LAS CINCO ESCOBAS Y LAS AMIGAS HERMANAS
Febrero 13
Querido Diario:
No todo en la vida de una
estudiante de tercero de Magia y Hechicería son burbujas en forma de corazón. A
la competencia en la cual todo valía, se sumó una secreta persecución por parte
de los nuevos pasantes universitarios.
Desde un principio, a nadie le
cayó del todo bien esa promoción. Se veían bastante bizarros. Se vestían igual,
se peinaban del mismo modo, todos con el cabello largo recogido en un rodete
sobre la nuca, y hasta se movían simétricamente. Lissa, la intuitiva por
excelencia, siempre se descomponía cuando pasaban junto a ella. Un día tuve que
llevarla a la enfermería. La señora Bennett fue terminante.
- Alergia a las Artes
Oscuras.
- ¿Cómo? – pregunté,
asombrada e intrigada, jamás había oído cosa semejante - ¿Se puede ser alérgico
a la Magia Oscura?
- Sólo les sucede a
los magos con afinidad hacia las Ciencias Adivinatorias. El más conocido, a
decir verdad fue Yorgo Kapatelis.
- Es extraño… - comentó
más tarde Lissa – Jamás se me pasó por la cabeza la idea de estudiar nada de
eso. Por el contrario, siempre me pareció que era algo humillante para un brujo
de raza. Pudiendo hacerse tantas cosas más poderosas…
- Suena lógico…
¿estás mejor?
- Bastante. Pero a
“esos”, ¡no los quiero cerca!
- Me imagino. Lo que
no me cierra, es cómo hicieron para volver al colegio… Acá la Magia Oscura no
se permite ni para experimentos… A menos que, de algún modo, se estén
camuflando y ese camuflaje sea lo que te afecta…
- Puede ser…
- ¿Investigamos?
- No haríamos mal…
- Aunque yo le
avisaría primero a Sigfrid, por tu caso de alergia. Presentale el diagnóstico.
Si querés, te acompaño. ¿Vamos ahora?
- ¡Sí, por favor!...
¡Ahhh!... ¡Aghhh!... ¡Vienen doblando la esquina!...
- Ya los vi… ¿Podés
caminar?... Vamos para el otro lado. – pasé su brazo por sobre mis hombros y
tratamos de despistarlos, pero nos venían siguiendo a propósito, hasta que a
pocos metros de las oficina de Sigfrid, nos alcanzaron, desde luego, sus egos
llegaron antes…
- ¿Alumnas fuera del
aula? – preguntó uno de los pasantes.
- Venimos de la
Enfermería… y creo que vamos de regreso, mi compañera está descompuesta…
- ¡Hmmmm! – el joven
hechicero nos miraba con suspicacia y desprecio - ¿Qué materia tienen a esta
hora?
- Transformaciones y
Mimetismo III. – respondí – Con el profesor Cliff. Está avisado.
- Típico… ¡Muchas
ñañas hay acá! – cuanto más se acercaba el pasante, peor se sentía Lissa y más
la molestaba el brujo. Me mordí la lengua para no decirle todo lo que pensaba,
pero no valía la pena. Me importaba mucho más la salud de mi amiga, quien
estaba al borde del shock. Finalmente, la pobre Lissa colapsó en mitad del pasillo
y ahí los dos pichones de patovica se asustaron en serio y salieron como rata
por tirante. Una vez que los vi doblar la esquina de la biblioteca, saqué mi
varita y me comuniqué con el rector.
- ¿Sigfrid, estás
ocupado?
-
¿Marijazmín? ¿Ya aprendiste a usar tu varita como intercomunicador? ¡Brillante!
- Agradezco el halago,
pero tengo un problema aquí que requiere de tu atención inmediata.
-
Pasá a mi oficina.
- Tengo a la alumna
Giommini desmayada en el piso del pasillo frente a tu despacho.
-
Voy para allá. – en un pestañeo, el profesor Mc Cleod estuvo a mi
lado.
- ¡Qué bueno que
estás acá, Sigfrid!
- ¿Qué sucedió?
- Lissa tuvo un
ataque de alergia mágica. – le tendí un pergamino de la señora Bennett – Este
es el diagnóstico de Enfermería.
- ¿Alergia a las
Artes Oscuras?
- Eso mismo me
pregunté yo…
- ¡No es posible! –
exclamó, alzando a Lissa en sus brazos y caminando hacia la oficina – Aquí, lo
único que podría causarle un efecto así, sería el contacto casi
permanente, por varios años, con los
libros del sector prohibido de la Biblioteca. Y, como ya sabemos, estudiantes
de su nivel jamás tendrían acceso a algo tan peligroso…
- Es lo lógico.
- Usa tu fénix para
despertarla.
- ¡Nixie, te
necesito! – el pequeño pájaro de fuego voló, como evaluando lo que tenía ante
sus ojos, que destellaron igual que dos zafiros.
- “¡Magia Sucia!” –
exclamó – “Y ánimo de hacer daño. Mucho daño. Y por diversión, sin
justificativos.”
- ¿Qué se debe hacer?
– preguntó Sigfrid.
- “Por esta vez, la
puedo curar sin problemas. Pero el caso debe ser visto por un profesional.” –
Nixie derramó una lágrima sobre los labios de Lissa y de inmediato se notó un
cambio positivo – “El único efecto colateral de mi intervención será un
desarrollo más veloz de las dotes adivinatorias de la joven… Debo descansar.” –
sin más, el fénix volvió a mi brazalete.
- Creo que algo
muy malo está sucediendo en el colegio, Sigfrid.
- He de
admitirlo. Lo que no me explico es cómo.
- Los libros no
tienen ánimo ni voluntad, lo que derrumba tu teoría, acabamos de escuchar la
palabra de un fénix. Esto es inexcusable.
- Enviaré un
águila al hospital, para que el Jefe del Departamento de Alergias Mágicas venga
a examinar a tu amiga.
- Eso, como
primera medida.
- Si hay Magia
Negra infiltrada en el colegio, lo mejor que puedes hacer es mantener a tu ave
de fuego lo más oculta posible. Como gran arma para el combate, pueden querer
robártela.
- No se
preocupe, Nixie sólo sale cuando realmente lo necesito. No le agrada que
presuma con él. Es muy modesto.
- Bien. Vamos a
levitar a esta niña nuevamente a la enfermería, mientras esperamos al sanador.
– se oyeron golpecitos en la aldaba.
- “¡El Profesor
de Transformaciones y Mimetismo, Jonathan Cliff!” – anunció la aldaba.
- Que pase. –
ordenó el rector. El profesor palideció ante la vista de una de sus estudiantes
predilectas en ese estado.
- ¡Oh!...
Sigfrid, ¿qué ha sucedido? Fui alertado por un grupo de pasantes, pero en
verdad, esperaba otra cosa. – preguntó, acercándose a Lissa y estudiando su
aspecto, como quién está familiarizado con el tema.
- Según la
señora Bennett, es un ataque de alergia a las Artes Oscuras.
- ¡Inaudito!...
aunque de acuerdo con mi propia experiencia, podría coincidir con ella.
- Lo mismo
dije. Pero las pruebas son contundentes. ¿Nos ayuda a trasladarla, profesor
Cliff?
- Con mucho
gusto. – y me pareció que eso era cierto. Lissa, al igual que yo, estaba
cambiando mucho el cuerpo. Se estaba poniendo hermosa y el profesor Jonathan
aún era muy joven. Al principio pensé que no era más que una idea loca en mi
cabeza, pero los días subsiguientes confirmarían mi sospecha.
El informe del sanador del
hospital para Seres Mágicos fue esclarecedor y al mismo tiempo inquietante. Les
explicó a la madre de Lissa y a ella, que la reacción alérgica pudo haberse
producido debido a la gran sensibilidad natural de Lissa frente a lo
antinatural, más específicamente, a la Alta Magia de Camuflaje, cuyos
procedimientos de dudoso origen, por lo general, crean confusión en los
neurorreceptores muy desarrollados. Incluso, recomendó una depuración del
personal y de estudiantes para que cosas como esa no volvieran a repetirse.
Ordenó una semana de internación para mi amiga y otros diez días de reposo
absoluto en su casa.
- ¿Cómo voy a
hacer para estudiar? Me voy a atrasar demasiado…
- Ahora, lo que
importa es que te pongas bien, hijita. – dijo su madre, dándole un beso en la
frente.
-Puedo pedir
que te atienda Irina… así te prestamos un espejo veélico para que no pierdas
clases.
-¿Cómo así?
-Lo ubicamos al
lado del escritorio de los profesores y vas a poder presenciar las lecciones
desde la cama.
-¿En serio
podés hacer eso?
-¡Obvio!
-¡Gracias! – a
Lissa se le llenaron los ojos de lágrimas. Esa misma tarde se la llevaron al
hospital.
Como no estaba conforme con lo
que dijeron los profesionales de la salud, esa noche, me colé en la biblioteca
y fui a consultar el libro de Laureen Lynch. Pero por más que lo leyera de cabo
a rabo, no encontré la solución al problema. Detrás de eso había algo más y
tenía que ver con los pasantes bravucones.
A la mañana siguiente, los
universitarios aparecieron mostrando algo nuevo en sus túnicas: un extraño
escudo en la parte trasera. De oro, con una representación del globo terráqueo
cruzada por dos varitas negras y la letra griega omega debajo, en el centro.
Según lo que pude escuchar a través de diversos comentarios al paso, esos
chicos pertenecerían a una hermandad universitaria. Desde luego, no me conformé
con eso. Tanto fue así, que me traje de casa la laptop y en los ratos libres me
dediqué a investigar, luego le pasaría el material a Lissa.
Por supuesto, mi insistencia
molestó bastante, y después de varios pergaminos impresos cerca del alcance de
la vista de los muchachos, con muy poca discreción de por medio, empezaron a
vigilarme. Hasta Ian se preocupó.
- ¿Todo bien,
Marijazmín? Esos tipos te están muy encima.
- La verdad, no
del todo.
- ¿Te puedo
ayudar en algo?
- Me gustaría
saber quiénes son estos nuevos pasantes.
- Mi papá los
conoce, los he visto en casa, en su biblioteca privada… si vos querés, yo le
pregunto.
- ¡Gracias!
¿Cómo está tu mamá? Hace mil que no la veo.
- ¡Panzona! Y
preguntando por vos, dice que hace mucho que no te llevo a verla. – respondió
Ian acentuando el final de sus palabras con cierto tono de reproche.
- Decile de mi
parte, que este fin de semana, voy a pasar a visitarla. Es mi franco del
trabajo en los hospitales móviles, que por cierto, llevás semanas sin hacerles
los controles, ¡vaya uno a saber por quién! – me levanté y me fui al parque.
Lissa mejoraba rápidamente, y
gracias a mi prima Irina, no perdía clases. Le comenté que los pasantes me
estaban siguiendo y le hablé de la hermandad universitaria. No hizo falta que
me pidiera los datos que había conseguido hasta el momento, para poder
continuar investigando ella misma. Como de costumbre, tenía un presentimiento.
Y una hora después de nuestra última charla, me llamó por varita.
- “¡A que no
sabés quién más perteneció a la hermandad!”
- ¿Giampaolo
Riccardi?
- “El mismo.”
- ¡Bingo!
- “Y hay una
cosa más… Omega, que así es como se llama la institución, es una secta. Algo
así como el batallón de reclutamiento de algo autodenominado Omega 66… Que ya
es a las claras evidente que volvió a la acción después de varias décadas.”
- Cada minuto
que pasa, lo dudo menos, amiga. Específicamente, ¿qué encontraste respecto al
padre de Ian?
- “Bastantes
cosas: dentro de la estructura piramidal, se encuentra ubicado en un nivel algo
bajo, para lo que él está invirtiendo económicamente y en recursos humanos.”
- ¡Interesante!
- “¿Cómo van
las cosas respecto a los pasantes? No me terminaste de contar.”
- Siguen tan
presuntuosos como siempre. Andan tras mis pasos, pero por ahora, no representan
un peligro. Sólo son molestos. Lo que sí noté, es que los chiquitos de primero
les tienen un poco de miedo. Y creo que eso les gusta. No van a tardar mucho en
empezar a asustarlos a propósito.
- “Hay que
hacer algo con eso…”
- Por ahora,
esperar. Son hombres… y magos oscuros. Solitos se va a hacer echar de acá. No
manejan muy bien el tacto con nadie. En mi opinión, en esta generación son un
fracaso garantizado, yo me pienso quedar en el molde.
- “Me parece
sensato.”
- Bueno,
muchacha, te dejo seguir con tu reposo y me voy a la biblioteca.
- “¿Huyendo de
la ‘parejita del año’?”
- ¡Para no
matar a alguien!
- “¡Tranquila!
Tenés la garantía de que todo va a salir bien. Puede tardar, pero sabés que es
un hecho.”
- Ok.
- Nos vemos, ¡Lissa!
– aparecí el espejo de plata en el aula de la primera clase del día siguiente y
caminé hacia la biblioteca. A los pocos metros, vi que me estaba siguiendo uno
de los pasantes. Decidí ignorarlo. Pero al doblar la esquina, se le sumó otro y
un tercero venía en dirección opuesta. Los tres me alcanzaron a un paso de mi
destino.
- ¡Nombre! –
exclamó el primero.
- Kapatelis. –
respondí.
- ¡Y yo,
Trismegisto! ¡¡Nombre!!
- Marijazmín
Kapatelis Prince-Lynch.
- ¡Acá las
mentirosas se callan con mucha facilidad! – dijo el segundo - ¡Castigada en la
Oficina de Pasantía, por pretender ser una Veela!
- ¡Soy una
Veela! – dije indignadísima.
- Cualquier
bruja rubia de ojos claros puede hacerse pasar por Veela…
- ¡Yo no soy
rubia! ¡Soy Veela pura!
- ¿Lo podés
probar, borreguita? Ya tenemos experiencia en estas cosas. – preguntó el
tercero. Sabía lo que estaban buscando: Magia Involuntaria. Riccardi padre
había hecho bien las cosas. Se informó acerca de los incidentes en el colegio y
sacó sus propias conclusiones. No me lo esperaba tan pronto. Eso ponía en
peligro el secreto tan celosamente guardado en el Ministerio de Gobierno
Mágico. Tenía que pensar rápido.
- Acabo de
dejar un espejo veélico en el aula de Biología Mágica.
- ¿Y por qué no
lo llevás con vos?
- Mide dos
metros de altura, no es exactamente de bolsillo. Y hay que aparecerlo. Eso es
algo que se estudia en la universidad. Por lo visto, muy aplicados no parecen.
- Poco creíble…
- ya estaba perdiendo la paciencia. Tenía bastante en casa con un padre y siete
varones, para tener que lidiar también con tres remedos de mago con ínfulas de
machismo recalcitrante. Conté hasta diez y me dediqué a aprovechar ese punto
débil: me solté el pelo y dejé que mi energía veélica traspasara mi piel. Con
eso debía ser suficiente. Y lo fue. Los tres perdieron parte de su memoria
reciente, y yo pude ingresar a salvo a la biblioteca. Para mi desgracia, Ian y
Vanessa estaban estudiando allí y me vieron.
- ¡Ja! ¡Y vos,
que te preocupabas tanto por la santita de Kapatelis! – ironizó ella - ¡Ya anda
coqueteándole a los pasantes! ¡Tan modosita y decente que parecía!
- Será que a
vos los universitarios te usaron para divertirse o no te dieron bola, querida,
ya llevás cinco años acá adentro… ¡y andás con criaturas! – pasé delante de
ellos sin mirar a ninguno de los dos.
- “¡No le des
bolilla, Marijazmín! ¡Y tené cuidado con los pasantes! Particularmente con esos
tres. Tienen órdenes de seguirte para averiguar quién sos.”
- “Me di
cuenta.”
- “Te expusiste
demasiado.”
- “¡¿Qué?!
¡¿Estás celoso?!”
- “¡Obvio!”
-“¡Y ocupado,
también! Voy a ver si encuentro algo entretenido para leer.”
-“¡Atate el
pelo!”
-“¡Lo tengo
atado! ¡Como te ataron a vos!”
- “¿Y el celoso
soy yo?”
- “Y el
sometido, también.” – cerré la comunicación mental y me dediqué a los libros
sobre detección de poderes.
Comentarios
Publicar un comentario