LAS CINCO ESCOBAS Y LAS AMIGAS HERMANAS
Febrero 27
Querido Diario:
Estuve tan ocupada trazando los
planes de combate, que dejé olvidada la construcción de mi casa en el country.
Esta mañana pasé a ver cómo estaban las cosas ahí. Los cimientos de piedra
quedaron bien colocados, por lo que nada derribará el resto de la construcción.
Como no quise llamar la atención, muchas de la plantas quedaron bajo tierra. El
segundo piso aún está vacío y con los ladrillos expuestos, a la vista de los
mortales, eso es lo que dejé olvidado. En cuanto necesite relajarme, me ocuparé
personalmente de mejorar todo el exterior de la casa. Por suerte, mi descuido
no afectó el futuro del proyecto. Para mi desgracia, en cuanto al plano
sentimental, no puedo decir lo mismo.
La primavera de mis poderes
veélicos significó el otoño de mi romance con Ian. No podía manejarlo todo. Era
demasiado para cualquiera. Y menos mal que él nunca fue un chico celoso. Aun
así, las cosas, invariablemente, se nos fueron de las manos. Y no es que él no
estuviera orgulloso de salir, en secreto a voces, con la chica más hermosa del
colegio, porque eso a nadie le constaba más que a mí, sino que todo en la vida
suele tener un límite, incluyendo a la paciencia de un novio fiel y considerado
como él. El “efecto imán” era una bomba de tiempo para nuestra relación, sin
lugar a dudas. Y no había forma de detenerlo, era parte de mi crecimiento y mi
muchacho tenía que aceptarlo. Lo que no era justo para mí tenía que ver con la
peor de las consecuencias de ese interminable proceso: la reincidencia de Ian
ante el oportunismo de Vanessa.
Los chicos del colegio, los
pasantes, los empleados de las tiendas y más tarde, los estudiantes en el
colegio del reino mortal estaban rendidos a mis pies. Podía hacer con ellos lo
que se me antojara, cosa que para cualquier adolescente en mi misma situación
resultaba excitante. A nada podían decirme que no. Otras en mi lugar hubiesen
hecho uso y abuso de esa ventaja. Pero yo sólo tenía ojos para Ian y aún me
sucede lo mismo. Literalmente, no había un solo par de pantalones, en ambos
reinos, que no se convirtiera en mi “esclavo”. Por momentos, no podía ni
siquiera caminar tranquila por las dependencias del colegio y mucho menos por
la calle: se peleaban por dejarme pasar por todas las puertas, con la
consecuente pérdida de tiempo, se ofrecían a cargar con mi mochila o mis
libros, los más fortachones me levantaban en brazos para pasar los charcos de
agua, y el colmo de toda tolerancia, sin excluir la mía, fue ver cómo los más
brillantes se aparecían en la puerta de las aulas con mi tarea hecha…
Como no podía ser de otro modo, toda esa marea
de hormonas fuera de control aplastó mi noviazgo como cucaracha, de un día para
otro. Antes de terminar ese año de clases, Ian salía de nuevo con Vanessa. Te
aseguro, querido Diario, que me odiaba a mí misma. Lo tenía todo, pero sin Ian
a mi lado, era peor que no tener nada. Lissa hacía lo que podía para
contenerme, pero también ella tenía sus problemas. No podía exigirle lo que
nadie más era capaz de darme. Sólo restaba ocupar mi mente en otras cosas,
tales como el regreso a casa y la ineludible readaptación al reino mortal.
Mamá llegó de Europa convertida
en una diva: Bótox, siliconas, colágeno, lipoescultura, lifting… se “hizo” de
nuevo. Y obviamente, eso había que festejarlo. Y ahí estaba yo subastando
tesoros del banco para comprar y comprar cosas. Cualquier excusa era buena para
salir de shopping o presumir con sus amigas. Todo era figurar y pasar el tiempo
de salón en salón. Por las madrugadas terminaba agotada y triste, ansiando
poder volver el tiempo atrás y quedarme allí, en los pocos instantes de
plenitud, como la fiesta de quince de Lissa. ¡Qué bien la pasamos todos, esa
noche! Magos y mortales compartiendo la misma mesa, la pista de baile y el
motivo del festejo. Me pregunto si alguna vez eso se repetirá. Hasta papá me
sorprendió en aquella ocasión. Se apareció en el momento de abrir el baile,
vestido de smoking impecable, le ofreció el brazo a mi amiga y bailó con ella
el vals de los quince. Unos meses más adelante, entendería por qué lo hizo,
pero lo cierto, es que le dio a la fabulosa fiesta el toque magistral. Lissa
estaba radiante. Y su madre, orgullosa. Terminamos viendo el amanecer, en el
puerto, descalzos en la cubierta, no nos queríamos ir.
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