAS AMIGAS HERMANAS
Marzo 18
Querido Diario:
Esta semana fui con Lissa a
comprar los libros para la universidad y la ropa para la boda. Ya casi tenemos
todo. Ahora restan los preparativos para adornar el salón y también el castillo
para la fiesta en el reino mágico. Es bueno hacer las cosas con tiempo, ya que,
si para los mortales es complicado, para los magos que convivimos con ellos, lo
es todavía más, si queremos que todo esté en regla, encima de eso acostumbramos
a hacer una ceremonia más, lo que implica también un tercer banquete. Es todo
tan lleno de adrenalina, como cuando llevamos a cabo la estrategia del baile
del colegio de los mortales.
El día previo, lo ocupamos todas
en el armado y decorado de los gazebos para el día siguiente y en preparar la
exhibición ecuestre de la mañana. Desde luego, Valeriana no movió un pelo, y se
dedicó a exagerar la gravedad de la lesión en sus dedos.
- … y no sé si
podré recuperar del todo la movilidad de mi mano. Lo peor de todo es que mis
padres no lograron hacer que a esa arpía la expulsen…
- Será porque
cuando me encerraste en mi casillero por una hora, casi me asfixio. Y no
levanté cargos en tu contra, sino sería otra la que hoy estaría sin colegio… -
contesté al pasar. Desde ese momento, mi rival desapareció hasta la noche del
sábado, cuando se permitió el lujo de presumir de la mano de Ian, y por
supuesto, crear expectativas en la concurrencia acerca de mi presencia en la
fiesta…
- ¿La peluda
todavía no llegó? ¡Debe estar escondida bajo la cama!... ¿Saben quién la
invitó?... ¡El cuidador de las caballerizas! ¡El bobo cuatro ojos con olor a
bosta!
- ¡Jajajajá! –
todos estaban muertos de risa, menos Ian, que sabía de lo que yo era capaz de
hacer… y también sabía que no podría evitar los celos en cuanto me viera, lo
que ocurrió a los pocos minutos. Al menos una docena de mandíbulas
meticulosamente maquilladas con Lanḉome cayeron al piso.
- ¡No puede
ser!... ¡Es imposible!... ¡No es el mismo! – suspiraba Valeriana, sin sacarle a
Uriel los ojos de encima - ¿Cómo?...
- Las
apariencias engañan… - fue toda la respuesta que obtuvo de su compañero de baile,
al que, de inmediato, llevó a la pista central. Desde luego, alteró toda la
cuidada planificación del evento, ya que, se suponía, el baile no se abriría
hasta la medianoche. Todas las parejas siguieron a Valeriana para el vals
inicial. En mitad de la pieza, mi rival intentó despertar los celos de Uriel,
besando a Ian.
- (¡Zorra
desgraciada!)
- (Es momento
de que me retire, princesa.)
- (Por favor,
antes de que mi poder se salga de control.)
- (Te espero en
casa.)
- (De acuerdo)
– Ian se excusó con Valeriana, se dirigió a los cuartos de baño, pero a medio
camino, se desvió y salió hacia el aras, para atravesar el espejo. En la pista,
mientras tanto, Uriel ardía por consolar a la desolada bailarina plantada.
- Parece que la
señorita Asencio perdió su pareja…
- Yo más bien
diría que el señor Riccardi fue quien salió huyendo de su… ímpetu.
- Yo no la
hubiera abandonado… ¿se le ofrece algo de beber?
- Sí, gracias…
¡Hmmm!... ¡Uriel!... ¡Uriel!... Está muy distraído…
- Preocupado…
la está pasando mal…
- Sáquela a
bailar.
- Pero…
- ¡Adelante!
¡Es su oportunidad!
- ¿No se ofende
usted?
- Para nada…
¡Vamos! – tuve que empujarlo para que se fuera con ella. Todo sucedió en un
pestañeo: la tomó de la mano, le sirvió una copa, y comenzaron a charlar, se
alejaron de los gazebos y nadie más pareció notar su ausencia. Al día
siguiente, Fantoche me contó que los vio “aparearse” en la caballeriza de
Tabatha.
Cuando los perdí de vista,
también me retiré de la fiesta y fui por el espejo a casa de Ian.
- ¡Al fin!
- ¿Tardé mucho?
- ¡Demasiado!
- Es que Uriel
no se animaba a encarar a Valeriana… ¡Lo terminé empujando!
- ¿Con
semejante facha?
- Digamos que
el patito feo se volvió cisne y no se adapta con facilidad al nuevo plumaje…
- ¿Qué te
quedaste haciendo?
- Me aseguré de
que se fuera con ella. Hasta que no desaparecieron camino a los establos, no
salí.
- ¿Seguro?
- ¿Qué te pasa?
¿Desconfiás de mí?
- Ese tipo pasó
de no matar una mosca, a ser más galán que Brad Pitt… ¡Te trae del brazo, todo
el mundo lo mira a él y vos dejás de ser el centro de la atención, para pasar a
ser una más entre todas esas babosas que mueren por él…!
- ¡No tenés
cara, Ian! ¡¿Tan luego vos venís a hacerme
mí una escena de celos estúpidos?! ¡¿A acusarme de mirar a alguien,
cuando socialmente no sos nada mío, cuando no soy tu pertenencia?! ¡¿Yo tengo
que ser “la babosa” con un perfecto desconocido, cuando por tres años y lo que
quede de la secundaria de Vanessa, me tuve y me voy a tener que seguir bancando
tu “noviazgo” formal, con el alma destrozada, por culpa de tu falta de
pantalones, cruzada de brazos, viendo cómo una Cazafortunas se queda con los
besos, que según vos, deberían ser míos?! – en este punto, Ian se dio cuenta de
su tremendo error e intentó acercarse.
- ¡Princesa! –
levantó la mano para acariciarme el pelo y se la retuve, tomándolo por la parte
inferior de la muñeca, descubriendo el lazo blanco de la promesa veélica.
- ¡Sólo una
veela puede desatarlo con una causa justificada! ¡No me obligues, por favor! –
di media vuelta y crucé nuevamente el espejo - ¡DEFLEXUS VEELA! – fue como
cerrarle la puerta en la cara.
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