LAS CINCO ESCOBAS Y LAS AMIGAS HERMANAS
Febrero 23
Querido Diario:
Acabo de enviar mi primer grupo
de espías a infiltrarse en las filas del enemigo. Tres de las más hermosas de
mis Veelas han acatado la orden de seducir para obtener información vital. Es
una tarea relativamente sencilla, aunque requiere de mucho valor. Por lo
general, los magos oscuros son machistas y mujeriegos, las hormonas los
gobiernan, igual que a los adolescentes en el colegio de magia…
Durante el viaje al castillo
Sparkle, Lissa se ocupó de levantar mi ánimo, debido al hecho de que todas las
chicas se estaban burlando de las pocas plumas que aún sobresalían de mi piel.
- ¡Vamos,
amiga! Sabés que se te van a caer en unas horas y que te van a servir para las
pociones avanzadas el año que viene…
- Es un buen
punto. Son auténticas. En las tiendas sólo hay imitaciones que jamás van a
ofrecer el mismo resultado…
- Y en cuanto a
tu aspecto… no tiene nada de malo y si te dicen algo es de pura envidia… una
envidia que podemos exacerbar un poquitín, para cerrar varias bocas de cloaca…
¡Gloomie!
- ¿Señoritas?
- Tu ama tiene
que lucir irresistible. Un cambio de look le levantará el ánimo. Entre los dos
la vamos a vestir y peinar.
- ¡Estaba
esperando que me lo pidieran! – y así lo hicieron: Me pusieron el uniforme del
C.E.M. especialmente diseñado para las Veelas, Gloomie me rizó el cabello y le
dio brillo iridiscente a las plumas. Lissa me colocó las Joyas de la Vida y me
perfumó con esencia de rosas.
- ¡Esta sí es
mi amiga! – sonrió satisfecha – Ahora quiero ver que una sola de esas
“tilingas” de cuarta se atreva a burlarse.
- No lo harán,
señorita Giommini, mire… los muchachos ya están manifestando claros síntomas
del “efecto imán” veélico. - afirmó mi elfo con un puñado de cartas de amor en
una mano y varias cajas de bombones en la otra.
- ¡Qué
velocidad! – exclamé, examinando uno a uno los presentes – Guardá todo,
Gloomie, ya vamos a llegar.
- Sí, señorita
Kapatelis.
- ¡Wow! ¡Nos
espera un año escolar romántico hasta las náuseas! – suspiró Lissa.
- Cambiando de
tema… ¿Vas a festejar tus quince?
- Falta un mes,
no planifiqué nada y en el barrio ya preguntan… tenés razón, tendría que hacer
algo.
- Yo hablo con
tu mamá y armamos algo copado. Bien original. ¿Te parece?
- No vamos a
conseguir salón…
- Eso es lo de
menos… ¿Te gusta navegar?
- ¡Soy una
criatura del agua! ¡Me encanta todo lo que tenga que ver con mi elemento!
- Bueno… Para
Navidad papá compró un yate enorme y ahí festejamos Año Nuevo. Se lo pido. Él
te adora, así que no va a decir que no.
- ¡Gracias!
- ¡Por nada!
¿Bajamos?
- ¡Bajemos!...
¡Si es que nos dejan! ¡Mirá eso! – una larga fila de chicos con ramos de rosas
de todos colores aguardaba al pie de la carroza. Y como vieron que era
imposible que me llevara tantas flores en ambos brazos, empezaron a deshojarlas
y a formar un camino hacia el castillo, pero no solamente hasta el pie de la
escalinata: había pétalos rodeando el asiento que me tocaba en el comedor, en
la puerta de cada aula, en la del dormitorio, en los escoberos, etc. Eso era
algo que no se veía, desde la temprana juventud de la actual profesora de Alta
Magia y cabeza de la Casa Lynch…
- ¡Amo decir
“Te lo dije”! – exclamó Lissa, tratando de no resbalar al caminar.
- Realmente… es
muy halagador, aunque algo incómodo… ¡pero me encantan las rosas!
- Y eso no va a
ser todo… ¡Mirá hacia arriba!
- ¡Cartas
voladoras! – exclamé mientras observaba divertida la serie de piruetas aéreas
ejecutadas con gracia por varios sobres perfumados de varios colores y tamaños.
- Te recomiendo
que las leas en tus ratos libres, si no querés que te persigan por todo el
colegio…
- ¡Seguiré tu
consejo!... ¡Cuidado! – la tomé de un brazo para evitarle una segura y dolorosa
caída. Nos acomodamos en el aula y esperamos a que llegara el profesor Cliff.
- ¡Buenos días!
– saludó el docente – Tomen asiento y procuren mantener el orden si no quieren
ver varitas confiscadas. – extrañamente, el profesor de Transformaciones y
Mimetismo parecía estar de muy mal humor – Para evaluar vuestra práctica
durante el período de receso, vamos a transformar objetos animados en
inanimados: plantas en juguetes. Cuantos más detalles tenga el juguete, más
alto será el puntaje obtenido. – en ese momento, también Lissa empezó a
preocuparse.
- Algo anda
mal… - susurró – muy mal…
- ¡Y creeme que
no tiene que ver conmigo!
- Veré qué
puedo hacer. - empezamos a trabajar.
Tomé pétalos de varios colores y con varios toques prolijos y medidos, construí
un pequeño unicornio de paño con montura de terciopelo y arneses de seda
iridiscente. Lissa, en cambio, se decidió por una coneja con silueta muy
femenina y sexy, peluca negra, grandes ojos azules y vestido escotado.
- ¡Hmm! ¡Como
siempre, señorita Giommini, su trabajo es notable! – dijo, con forzada frialdad,
el profesor Cliff al iniciar la recorrida – Por puntos extra, agregue una
tiara.
- Lo voy a
intentar, profesor. – los nervios de mi amiga se crisparon. Pero por el
contrario, la calidad de su trabajo, lejos de disminuir, se multiplicó.
- ¡Hey, me gusta!
¡Parece élfica!
- ¿En serio?
- Sí, ¿la estás
copiando de la del cuadro de Laureen?
- ¡Ajá!
- Te va a
quedar genial…
- ¡Gracias! De
todos modos me preocupa el humor del profe.
- Sí, a mí
también…
- Algo le pasa…
- Y no vas a
parar hasta averiguar qué es… sé discreta.
- Con vos en el
centro de la atención y todo el mundo pidiéndome ayuda para que les des
bolilla, va a ser una tarea complicada…
- Yo te los
saco de encima esta misma tarde.
- ¿Qué tenés en
mente?
- Poner de moda
la solidaridad.
- Me parece bien…
- la clase avanzó y el trabajo de Lissa quedó alucinante. Junto con el mío, se
llevó el puntaje más alto. Sospechando lo que siempre supe, la dejé a solas con
el profesor y me dirigí a la siguiente aula, que quedaba en el extremo opuesto
del castillo. En el camino, los veinte varones que compartían conmigo la clase
de Transformaciones y Mimetismo, me regalaron los peluches que acababan de
producir, razón por la cual tuve que pedirle a Gloomie una canasta para
llevarlos al dormitorio y de ese modo, no despreciar el trabajo de nadie.
Una vez en mi cuarto privado, me
puse a diseñar panfletos para pegar en las carteleras de las Casas, el comedor,
el laboratorio, el invernadero, el observatorio, las aulas y los vestuarios del
campo de deportes. Pero fue salir del dormitorio y que me quitaran los papeles
de la mano. Sin siquiera explicar lo que quería hacer con ese material, les
pedí un favor.
- ¿Podrían
divulgar esto? – y salieron a la carrera. Ya Lissa tenía el camino despejado,
al menos en ese momento… eso creí… en realidad se guardaron los panfletos, como
si se tratara de reliquias. Pero cada uno, a escondidas de los otros, se
inscribió en la campaña solidaria… y continuaron tratando de llamar mi
atención. Toda la semana fue exactamente igual. Tanto los docentes como yo
tuvimos que armarnos de paciencia.
En casa, la cosa era por completo
diferente: por un lado, papá y mi hermano Alexis hervían de celos y estaban más
que molestos por el tema de las aves de correo, que como era de suponer, lo
invadieron todo. Fue peor que los dos años de acoso a causa de Ian. Cartas,
flores, muñecos de peluche, bombones. ¡En dos días, no hubo más lugar en la
casa! Y en el barrio, las vecinas hablaban…
- ¡Este es un
lugar privado y de gente decente! ¡¿Dónde se ha visto una cosa así?! ¡Qué
atrevidos! – empezaba una.
- ¡Pero si es
una criatura de trece años! ¿Qué no le traerás cuando cumpla los quince? – y
así siempre. Era muy notorio y un poco escandaloso. Mamá, directamente, se
deprimió y se fue seis meses a Europa a hacerse todo lo que las cirugías
estéticas y el dinero le permitieran.
- Pero… ¿quién
se va a quedar en casa? – pregunté, una vez que me enteraron del cúmulo de las
novedades.
- Tus cuñadas.
– dijo papá.
- ¡Ay, no!
- Es todo lo
que puedo hacer.
- ¡Hago lo que
sea! ¡Lo que me pidas! ¡Te prometo que no voy a salir con nadie, ni ir a
bailar, ni hacer fiestas en casa, pero no traigas a las momias, por favor!
- Te va a venir
bien ocupar un poco tu tiempo con tus sobrinos y no tanto del otro lado de tu
espejito.
- ¡Pero ellas
se van a dedicar de lleno a estropear la casa con sus “exorcismos”, ya viste lo
que pasó la última vez! ¡Nos quedamos sin el Rembrandt y sin dos Manet!
- Eso se puede
negociar. Además, vas a estar solamente los fines de semana.
- Bueno, eso
sí… Respecto a las fiestas…
- Acabás de
hacer una promesa…
- Pero esta es
una excepción a la que no vas a poder oponerte.
- ¡De ningún
modo! ¡Diste tu palabra!
- Al menos
podrías escuchar de qué se trata, antes de decidir…
- ¡Está bien! –
papá dejó a un lado su computadora y se sentó conmigo en el sillón grande de la
oficina. Se sirvió una taza de té - ¡Hablá!
- ¿Te acordás
de Lissa, mi mejor amiga?
- ¡Ah, sí! ¡Qué
encanto de chica! ¿Cómo está?
- Bien.
Estudiando mucho. Siempre te deja saludos, vos sabés cómo es esto de la
historia de las grandes familias de magos, para ella, conocerte a vos fue todo un acontecimiento y no le
importó que vos hayas nacido sin poderes, sos descendiente directo de Yorgo y
punto.
-
Retribuíselos, por favor… y mandale unas rosas del invernadero.
- Seguro.
Bueno, ella en un mes cumple los quince y como la madre trabaja día y noche, no
tuvo tiempo de preparar nada para festejar… la hermana mayor, Kalina, tampoco
tuvo fiesta, porque apenas y ganaba lo suficiente para comer, vestirse y
mandarlas a las dos a estudiar…
- Voy
entendiendo…
- Por todo eso
yo pensé que sería un buen regalo, hacernos cargo de la fiesta.
- ¡Pero, desde
luego! ¿Cómo no?
- ¡Sabía que
podría contar con tu aprobación!
- Pero, de
todos modos, a esta altura, no hay tiempo ni de alquilar una quinta, ¿querés
hacer todo acá?
- Pensé en el
yate…
- ¡Claro!
¡Inteligentísima idea, hija! Úsalo para todo lo que quieras…
- ¿O sea…?
- Si el tiempo
te apremia, usá tus “cositas”.
- ¡Gracias!
- ¡Y llevate
todas esas flores, que ya me dan alergia!
- ¡Está bien!
- ¡Acá tenés
las llaves y los papeles!
- ¡Perfecto!
- Si te parece
una buena solución, quedate unos días, hasta que acá las dos yeguas se calmen y
se instalen.
- ¡Formidable!
– le dí un beso y salí con Gloomie y el chofer rumbo al puerto. En el camino,
lo llamé a Ian.
- ¡Hola,
Marijazmín! ¿Qué necesitás?
- Que me ayudes
a organizar “el quince” de Lissa.
- ¡Por
supuesto! ¿Dónde estás?
- Camino al
puerto. Dársena 7, yate “Yorgo I”.
- Voy para
allá.
- Te espero. – para
cuando corté la comunicación, ya habíamos llegado a destino, por supuesto, el
auto era mágico y el chofer, brujo. Un secreto que Nona Nilda y yo mantuvimos
siempre.
La estadía en el puerto fue un
ensayo de lo que sería vivir sola. Lo pasé muy bien esas semanas previas al
evento.
A bordo del yate, instalé un espejo
veélico y desde allí, hablé con mis primas, que se trasladaron de inmediato
para ayudar con la decoración, el menú, contratar el fotógrafo, diseñar el
vestido y hechizar el interior de la embarcación, para ampliar un poco los
espacios.
Ian llegó, cuando estábamos tomando
las medidas del salón de baile.
- ¡Hola,
bellezas! ¿En qué puedo ser útil? – exclamó, desplegando su laptop sobre la
mesa central.
- ¡Ian! – corrí
a abrazarlo – Llegaste muy a tiempo para darnos una mano con el estilo de la
deco.
- ¿Ya
estuvieron viendo algo?
- Sí, pero no
nos gusta copiar todo… Acá hay algo, aunque a nuestro parecer, está un poco
recargado, ¿no?
- Sí, para un
barco, es demasiado… mirá… nosotros sacamos… el modelo para el nuestro… de este
sitio… ¿ves? Fue la única vez que me dejaron intervenir con tecnología del
reino mortal, y no nos fue tan mal.
- ¡Ajá!... pero
ese es un barco de bodas, necesitamos uno de fiesta de presentación en
sociedad.
- ¡A ver!...
Acá hay algo lindo…
- ¡Me encanta!
Hay que agrandar los ventanales… iluminar desde la cubierta… ¡y el resto lo
hace el paisaje!
- Les conviene
hacer la fiesta en noche de luna llena y zarpar hacia Altamar cerca de la
medianoche.
- ¡Bien
pensado! – así pasamos la tarde de ese viernes. Luego Ian tuvo que regresar a
horario para una cena en casa de Vanessa, a la que invariablemente llegó tarde
por no tener ganas de ir. Nada raro, después de estar tanto tiempo entre Veelas
capaces de cortar todo tipo de hechizo de amor.
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