LAS CINCO ESCOBAS Y LAS AMIGAS HERMANAS


II -  El Club Estelar de Magia



Febrero 16




Querido Diario:


               Hoy es el último día de la tregua entre la secta Omega66 y el Gobierno Mágico. Se supone que van a requerirnos como último recurso. Mientras tanto, me dedicaré a entrenar con mi ejército. Lo estoy haciendo a la par de cualquier soldado, sin privilegios, es que pienso que mi Nona Nilda así lo hubiera querido. Es una forma de que nadie me reproche nada. Quiero vivir lo que se siente al ser un soldado, ir al combate, ayudar a mis compañeras, atender a las que resulten heridas. Que me tengan entre algodones, no es lo mío.
              La torre alta del palacio está casi lista y es muy hermosa. En el reino mortal, ya puse una cerca y los cimientos de mi casa. El garaje para el auto ya está terminado y, por el momento, recibo visitas ahí. De ser por mí, ya tendría todo listo, pero… son condiciones para una convivencia lo más pacífica posible, en un barrio privado, entre mortales… millonarios…
               Ahora que hablo de condiciones y millonarios, recuerdo mi faceta frívola de la Escuela de Magia.
               Una mañana, saliendo del comedor, de ida al bosque para una clase práctica de Biología Mágica, Lissa y yo vimos un espectáculo poco usual, al que sin duda íbamos a tener que habituarnos: las aspirantes al Club Estelar de Magia. Una suerte de”elite” entre las chicas de las cinco casas. Por lo que Lissa pudo investigar, eran seleccionadas por permanencia entre los cinco primeros puestos semanales. Y yo ocupaba cada semana el primero, segundo o tercer puesto.
                Brisa interrumpió la clase para traerme un sobre rosado, sellado con un rubí.
- Señorita Kapatelis, el correo debe recibirse al horario establecido… - me reprendió el profesor.
- Lo lamento, señor… - guardé la carta y esperé a que sonara la campana.
- ¿Qué te mandaron? – preguntó Lissa.
- Por la apariencia, diría que una invitación a una fiesta de quince…
- Abrilo…
- Vamos a ver… ¡Hmmm!... “Estimada señorita Kapatelis Prince-Lynch: hemos estado observando sus impecables calificaciones, y nos complace comunicarle que llegamos a la conclusión de que usted reúne varias de las condiciones necesarias para el ingreso como aspirante VIP al Club Estelar de Magia. A efectos de entregarle una membrecía y el listado de elementos necesarios para su iniciación, la esperamos esta tarde en el claro del bosque, junto a la carpa rosa que nos identifica. Sin otro particular. Saludamos atte. Los miembros directivos del C.E.M.”
- ¡Wow! ¿Vas a ir?
- Podría pasar… aunque no me muero por hacerlo. – lo extraño era que durante los dos primeros años de cursada, jamás me habían enviado la invitación. Algo estaba fuera de contexto y no me gustaba para nada. Pero ese día en cuestión, camino a clases, el panorama se me aclaró bastante. A la cabeza del escritorio de admisiones estaba ni más ni menos que Vanessa Shaw.
- ¡Eso explica la carta rosa! – exclamó Lissa, indignada y con muchas ganas de hechizarla.
- Tranquila. No necesito ser parte de un club de chetas, para saber que soy buena con la magia…
- ¡Podría apostar todos mis ahorros!
- ¡Jajajá!
- ¿Por qué no aceptás?
- ¿Te parece?
- ¡Sí! Suena divertido…
- Hmmm… no sé…
- Al menos podrías fijarte qué requisitos te piden para entrar, además de la carta, que más que una invitación, desde mi punto de vista, es una provocación. Algo me dice que sólo ella quiere que entres, para que te dejes humillar voluntariamente.
- Vamos a hacer la cola.
- Te acompaño, no me interesa entrar, pero te hago la segunda.
- Gracias. – fuimos a formar la fila. El efecto fue instantáneo.
- ¡Marijazmín! – la Shaw se levantó del escritorio y corrió a mi encuentro – Vos ya recibiste la invitación, no necesitás hacer ninguna cola, vení… ¡sola! Ella no cubre los requisitos mínimos. – Lissa se quedó pensativa y un poco triste, pero después se dirigió a clase sin darle importancia al hecho.
               La rubia teñida me dio una hoja con las cosas que tenía que llevar a la primera reunión del club. Lissa, como siempre, tenía razón. En principio, parecía una lista de elementos para “filtrar” a los “pobres”, cosa que me indignó bastante, y esa misma indignación me llevó a seguir adelante, necesitaba ponerla en su lugar. Leí por segunda vez el folleto: Era excluyente tener un buen linaje mágico, con eso no había problema, me sobraba apellido. Otro punto imprescindible era contar con servicio doméstico en el lugar de residencia. Gloomie era parte de mí, así que ya contaba con dos condiciones cumplidas. La siguiente era ya más materialista: pedían tener un ave veloz para el correo aéreo. Y Brisa era, y lo es hasta la fecha, la campeona absoluta de cuanta competencia existe en la materia. Los dos últimos puntos tenían que ver con la capacidad mágica que podíamos llegar a desarrollar: una criatura mágica menor y una varita de metal noble. Consulté con Lissa respecto de eso y me dijo que tuviera cuidado, no le gustaba nada la idea de exponer a Nixie y mucho menos la de tener que sacar del banco la varita de Nona Nilda, por un simple capricho de niñas ricas.
- “Hay algo más en todo este asunto.” – me decía por varita.
- Pienso igual. Tendría que ver quiénes más están ahí adentro.
- “Tenés dos posibilidades: O tratan de que no entres y les pases el trapo, o alguna de las estiradas es hermana o pariente de los pasantes”.
- Puede ser. Me dieron un mes para reunir todo.
- “Hmmm… raro… por donde se lo mire… contradictorio.”
- Por eso mismo quiero ver de qué se trata.
- “Por favor, cuidate.”
- ¡Siempre!
- “¿Querés que te acompañe al banco?”
- ¡Dale!
- “Ian… ¿está enterado de esto?”
- No te preocupes, se va a saber… la madre perteneció al club…
- “¡Ah, bueh!”
- Sí…
- “Yo no sé cómo hacés para aguantar eso…”
- Lo tomo como de quien viene…
- “Es muy amplia esa frase.”
- Parece.
- “Vayamos a lo importante. Me llegó el informe mensual de las docentes.”
- ¿Alguna novedad?
- “¡Importantísima!”
- ¡Decime!
- “¡Tres brujitas!”
- ¡¿En serio?!
- “¡Sí! Los datos se te van a enviar vía lechuza.”
- Perfecto.
- “Pedite una cita con Sigfrid.”
- Corto con vos y  lo hago. ¿Qué edad tienen?
- “Siete, las tres.”
- ¡Típico! Bueno… No me lo esperaba y viene muy bien.
-“Andás tristona…”
- Un poco. Y encima, hoy caen mis cuñadas.
- “¡Con razón!”
- Te espero a la tarde, así vamos al banco y zafo del sermón de esas dos.
- “¡Listo!”
- Me voy a comer…
- “Hasta luego, entonces.” – corté y bajé al living. Casi enseguida, sonó el timbre. Era mi hermano Benjamín con su mujer y las gemelitas recién nacidas.
- ¡Hola, Marijazmín! Pensé que no te iba a encontrar…
- Me quedé en casa este fin de semana.
- ¿El colegio?
- Bien, por suerte. Sigo sin llevarme nada.
- Me parece perfecto. Te presento a mis hijitas nuevas…
- ¡Ay, pero qué bellezas!
- ¡Gracias!
- ¡No las toques, sucia! – gritó su mujer y del susto las hizo llorar - ¿Ves? ¡Mirá cómo saben que es la prostituta del demonio!
- Sarah, por favor, no empieces. Es una criatura de doce años, ¡medí tus palabras!... Llevá a las bebas con mamá.
- ¡Sí!... ¡Y a vos, te quiero lejos de mis hijas! – me mordí la lengua para no hablar.
- Disculpame, por favor, gorda. Ya sabés cómo es esto… ¡Hhh! No sé qué hacer con esta mujer…
- Paciencia. Lo mismo que yo… O billetera… no te queda otra.
- Eso veo.
- Hagamos una cosa, en el  nombre de la convivencia pacífica: terminamos de comer y las mujeres de la casa se van de shopping, yo le aviso a mamá.
- ¿Y vos?
- Tengo que hacer un trámite en el otro reino.
- ¿Te animás a llevarte a las nenas? Hay cosas que no quiero que vivan…
- Entiendo. ¿Querés el beso de las Veelas para protegerlas?
- Cualquier cosa, con tal de que no sufran.
- Veré qué puedo hacer. – mi vida estuvo siempre llena de ese tipo de situaciones contradictorias. Al parecer, la paternidad les cambia las ideas a los varones Kapatelis.

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