LAS CINCO ESCOBAS Y LAS AMIGAS HERMANAS


Febrero 25




Querido Diario:

               Ya tengo los datos que solicité al colegio, pero la elaboración de la estrategia está siendo una tarea más ardua de lo que en un principio había calculado.
             El entrenamiento del ejército veélico sigue su curso normal. En esta etapa de la guerra, estamos teniendo menos bajas, debido a la oportuna eclosión de varias docenas de huevos de fénix. Para resguardar el secreto de su existencia, ordené que se trasladara a todos los heridos graves a los nuevos sótanos del castillo. Allí, los soldados recuperan la salud en cuestión de minutos. Una vez bien alimentados, armados y aprovisionados, regresan al campo de batalla en tiempo récord.
             Paradójicamente, las brujas que más seguido ingresan a esta suerte de “hospital secreto” son las que años atrás lo intentaban todo para competir conmigo. Ese año, incluso en la mitad de la carrera por el ingreso al C.E.M., su principal objetivo era conseguir que los chicos dejaran de admirarme. Un trabajo totalmente inútil, por cierto. Ellos estaban tan fascinados, que ni siquiera notaban la presencia del resto de las estudiantes. Hasta trataron de usar pociones de amor… ¡me daban mucha ternura! Y así como yo me sentía enternecida, las otras muchachas, con excepción de Lissa, estaban verdes de envidia. En consecuencia, del mismo modo en que los varones trataban de impresionarme, las mujeres pasaban gran parte de su tiempo libre buscando la forma de disminuir mi belleza.
            Antes de las dos últimas pruebas, por tradición, se realiza un baile en el salón central del colegio. El evento tiene una particularidad: las chicas deben invitar a los chicos, lo cual implica un esfuerzo por parte de ellos para ganarse esas invitaciones. Ya te imaginarás, querido Diario, la cantidad de tonterías que tuve que ver toda aquella semana, hasta que llegó el viernes.
- ¡Marijazmín!... Te traje un búho Pigmeo… - empezaba uno.
- ¡Marijazmín!... Hice una corona de rosas azules… - seguía otro.
- Un brazalete de aguamarinas… lo transformé a partir de un ramo de jazmines… adecuado, por tu nombre… - y así cada día…
            El viernes al amanecer, Lissa me despertó antes de que saliera el primer rayo de sol…
- ¡Dormilona! ¡Si no te apurás, te van a ganar de mano!
- ¡Hmmm!... ¿Qué hora es?
- Las cinco…
- ¡Vanessa!
- ¡Acá está la tarjeta! Y Brisa espera en la ventana.
- ¡Perfecto! – salté de la cama y cerré el sobre con cuidado. Abrí la ventana, y le entregué el mensaje a mi ave de correo – Tenés que llegar antes que nadie a la ventana de Ian. – la observé levantar vuelo y me quedé contemplando el paisaje y la majestuosidad del desplazamiento de Brisa en el aire matutino. Cinco minutos más tarde, el águila regresó con una respuesta más que positiva: el tocado de flores frescas para el vestido.
- ¡Pagaría por ver la cara de la teñida esa cuando se encuentre sin pareja en su propio baile!
- ¡Cierto! ¡Las estiradas no te van a dejar entrar!... REFLEXUS VEELA. – el espejo veélico apareció en el dormitorio, junto a la cama de Lissa – A la hora del baile, dale dos toques de varita.
- ¡Gracias!
- ¡Por nada! Vamos a desayunar… - nos pusimos los uniformes y bajamos al comedor. Ian se había retirado sin pasar por ahí, su padre lo había pasado a buscar para llevarlo al hospital de niños brujos: Marcelino había sufrido una crisis alérgica y estaba delicado. Todo me lo había contado por varita, mientras recorríamos las instalaciones. Como me quedé preocupada, decidí que esa tarde enviaría a Gloomie a buscar mi vestido y yo pasaría a visitar al bebé.
- ¡Hola!... ¿Puedo pasar? – pregunté abriendo la puerta de la habitación.
- ¡Marijazmín! – Ian casi me asfixia con el abrazo - ¡Menos mal que viniste! ¡Estos sanadores ineptos no tienen idea de lo que deberían hacer para averiguar qué elemento fue el que le provocó el ataque al gordito! ¡Y a mí no me quieren escuchar!
- ¡Típico! Quédense tranquilos, Irina ya fue avisada, viene en camino y lo va a revisar…
- ¡Gracias!... Mamá está tratando de hablar con los sanadores… vení… - Ian me llevó a ver a su hermanito, que parecía dormir. Estaba cubierto de llagas y pústulas…
- ¡Por las barbas de Merlín!
- Esa fue mi expresión más suave… no sé qué pudieron haberle hecho… pero me resulta horriblemente familiar todo esto…
- ¿Sabés algo?
- Pasó lo mismo conmigo… pero yo soy más fuerte que Marce… no me pudieron iniciar en Omega, por la alergia.
- ¿”Omega”?
- Una hermandad de la rama paterna de toda mi familia…
- ¿Los introducen en  las Artes Oscuras?
- Sí… Pero sólo es una tradición… de hecho, a los que nacen con mi problema ya no los desheredan. Muchos matrimonios mixtos con semihumanos…
- ¡Ahá! Algo mencionan los libros de mi bisabuela…
- ¡Wow! Era muy versátil…
- Siempre lo dije… por la gravedad de las lesiones… se diría que lo forzaron…
- Mamá está segura de eso. Dice que papá se puso como loco e insistió muchas veces. Para colmo de males, estaba muy pasado de “Euforia”. Hasta que uno de los miembros, que es sanador, dijo que la vida del gordo estaba en riesgo. Entonces, lo trajeron aquí. Mamá tiene ganas de convertirlos en sapos. Pidió el divorcio. Definitivo. Y esta vez se lo van a dar. Puso en peligro la vida de su propio hijo. Le van a quebrar la varita como mínimo… - Ian no se atrevía a mirarme a los ojos, humillado.
- No te angusties. Vamos a hacer que esté bien… - lo abracé y dejé que llorara.
               El pequeño Marcelino estaba en una especie de coma mágico. Irina lo atendió sin decir una sola palabra, salió de la sala y se dirigió a los padres del bebé.
- ¿Cómo está? – preguntó Alexia, con desesperación en la voz y lágrimas en los ojos.
- Sin ocultarles nada, - dijo mi prima – les comunico que la situación del pacientito es sumamente delicada. Grave. Existen pocas posibilidades de que se recupere. No nos faltan elementos, desde luego. Pero lo que se le hizo al niño… constituye un acto criminal. El tratamiento va a ser prolongado y muy costoso.
- Nos sobra oro. – respondió Giampaolo.
- Bien. Esta es la cuenta por el total de los procedimientos. Preséntelo en la Secretaría. Empezaremos a trabajar de inmediato. No podemos perder tiempo. – sin más, Irina regresó y habló conmigo.
- Vas a intervenir.
- ¿Qué tengo que hacer?
- Este – mostró – es el dije del Infinito.
- El amuleto por excelencia contra las Artes Prohibidas…
- Exacto… ¿y sabés por qué sirve para todo?
- ¿Por qué es hueco?
- ¡Muy bien! Voy a ponerle uno de mis cabellos. Y vos vas a cortarte un mechón de la nuca, con el que vas a tejer una cadena… con la varita de platino.
- Siempre la tengo a mano.
- ¡Perfecto!
- Trabajá con el bebé en brazos.
- Entendido. – así lo hice. Una vez que terminé, Irina colgó el collar en la cabecera de la cunita. Su padre no se le pudo acercar en toda la estadía de la criatura en el hospital. Y nunca supo con qué curamos a su pequeño hijo.

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