El Espejo de Plata
Febrero 7
Querido Diario:
Llegué a la casa de Ian viajando por el
espejo, para no molestar a papá, quien seguía ofendido. Alexia guardaba reposo por su embarazo, así que subí a
verla.
La suite matrimonial era un desperdicio
de lujo: tenía una puerta de roble, enchapada en platino con picaporte y
cerradura de oro. El piso estaba alfombrado al estilo oriental, incluyendo las
pieles de tigre de bengala, ubicadas en la pequeña antesala a ambos lados de
una mesa de estilo Luis XV con capacidad para ocho personas. Las ventanas
lucían cortinados de seda en colores suaves.
Viktor me
anunció y la señora Riccardi me dejó pasar.
- ¡Buenos días, señora Riccardi!, ¡la felicito por su nuevo
bebé!
- ¡Gracias, querida!
- Le traje algunas medicinas caseras. Recetas veélicas para
cuidar su gestación.
- ¡Con lo bien que me vienen!
- ¡Ya lo creo!
- ¿Lo viste a Ian?
- Creo que todavía duerme, por eso aproveché para visitarla a
usted primero.
- ¡Qué amor!... Mi marido llega al mediodía, fue a buscar no sé
qué papeles que tenían que ser sellados en el Ministerio.
- Seguramente son los permisos que me otorgó el Primer Ministro,
por pedido del director Mc Cleod...
-¿Tenés buenas relaciones con el personal del colegio, no?
- Apellidos influyentes, si se quiere.
- ¿Desayunaste?
- Antes de venir, pero la acompaño si así lo desea.
- No me gusta comer sola... ¿Mirás televisión del reino mortal?
- No mucha, no es tan interesante, tal vez alguna serie… la
verdad es que me la paso estudiando y tratando de crear nuevos hechizos y
conjuros. Salgo a mi Nona Nilda en eso.
- ¡Y lo bien que haces! ¡Hay cada chirusa que se le está
acercando a mi hijo! Algunas no saben ni por dónde se agarra una varita. ¡Son
de terror!
- ¡Sí, ya me las
encontré!
- ¡Cazafortunas! ¡Te puedo asegurar que más allá de ese colegio,
no tienen dónde caerse muertas!
- Su desayuno nutritivo, señora Riccardi. – Viktor traía un
carrito dos veces más grande que él.
- Ese elfo está trabajando demasiado para la edad que tiene,
señora Riccardi. – comenté, mientras servía el té para las dos.
- Nunca pudimos hacer que tenga hijos…
- Una pena.
- ¿Vos tenés servicio?
- Sí, también un elfo doméstico. Nos criamos juntos y es lo más
eficiente que vi en mi vida.
- ¿No lo traes con vos?
- Los fines de semana trato de dejárselos libres, así se hace su
casita y arregla los jardines de la quinta donde vivo. Le gusta mucho eso.
- No suena como una labor de esclavitud.
- Es lo que quiero. Prolonga su vida útil. Me lo enseñó mi
bisabuela.
- ¡Permiso! – con una dulzura impresionante, ingresó Ian con un
ramo de rosas rojas para su madre.
- ¡Ay, mi amor, ¡qué belleza, gracias!! – Alexia aspiró el
perfume de las flores y le hizo una seña a Viktor para que las colocara en un jarrón.
- ¡Hola, Ian!
- ¡Ay, perdón, Marijazmín, no te vi! – me abrazó y me dio un
beso en la mejilla, cosa que no escapó a los ojos de Alexia.
- Está bien, ¡primero las madres!
- ¿Cuándo llegaste?
- ¡Hace como una hora, perezoso! – lo reprendió Alexia – No se
debe hacer esperar a una dama… - el pobre Ian estaba más rojo que las rosas que
acababa de obsequiarle a su madre. Era necesario hacer algo para sacarlo del
apuro.
- ¡Viktor! – llamé.
- ¿Alteza?
- Estos son ungüentos especiales, para darle masajes al vientre
de su ama. Y aquí hay unas gemas con las que sería conveniente que elaborara un
cinturón, para que la señora Riccardi lo use bajo la ropa. Todo es para
proteger al niño que viene en camino.
- ¿Teme usted por la seguridad de la criatura, princesa?
- No, realmente. Pero fue así como me cuidaron a mí y quise
compartirlo.
- ¡Es usted tan noble y generosa! – el elfo guardó los elementos
que le entregué y se retiró a sus aposentos.
- ¿Vamos a dar un paseo por el parque de la casa? Creo que no
tuve oportunidad de mostrártelo. – dijo Ian, más tranquilo.
- ¡Dale! Así tu mamá descansa. – me condujo de la mano a través
de la mansión hasta la entrada del patio interior.
- ¿Te gustan los caballos?
- ¡Me encantan!
- Yo practico equitación y polo. Por eso es que tenemos en los
establos a los mejores ejemplares del reino mortal.
- ¿Me los mostrás?
- ¡Vení conmigo! – la caballeriza era enorme, lujosa y limpia.
Hasta donde yo podía ver, había más de un animal para cada miembro de la familia.
- El blanco, es una hembra, se llama Saeta.
- ¿Tuya?
- Sí, para salto… el tordillo es Tiniebla, macho, de mi papá; el
Picasso, otra hembra, de mi mamá, la llamamos Turmaline, y finalmente el zaino,
otro macho, también mío, se llama Chispa y es mi caballo de Polo.
- Son hermosos…
- Tiniebla y Turmaline esperan un potrillo.
- ¡Wow!
- ¿Paseamos?
- ¡Sí!
- Elegí…
- A ver… ¿a quién le caigo mejor? – no terminé de hablar, que ya
Chispa me estaba dando topetazos, reclamándome algunos mimos.
- ¡Me queda claro que Chispa te quiere!
- ¡Muy elocuente!
- ¿Te ayudo? – la pregunta estaba demás. Ian sabía que yo podía
montar, más de una vez lo vi observarme en el bosque del colegio, pero como no
me desagradaba la idea, lo dejé hacer.
- No debe ser más difícil que una escoba… - con toda la
sensación de que eso no era más que una excusa para poder acercarse un poco más
a mí, permití que Ian me subiera a su caballo.
Pasamos al menos dos
horas entre la cabalgata y un paseo en bote por el lago artificial del jardín.
Algo me decía que Ian, en medio de toda esa opulencia, al igual que yo, se
sentía solo, muy solo.
A la hora del
almuerzo la madre de Ian pudo bajar, ya que se sentía mucho mejor gracias a las
medicinas de Nona Nilda. Puntualmente, llegó el señor Riccardi y todos nos
sentamos a la mesa.
- Te agradezco mucho el detalle de visitar a mi mujer… ha estado
muy sensible, creo que necesita compañía y como yo estoy tan ocupado, apenas
tengo los fines de semana un poco más aliviados.
- Comprendo.
- Háblame de tu proyecto. Por lo que me dijo el Primer Ministro,
es un poco más complicado que el mío.
- Bueno, la idea es hacer algo más, no solamente llevar
medicinas y equipo a lugares determinados. Mis primas Veelas están colaborando
con mucho entusiasmo, tienen un gran corazón y muchas ganas de trabajar. – el
señor Riccardi palideció con sólo escuchar la palabra “Veela”.
- ¡Fantástico! Eso no me lo contaste, Marijazmín. – exclamó Ian.
- Te lo iba a decir, pero de repente fue como que te ocuparon la
boca y no precisamente con comida… ¿le dijiste a tu mamá lo que pasó?
- Sí, me lo mencionó… ¿es cierto lo del libro? ¡Ni yo lo podía
creer!
- Sí, es verdad, yo lo ví, “Libro Responsable”.
- Se usaba seguido en nuestra época de estudios, si la memoria
no me falla. – comentó Giampaolo – Era frecuente en estudiantes algo
negligentes.
- ¡Oh!
- Pero volvamos al tema que nos tiene ocupados…
- Sí, claro. Como le iba diciendo, mis primas jugarán un papel
fundamental: son sanadoras en el reino mágico y estudiaron medicina en el reino
mortal. Por eso nuestra intención es crear pequeños hospitales móviles que
recorran zonas que los mortales llaman “de riesgo”.
- ¿Por qué tanta preocupación por los mortales? Durante siglos
nos han perseguido y tratado de matar. ¿Para qué tratar de que mejoren, si
luego nos van a hacer lo mismo que en la Edad Media?
- Creo que no tenemos por qué pensar ni actuar como ellos, deben
ver que la magia no es lo único que nos diferencia… además… no sabemos cuánta
cantidad de brujas y magos se puede estar frustrando en este proceso de
degradación humana.
- No lo había pensado de ese modo… - los ojos de Giampaolo
comenzaron a brillar en forma maléfica – Recuperaríamos magos y brujas… sería
una manera de restablecer el orden mundial como corresponde. Los magos tenemos
que dominar el mundo. Poseemos lo que los mortales o ignoran o temen.
- La cuestión es que nos hacen falta mucha mano de obra y
vehículos de gran porte…
- Papá, ¿me trajiste los papeles firmados?
- Sí, hijo. Para la última hora de esta tarde llegará el bus que
compraste.
- ¡¿Cómo es eso de que compraste un bus, siendo menor de edad?!
– se enojó Alexia.
- Es mi colaboración para el proyecto de Marijazmín. No te
preocupes, no voy a manejar…
- ¡Ah, menos mal!
- ¿Cómo se proveen del equipo médico? – preguntó Giampaolo.
- Me ocupo personalmente de eso.
- Si precisás ayuda, no tenés más que pedirla.
- Gracias, señor Riccardi.
- ¡Bueno, disfrutemos el almuerzo! – resultaba a las claras
evidente, que al señor Riccardi no le gustaba para nada el hecho de que mi
familia mágica estuviera tan comprometida en mi proyecto. Se veía obligado a
hacer las cosas por la vía legal.
Luego de los
postres y el café, una vez que la señora Riccardi se retiró a recibir sus masajes,
Ian, Giampaolo y yo pasamos al despacho del señor Riccardi. Allí se me entregó
el contrato del Gobierno Mágico y yo firmé la orden para el cumplimiento de la
Ley del Documento Legítimo. Extrañamente, el pergamino se desvaneció, lo cual
indicaba no sólo autenticidad, sino también necesidad y urgencia; y casi al
instante, recibimos, vía lechuza, el informe de recepción exitosa.
- Bien, ya que todo está en regla, - dijo Giampaolo – si me
permiten, debo retirarme a la biblioteca, me aguarda una reunión. Hijo, por favor
acompañame unos minutos. – Ian lo siguió unos metros – El Primer Ministro me
otorgó una tarjeta de crédito dorada. Usala hoy sin límites. Esa chica tiene
que sentirse halagada. Salgan a la ciudad y lo que sea que mire se lo comprás,
¿me oíste?
- Sí, papá.
- El resumen me llegará por correo con cada compra, así que
sabré si me estás obedeciendo, ¿de acuerdo?
- ¡Claro!
- ¡Diviértanse! – salimos en la limousine hacia la ciudad.
- ¿Qué te gustaría hacer primero? ¿Ir de compras?
- ¡Dale!
- ¡Al shopping más importante de este lugar, por favor! – indicó
Ian al chofer.
- ¿Cómo vas a hacer para comprar? Digo… como somos menores… en
mi barrio no hay problema porque al ser chico todos nos conocemos y me autorizan
todo por una cuestión de confianza y porque es la tarjeta de mi papá…
- ¿Qué? ¿No sabés usar una tarjeta mágica en el reino mortal?
- Bueno, se supone que se entrega y un mayor tiene que poner la
firma…
- ¿Para qué traer a alguien que te limite, si ya sabés usar una
varita? La ley mágica es mucho más flexible, porque somos pocos y hay muchos
magos menores de edad que son huérfanos pero se valen por sí mismos. La
excepción pone como condición excluyente que no se pronuncie ningún conjuro,
sólo así los menores lo pueden hacer, lo que implica un nivel de estudios
elevado. No es sencillo hacer hechizos no verbales sin estar inscriptos en el
colegio de magia. Además de que es una cuestión de burocracia, el Ministerio no
acepta que se mezclen las monedas de ambos reinos, pero sí admite los negocios
con dinero virtual, porque es lo más parecido a la magia que tienen los
mortales.
- Ajá…
- Son esos detalles que te perdés por haber sido criada con
semimortales… esto es así… a ver… vamos a suponer que ese ramo de rosas azules
te encanta y te lo querés llevar.
- Sí.
- Sacás la tarjeta y apoyás la base de la varita, así… después
apuntás con la varita hacia el producto y vas a ver que emite una luz roja similar
al láser del lector de código de barras, la dirigís a lo que querés comprar y
buscás el código o el precio, después pasás la punta de la varita sobre la
banda magnética de la tarjeta y… ¡Listo! ¡Un hermoso ramo de rosas azules, para
una chica todavía más hermosa!
- ¡Gracias! – creo que nunca en mi vida me puse tan roja como en
ese momento.
Nos bajamos
del auto y entramos al shopping. Como las varitas iban a llamar mucho la atención,
decidimos ir retirando efectivo de los cajeros automáticos.
Lo primero
que quiso hacer Ian fue comprarme ropa. Muy intuitivo, por cierto. Tres maravillosos
vestidos de fiesta fueron el aperitivo de la tarde: uno azul, por el color de
mis ojos, uno rojo, para que mi fénix se posara en él como un accesorio
elegante, y uno blanco para reuniones y bailes veélicos. Más tarde, mientras
recorríamos el resto de los negocios, le conté que nadie de mi familia me
regalaba juguetes, sólo mi Nona Nilda y los hacía ella misma. La única
excepción era alguna muñeca por parte de
mi hermano Alex o su mujer y a escondidas de mi papá, quien consideraba esos
obsequios como gastos inútiles. Por otro lado, los que yo hacía aparecer para
complacer a mis “amistades”, al poco tiempo los devolvía, a menos que fueran de
una determinada colección, hábito, por cierto, que papá aprobaba para el
futuro. Sólo me permitía conservar muñecas compradas en subastas. El resultado fue que nos metimos en una juguetería
y nos llevamos bastante de todo: consolas de video juegos, muñecos de peluche
de todas formas y tamaños, juegos de ingenio y de mesa, muñecas de colección,
en fin…
- ¡Gracias, Ian! ¡Nunca me mimaron tanto! ¡Ni siquiera mis
hermanos antes de pedir plata!
- ¡Te lo merecés! No puedo creer que teniendo siete hermanos
mayores, solamente uno se haya ocupado de vos… ¡no saben lo que tienen!
- ¿Y vos no te pensás comprar nada? – pregunté, para no llorar.
- ¡Hmmm!... Debería.
- ¡Dejámelo a mí! ¡Allá veo una tienda de ropa para hombres!...
Y ese traje de la vidriera te podría quedar muy bien… ¡vamos a probártelo,
dale!
- No sé… es muy… ¡yo no uso esas cosas todavía, Marijazmín!
- ¡Yo tampoco me pongo esos vestidos todavía, no tengo edad,
¿y?!
- ¡Está bien!... Parece uno de esos que lleva mi papá para
salir…
- ¡Haceme caso, te va a quedar como pintado! – me lo llevé como
si se tratara de un globo.
- ¿Puedo ayudarlos, chicos? – preguntó el empleado, desconfiando
de nosotros desde que pusimos un pie en el lugar.
- Mi amigo necesita un cambio de look. Algo más formal, no tan
adolescente.
- Elegante y juvenil. Para fiestas de quince, me imagino, ya
empiezan con eso. Creo que tengo algo en vidriera… ¡A ver!- Ian se probó por lo
menos la mitad de la tienda, hasta que nos decidimos y quedó hecho un galán de
cine.
- ¡Así está perfecto!
- Todo muy lindo… ¿Pero quién se supone que va a pagar las
prendas? – preguntó el encargado, disfrutando por anticipado del momento en que
nos obligaría a devolver todo.
- ¡Yo! – respondí sacando mi tarjeta de crédito “Platimun
Plus”.
- ¿Tarjeta Platimun Plus?
- ¡Sí!
- Permitime tu DNI…
- Acá está…
- ¡No puede ser!
- Chequee el sistema del banco, va a ver que es legal.
- ¡A ver!... – discretamente, activé el sistema mágico-mortal
de la pc de la tienda - ¡Cierto! Bueno, entonces vamos a ver si en la cuenta
hay fondos suficientes, de lo cual tengo dudas… ¡Uf!... ¡De sobra!... ¿Zapatos
te vas a llevar?
- ¡Sí! ¡Estos! ¡Y estos otros! – señalé levantando los dos
pares, negro y marrón oscuro.
- ¡Los añadimos!
- Con la oferta de vidriera incluían una chalina de raso de
seda…
- No tienen más que elegirla…
- Bueno…
- Me gusta esta, Marijazmín.
- Hmm… un poco más clara… ¡esta!
- Tenés muy buen gusto, querida. – comentó el vendedor.
- Siete hermanos varones.
- ¡Con razón! – salimos de la tienda y seguimos recorriendo la
ciudad.
- Voy a aprovechar para comprar uniformes de enfermeras,
médicos, camilleros y otros insumos que faltan.
- ¡Te acompaño!
- ¡Ok! – adquirimos todo lo que necesitábamos y fuimos a comer
unas hamburguesas, delicias del reino mortal que Ian jamás había probado, extrañamente,
porque no lo dejaban salir… las cosas me empezaban a quedar bastante más
claras. Luego de eso, fuimos al cine. Cuando salimos, era hora de volver para
la cena en casa de los Riccardi.
- ¡Wow! ¡Qué día! ¡Las horas pasaron volando!
- Ya veo… ¿Tenés túnica de gala? La entrega de los premios de
fin de año se nos viene encima…
- ¡Vamos para el otro reino!
- ¡Vamos! – al mundo mágico podíamos acceder dentro de la
limousine, que tenía una puerta especial destinada a eso.
- ¡Ahí está el negocio del sastre!
- ¡Señorito Riccardi! ¡Qué gusto volver a verlo y tan bien
acompañado! ¿En qué lo puedo servir?
- ¡Túnicas de gala para dos!
- ¡Trabajando! – el anciano sastre alzó su varita y con
precisión notable trazó una puerta en el aire que se materializó y se abrió
ante nuestros ojos - ¡Pasen por aquí, por favor! – la bóveda interior de la
tienda estaba repleta de prendas desde el suelo hasta el techo. Todo flotaba en
perfecto orden de talles y colores, no había percheros ni estanterías, por lo
que cada modelo se podía ver desde todos los ángulos.
- ¡Son hermosas!... ¡Mirá Ian!... ¡Esta tiene tu nombre escrito!
- ¡Ni yo lo hubiese dicho mejor, señorita…!
- Kapatelis.
- ¿Kapatelis?
- Del clan Kapatelis de Grecia… Y la familia noble Lynch.
- ¡Oh! ¡Una Veela! ¡Qué inesperado placer!
- ¡El placer es mío!... ¿Te probas la túnica Ian? El color
iridiscente te queda muy bien a la cara…
- ¡Sí! – el sastre le ayudó un poco y se puso a trabajar para
ajustar el talle y los ruedos. Llevamos varias prendas más, la última de la
cuales Ian se dejó puesta, un poco para darle después el gusto al padre, de que
lo viera vestido a la manera tradicional.
Llegamos a
su casa y la cena ya estaba servida, por muy poco, sus padres no empezaron sin
nosotros.
- ¡Hijo! ¡No son horas de llegar! – exclamó la madre, soltando
con violencia la servilleta.
- ¡Ohhh! ¡Y esa túnica tan clásica y elegante, ¿de dónde salió?!
– preguntó el padre.
- Sugerencia de Marijazmín…
- Tiene un gusto exquisito, por cierto… tomen asiento, que la
comida se enfría.
- ¡Gracias! – ambos padres nos pidieron lujo de detalles del
paseo por la ciudad: adónde fuimos, qué compró cada uno, cuál fue la película
que vimos, si comimos algo en el medio, etc., etc., etc.
- Han tenido un día completo. – comentó Giampaolo.
- Sí… ¡Y ya va siendo hora de que termine! En casa no tienen
idea de dónde estoy.
- ¿No avisaste? – preguntó Alexia.
- Sí… les importa bastante poco. Especialmente si uso el espejo
para moverme.
- ¿Tanto odian al mundo mágico?
- No es odio. Es envidia. No tienen acceso…
- ¡Oh, bueno!- agregó el señor Riccardi – Espero que te hayamos
hecho sentir un poco mejor, querida.
- ¡Lo lograron!
- ¡Qué bueno! Me dijo Viktor que Chispa se encariñó con vos…
- ¡Al menos no me tiró de su grupa!
- ¡Jajá!... hijo… ¿qué te parece si mañana le devolvés la
cortesía a Marijazmín?
- Si ella no se opone…
- ¡No hay problema! Ya sabés en dónde queda mi casa…
- ¡Bueno, no se hable más! Vas a pasar el domingo en la casa de
la señorita Kapatelis! – fue casi una orden la de Giampaolo. Y eso era sólo el
principio.
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