LAS CINCO ESCOBAS Y LAS AMIGAS HERMANAS

Marzo 13


Querido Diario:

               ¡Qué bueno es volver a lo que amo hacer! Estoy bailando de nuevo y decidí cursar mi carrera universitaria de Buenos Aires, a distancia, a través de Internet, sólo debo ir a las clases prácticas y a los exámenes orales. ¡Súper práctico! Me queda tiempo para muchas cosas. La mayoría de los días estoy en el departamento y el profesor de danzas viene a domicilio.
              La otra carrera universitaria, la del reino mágico, tiene que ver con los magos oscuros entre otras cosas, quiero ser Reversora de Maldiciones y Recursos en Contra de la Voluntad Humana.  Las asignaturas son las mismas que en las tres carreras que el ministerio había planeado para mí, pero más complejas y con muchas más horas de práctica. Dicen que es extremadamente difícil… ¡y así es como me gusta!
              Como queda menos de un año para la fecha de  mi compromiso, que dicho sea de paso, es la misma de la boda de Lissa, puedo hacer uso de los terrenos de la dote para lo que originalmente iban a ser empleados: el zoológico más grande y completo del mundo. Tendrá de todo: Aves, mamíferos, reptiles, peces, oceanario, granja y criaderos de todas las especies. Pero pienso iniciar con caballos, se han vuelto mi gran pasión, aunque en alguna época me han traído dificultades, como cuando Valeriana se cayó de su montura…
             Todo sucedió demasiado rápido: yo terminaba con mi entrenamiento de hockey y corría a las duchas, cuando la tía Ivanka me mandó llamar por el altavoz.
- “Kapatelis Prince-Lynch, preséntese en rectoría de inmediato.”
- (¿Y ahora qué? Esta vez no hice nada… ¡Juro que yo no fui!) – me bañé rápido, me puse el uniforme y casi volé al edificio central. Golpeé la puerta de la rectoría.
- ¡Adelante! – ingresé y ya estaba Valeriana con una bolsa de hielo en la cabeza.
- ¡Fue ella, señora Lynch! ¡Ella me tiró del caballo!
- ¿Qué? ¿De qué estás hablando, mentirosa de porquería?
- ¡Me juraste que me iba a caer del caballo! ¡Y me tiraste del caballo! ¡Casi me matás!
- ¡¿Perdón?! Yo estaba en la otra punta del colegio, en la cancha de hockey y de ahí no me moví, están mis compañeras y la profesora de Educación Física de testigos. Si sos cuadrada arriba de una montura, ¡no es mi culpa! ¡Aprendé a montar y no me jodas! ¡Permiso!
- ¡Kapatelis! – exclamó la rectora.
- ¡Créale a su sangre! – esa fue la primera vez que me rebelé contra la tía Ivanka y ella tuvo que cerrar la boca. Esa era una de las frases que mi Nona Nilda había creado, como una suerte de código para expresarnos con disimulo entre mortales, tía Ivanka la conocía demasiado bien, pero no la esperaba de mí.
              Sin la menor pérdida de tiempo, fui a las caballerizas para ver cómo solucionar ese embrollo. Estaba demasiado segura de que nada me había hecho pensar en Valeriana en toda la tarde. Simplemente ella se había sugestionado y había resbalado de la montura, pensé. Aunque casi de inmediato me vino la solución a la mente: mi nuevo don de entender a los animales…
- (Alguna utilidad tienen que tener estos nuevos poderes… establo 66… ¡vaya coincidencia!... Ese debe ser… ¡pobre bichito, está a la miseria!... se llama Fantoche…) Hola, Fantoche…
- ¿Quién sos? – contestó el caballo.
- Una Veela Lynch.
- ¡Oh, perdón por la descortesía, Alteza!
- Todo bien… ¿Qué pasó?... Valeriana me acusa de haberla tirado de su montura.
- ¡Ah!... ¡Esa! ¡La que me mata de hambre y me deja sucio!... no la quiero… es mala persona… violenta… me pega demasiado con el látigo… mire mis ancas, están todas marcadas.
- Eso veo… ¿estás dolorido?
- Me arden.
- ¡Hmm!... a ver… ¿nunca usa el botiquín?... las medicinas parecen intactas…
- Jamás me mandan un veterinario, a menos que esté sangrando, con mucha suerte se acuerda de alimentarme…
- Estás flaquito… te voy a poner vitaminas en la cebada… ¿tenés hambre?
- Mucho.
- ¡A ver!... ¡Buen provecho!
- ¡Hmmm! – el animal comió con voracidad.
- ¿Rico?
- Y nutritivo…
- Contame un poco… ¿Qué pasó?
- Nunca nos llevamos bien… no quería que me montara… me pone muy nervioso… la terminé tirando.
- ¡Ajá!... ¿Escuchaste, tía? – dije al ver a la rectora, que había aparecido detrás de la puerta vaivén.
- Quiero analizar el registro de las cámaras de seguridad, desde el comienzo de las clases, hasta hoy, y el último mes del año pasado.
- Bien pensado.
- Ahí tienen que aparecer los abusos y los maltratos de Valeriana hacia su caballo.
- ¿De qué se trata todo esto? –  preguntó Fantoche.
- De detener una injusticia y de que se te cuide y respete como merecés, Fantoche.
- Necesito un nuevo jinete, eso es todo.
- Lo vas a tener.
- Marijazmín…
- ¿Sí, tía?
- Vayamos a mi oficina. Hay una cosa más que debes saber.
- Ok. ¡Hasta luego, Fantoche!
- Hasta luego, princesa. – nos encaminamos de regreso a la rectoría.
- ¿Qué ibas a decirme?
- Valeriana mandó a llamar a sus padres. Quieren que seas expulsada.
- ¡Ridícula!
- Llegan en una hora.
- ¿Tenés Internet Mágica?
- No.
- Yo sí, y una buena computadora.
- Usa el espejo.
- Gracias. – en menos de un minuto tuvimos en nuestro poder el material necesario para desmentir a mi adversaria.
- ¡Buen trabajo!
- Gracias, tía… fijate en esto… todas están cepillando a sus animales y Fantoche está solo… Y acá… ella le está pegando patadas en los tobillos… ¿Por perder un torneo?
- Así parece…
- Y lo de hoy… le pega con el fuste antes de montar… ¡Claro!... Ahora tiene a alguien a quién culpar por sus propios fracasos…
- Te diría que sí… ¡Oh!... Ya llegaron los Asencio.
- Eso veo. Mejor te conecto el plasma y me siento del otro lado de tu escritorio.
- Sí, por favor.
- Listo. Los podés hacer pasar.
- Perfecto. – la rectora del colegio abrió la puerta de su oficina – Adelante, por favor. Tomen asiento.
- Gracias. – dijo el padre – Venimos de ver a nuestra hija en la enfermería. Vamos a retirarla para que la vea un médico. Exigimos la expulsión de la culpable de esto.
- Entiendo su posición y su disgusto, señor Asencio. Pero creo que la compañera acusada de haber provocado el incidente merece ejercer su derecho a réplica.
- ¡¿Está usted tratando a mi hija de mentirosa?!
- Estoy afirmando que ambas voces deben ser escuchadas.
- O sea que, de todos modos, según usted, una de las dos estudiantes estaría faltando a la verdad. – agregó la madre de Valeriana.
- Todo parece indicarlo. La alumna Kapatelis asegura que, en el momento de producirse el accidente, se encontraba en el ala opuesta del instituto, asistiendo a su entrenamiento de hockey.
- ¿Kapatelis?... ¿Dijo usted “Kapatelis”?
- Kapatelis Prince-Lynch, Marijazmín. Antigua condiscípula de su hija. – dije, poniéndome de pie – Nos volvemos a ver.
- ¡¿Por qué quisiste lastimar a mi hija?! ¡La tiraste del caballo! ¡De atrás y por los pelos, bestia! ¡La quisiste matar, asesina, delincuente! ¡¿Qué hacen tus padres que no te ponen en un reformatorio?!
- ¡Señor Asencio! ¡Contrólese! No hay nada comprobado.
- ¿Por qué no miran los registros de seguridad del colegio? – protesté – Valeriana se cayó, porque el caballo la tiró.
- ¡Mi hija es una jinete experta! ¡Imposible creer que el propio animal la haya rechazado! – la tía Ivanka se acercó al señor Asencio con una carpeta azul.
- Este es el informe completo de los últimos dos meses hábiles, acerca del estado de salud del equino en cuestión. Y de su actividad… como usted mismo puede ver, Fantoche era un animal de bajo peso en el mes de noviembre, pero para marzo de este año, se había recuperado completamente. Con el inicio de las clases, el caballo comenzó a descender dramáticamente de peso y por ende, su rendimiento en las competencias se vio afectado.
- ¡Pero le dieron un animal enfermo!
- No, señor. Fantoche es un pura sangre. El mejor semental de su aras, por cierto. Si continúa usted leyendo, va a encontrar las planillas de mantenimiento, de acuerdo con las cuales, su hija nunca cepilla ni alimenta a su caballo, sólo lo hace el personal de maestranza, los fines de semana. El siguiente parte es de los veterinarios que vienen por ley una vez al mes: repetidas lesiones en las ancas y en las patas delanteras… todo indica que su hija maltrata al caballo.
- ¡No, no! ¡Eso es una calumnia!
- Lo que se refleja en los videos de la cámara de seguridad dice exactamente lo contrario.
- ¡Exijo verlos!
- Con todo gusto. – la tía Ivanka tomó el control remoto y proyectó los videos. Los padres de Valeriana lentamente fueron palideciendo. La madre se tuvo que sentar a llorar y el padre, como pudo, se disculpó.
- Me temo que te he juzgado muy mal, querida.
- Es comprensible. Su hija necesita límites. Cuando fue mi compañera en la primaria, las demás chicas le tenían miedo: había que estar de su lado para librarse de varios problemas, como la rotura de juguetes nuevos, era muy común que se dedicara a ensuciar vestidos recién estrenados, arruinar zapatos impecables y muy costosos… Nadie tenía derecho a disfrutar de cosas bonitas obsequiadas por sus padres o familiares… si ella no los tenía primero.
- ¿Cómo así?
- Cada vez que usted le compraba a su hija un juguete, previamente a alguien, ese mismo objeto, prenda de vestir o zapatillas de marca, se le arruinaban o “perdían”… a manos de Valeriana. Y una vez que usted consentía el capricho correspondiente, ella salía y se lo refregaba en la cara a la “víctima”. Ahora, en el colegio privado, con el uniforme y con cámaras en todos lados, ya no se puede desquitar con nadie… sólo con un pobre e indefenso animal.
- Le aconsejaría, - dijo tía Ivanka – que se sometan en familia a una terapia psicológica, antes de que su hija haga algo más grave. Por lo pronto, siga las indicaciones médicas y no traiga a la niña hasta la próxima semana... Marijazmín, por favor, vuelve al aula, ya ha sonado el timbre.

- Desde luego, señora directora, con su permiso, señores Asencio. – me retiré con las neuronas trabajando a todo vapor, conociendo a Valeriana, sabía que no se quedaría de brazos cruzados.

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