LAS CINCO ESCOBAS Y LAS AMIGAS HERMANAS
Febrero 19
Querido Diario:
Desde que puse un pie en la cima
de la montaña sobre la que se construye mi castillo, supe que había algo
familiar en ella. Como una suerte de Deja vú. Y no estaba para nada equivocada.
Se trata del mismo volcán que tuve que atravesar en la primera prueba para
iniciarme en el Club Estelar de Magia. Fue otro de esos días memorables.
Ya estaba preparada para
enfrentar los cuatro desafíos en un día, de haber sido necesario. Pero
afortunadamente, los sucesos de una sola jornada fueron demasiado para el
frágil organismo de las tres directivas principales, quienes tuvieron que ser
atendidas en la enfermería, ni bien me vieron salir airosa de la misión. Para
ser muy honesta, ya les había pateado el hígado mi inesperada entrada por la
puerta grande. Era a las claras evidente que aquella “falta de comunicación”
para conmigo, había sido su última carta para evitar mi llegada puntual a tan
crucial evento.
Vestida con una túnica Veélica
blanca con bordados plateados y rojos, la tiara de la Vida y caminando de la
mano de una ex integrante del club, atravesé el umbral decorado con orquídeas
blancas, doradas y azules.
- ¡Se suponía
que nadie la tenía que llamar por varita! – susurró la presidenta, hecha una
furia. Una a una recorrió con la mirada a sus compañeras, como pidiendo una explicación.
- Nadie lo
hizo… - contestó Vanessa – Me consta que ninguna persona relacionada con los
miembros actuales del club se acercó a Marijazmín… sólo… Alexia Riccardi…
- ¡Vas a tener
que hacer demasiado mérito para enmendar este error, querida! ¡Y por el bien de
tu permanencia en nuestras filas, te conviene no intentar nunca más
congraciarte con tu suegra, a menos que consigas que odie a la Kapatelis!
- De todos
modos, con la edad que tiene, no va a salir viva del volcán.
- ¡Ya lo
veremos! – aguantando el dolor de estómago, la presidenta del club nos presentó
con demasiada pompa. Vanessa se retiró sin ganas de nada. Su plan perfecto
había sido perfectamente arruinado.
Luego del discurso inicial, me
hicieron montar un pegaso negro, sobre el que subí al cráter. A una señal de
las tres “juezas”, di un paso al frente.
- ¡Nixie, sé mi
escudo! ¡Soy Fuego en el Fuego! – las palabras escritas en el libro de la Nona
Nilda hicieron el efecto deseado. Me fundí con mi fénix y floté por encima de
los vapores de la lava hasta el otro lado.
Si me hubiese podido mirar en un
espejo, habría visto mi aspecto de Veela adulta, el cual ostento ahora y aún no
he tenido ocasión de utilizar.
En cada extremo del cráter había
una escribana del C.E.M. dispuesta a corroborar el cumplimiento de la hazaña. Cuando
llegué al final, levantaron una bandera roja, para notificar a las juezas que
el desafío había sido superado. Nuevamente monté el pegaso y Nixie volvió a su
lugar en mi brazalete.
Durante el vuelo de regreso, Alexia
Riccardi me llamó por varita.
- ¡Felicidades,
muñeca!
- “Gracias,”
- ¿Estás bien?
¿No se te quemó el pelo?
- “Estoy
entera, sin un rasguño.”
-
¡Impresionante!
- “¿Cómo lo
tomaron en el jurado?”
- En resumidas
palabras, ¡no saben a quién culpar!
- “¡Jaja! ¡Lo
imaginaba! ¡Ya casi llego!”
- ¡Nos vemos!
Una vez que puse los pies en
tierra firme, el volcán se cubrió de nubes blancas, casi hasta la base.
Las integrantes del jurado
tuvieron que dar por cumplida la primera prueba y pedir un receso de dos meses,
los cuales aproveché para estudiar y rendir los exámenes, con las
calificaciones más altas.
A Vanessa se le notaba la mezcla
de depresión y envidia. Casi todas las semanas discutía con Ian respecto a su
madre, a las salidas, los regalos que no le hacía, y todo, pero todo era culpa
mía. Finalmente, en la primera semana de diciembre, Ian comenzó a escapar de
ella usando los buses hospital como excusa, compraba y acondicionaba uno cada
sábado. La economía familiar iba en baja debido a eso. Hasta su padre tuvo que
pedir que se modifique una ley para que le donaran un vehículo por semana. Mis
primas tenían mucho trabajo extra a causa de lo mismo, pero lo entendían mejor
que yo. Pobre Ian, tenía que lidiar con ese contrato de noviazgo en nombre de
un status que no le interesaba y no tenía derecho a protestar verbal ni
mágicamente. En ese aspecto, su situación era peor que la de un elfo doméstico.
Y por eso mismo, aprendió a valorar lo que tenía conmigo. Estaba ahí porque
quería verme, porque lo necesitaba, aunque nunca lo dijera.
Irina y Elektra vieron con buenos
ojos que me mantuviera al margen de ese conflicto, para que no se me acuse de
usar mi poder para influir en Ian. Pero tampoco podía estar siempre ausente del
trabajo solidario, teniendo este un doble motivo. En conclusión, era todo muy
complicado, pero no me incomunicaba con él.
- ¿Población
infantil?
- Setenta y
cinco por ciento de mortalidad antes del tercer año de vida…
- ¡No hay
tiempo que perder! – esas eran las actitudes que me encantaban de Ian, las que
siempre quería ver en él y a las que me aferraba con uñas y dientes.
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