El Espejo de Plata
I - Graduación
Diciembre 14 de 2022
Querido Diario:
Después de muchos atrasos, idas y venidas, finalmente comienzo a llenar tus páginas y estreno la pluma “auto-script” que me obsequió el Director del colegio.Marijazmín Kapatelis Prince-Lynch es mi nombre completo y que me inscribieran en el registro civil con tres apellidos fue toda una complicación con gastos incluidos. En realidad, es uno simple y otro compuesto, pero no viene al caso. Tengo dieciséis años y nací un catorce de febrero. Mamá es nieta de ingleses y papá es griego, por lo tanto llevo sangre europea y muchas tradiciones detrás. Soy la menor de ocho hermanos, siete varones y yo. Sus nombres son del primero al último: Alexis, Ismael, Benjamín, Ignacio, Paulo, Walter y Nicolás. Siete “guardabosques” uno más insoportable que el otro. Papá es hijo único, mamá tiene dos hermanos más chicos: Waldemar y Dejaneira. Todavía tengo abuelos maternos, ambos ingleses, Patrick y Evelyn, pero lo mejor de mi extensa familia se fue cuando yo cumplí siete años: la bisabuela Nilda. Es a ella a quién le debo lo que soy y seré y a quien le dedico este diario.
La gente de mi barrio dice que tengo una familia extraña y que yo soy la más extraña de toda esta familia. Pero la realidad es que no soy extraña: soy bruja por parte de padre y madre y Veela por parte de la Nona Nilda.
Según los médicos y los grandes jueces de lo que se conoce como Mundo Mágico, Reino Mágico o Universo de lo Inmortal, soy una suerte de fenómeno que se da cada tres mil años, pero corregido y aumentado.
Desde que era un bebé de pocos meses, la Nona Nilda llevaba un informe escrito acerca de cada pequeño cambio físico que me ocurría, lo que de hecho no es usual hasta los siete años en una bruja “Standard”. Sucede que las manifestaciones de mis rasgos mágicos se revelaron casi con horas de nacida y por eso mismo hubo que vigilarme y muchas veces “camuflar” o cubrir lo demasiado llamativo, simplemente para guardar las apariencias. Fue así como la mayoría de mis facultades se atrofiaron por espacio de casi siete largos años.
Recuerdo que cuando empecé a tomar conciencia de la gente que me rodeaba, no me gustaba ver a nadie triste. Quería que tuvieran todo lo que necesitaban, tanto fue así que uno de mis primeros poderes fue conceder deseos: mi hermano más grande, Alexis, quería casarse pero tenía una deuda con el banco y estaba desesperado, lloraba, gritaba y había comenzado a beber.
Una tarde en la que se había quedado en casa a cuidarme, sonó el teléfono mientras él me tenía en brazos, por lo que puso el altavoz para poder hablar cómodo. No entendí muy bien de qué se trataba la charla, pero parecía muy claro que en una cuenta faltaba dinero...
- ¿Qué pasa? - pregunté.
- Nada, bebé. Cosas de grandes...
- ¿No tenés plata para tu casita?
- Algo así...
- Y por eso te pusiste triste...
- Sí...
- Ah... yo tengo plata... te ayudo si querés.
-¡Ay, mi chiquita! ¡¿Cómo te voy a pedir lo de tu alcancía, mi amor?!
- Yo te doy toda la plata para tu casita y vos no llorás más... pero es un secreto. Que no se entere mami...
- A ver... está bien, vamos a buscar tu chanchito... - como para darme el gusto, me llevó al dormitorio en donde la Nona Nilda estaba durmiendo la siesta.
- Esta es mi alcancía... sacá lo que cuesta tu casita y la plata que le tenés que pagar a ese señor que está enojado con vos... - mi hermano esperaba encontrar alguna que otra monedita, pero se llevó la sorpresa de su vida.
-¡Pero... ¿de dónde sacaste esto, Marijazmín?!
- Es mi secreto... no se lo cuentes a nadie. Nona Nilda sabe y me enseña. Pero no quiere que mamá se dé cuenta.
-¡Gracias, mi vida!
- De nada. Ahora ya te podés casar, ¿viste?
Ese fue sólo un ejemplo. Y apenas tenía dos años.
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