El Espejo de Plata


Enero 1


Querido Diario: 

              Si hay algo que de verdad detesto de las Fiestas es la reunión familiar. Mis siete herma­nos vienen con las esposas y novias, una marabunta de sobrinos a los que hay que complacer en todo y encima destrozan lo que encuentran al alcance de la mano. Todo bien cuando son bebés, no me molesta cambiar pañales ni calentar biberones, la cosa es cuando crecen y los padres no les ponen límites... y para qué hablar de los abuelos... ¡viven para consen­tirlos! Cuando los nietos están en casa, yo no existo a menos que sea para ir a comprar juguetes y golosi­nas o cosas que los señoritos rompen. Treinta y cinco monstrui­tos y otros tres que todavía no caminan, más los dos que vienen en la panza de las madres. Eso son. En una sola visita, tres computadoras estropearon ya. Y todas mías. Porque las de papá están en su oficina, bajo llave. Para colmo, con ellos no se repara en gastos y las cuentas hace rato que están en rojo. Pero papá todo lo arregla igual. ¿Leoncito tiró la laptop de la tía dentro de la piscina? Abuelo León saca la tarjeta de crédito y la tía corre a comprar una nueva. Y así siempre, aunque no hace falta, más adelante verás por qué.
             En mi casa se vive de la apariencia, como en la mayoría de las familias tradicionales, y lo más fastidiante del asunto es que a las aparien­cias... las mantengo yo desde que me falta la Nona Nilda. 
             La familia Lynch es una de las fundado­ras del Colegio Sparkle de Hechiceros y Brujas. Eso implica mucho poder... y muchas monedas de oro en el banco y fuera de él. Una gran fortuna, inmensa. Está guardada, como dije, en el banco del reino mágico y cada cierto tiempo, la bisabuela solía extraer una determinada cantidad para solventar los gastos de la casa... y lamentablemente, los excesos de los nie­tos...
- ¡Abuela!... ¡No sabés! ¡Vi el auto de mis sueños! ¡Lo acaban de poner en el salón de ventas de una agencia de Beberly Hills! – empezaba diciendo mi tía Dejaneira – Ya me saqué el pasaje para ir a verlo… pero, la verdad es que un buen cero kilómetro, no me vendría nada mal… - se le acercaba a la mecedora y le hacía caritas de por favor.
-Nona Nilda, ya tiene dos autos importados… - protestaba yo, mientras le preparaba su medicina.
- ¡Vos te callás y seguís con lo tuyo! – me decía mi tía por lo bajo.
- A ver si entiendo bien, nena. – respondía la bisabuela - ¿Te querés comprar ese coche nuevo que salió y lo pensás pagar en efectivo?
- ¡Esa es la idea! ¡Que nadie se me adelante!
- Pero vos y tu marido ya tienen auto…
- Mi marido no hace más que prestárselo al hijo que anda de acá para allá con minas… Y en el barrio termina quedando como un tacaño delante de los vecinos, que creen que sólo tenemos uno, que además es mío.
- Comprendo. – la Nona Nilda se ponía de pie y se dirigía a la caja fuerte de la casa – acá tenés una colección de monedas antiguas. Subastala. Con el valor de una sola te debería alcanzar y sobrar para el auto de tu hijo.
-¡Yo sabía que me ibas a entender! – y tía Dejaneira se terminaba saliendo con la suya.
            Cuando mi bisabuela falleció, muchas de esas cosas se terminaron, aunque no todas. Nadie jamás supo de dónde salía el dinero, y no lo van a saber mientras yo viva, fue otra de las promesas que le hice a la Nona Nilda.
             Nunca me trataron del todo bien en casa, mamá siempre fue fría conmigo. Y papá... papá sólo era una billetera... y un manojo de nervios. Se enoja por todo. No se puede mover un pelo en su presencia. A veces me pregunto cómo fue que mamá se casó con él. Aunque viendo los caracteres de ambos, ¡son el uno para el otro!
- ¡Marijazmín!... ¡Marijazmín, vení para acá! – gri­taba papá - ¡¿Qué son esas notas de menos de nueve?!
- ¿Dónde?
- En tu boletín de calificaciones…
- ¡Ah, sí! La maestra explicó que en el primer bimes­tre no le ponen diez a nadie, para nivelar, recién en mayo lo hacen.
-¡Pero es un disparate! – agregaba mamá - ¡Yo quiero hablar ya con esa profesora incompetente! ¡Y pobre de vos, si me estás mintiendo y no estudiaste!... ¡Ya sé! ¡Vas a hacer esa prueba adelante mío!... ¡Vamos! ¡Andá a buscar tu mochila y te ponés con eso de inme­diato, te doy quince minutos para que termines! – y ahí salía yo a demostrar que había estudiado y luego a soportar el papelón en el colegio, que por lo gene­ral era rimbombante y hasta con cámaras de televisión de por medio…
            Cuando Nona Nilda se empezó a enfermar, decidió contarme por qué mi familia es como es. Pero de todos modos creo que nunca voy a poder terminar de entenderlos y mucho menos, justificarlos.
            Mis hermanos mayores nacieron uno cada año, evidentemente mis padres querían sacar “la nena”, pero no había caso, así que “cerraron la fá­brica” con el nacimiento de Nicolás. Mi llegada al mundo dieciocho años después fue toda una sorpresa... para nada agradable según parece.
            Mi padre no quería que yo naciera. Sabía perfectamente lo que eso significaba, ya que en su familia, nacía una bruja cada siete magos. El clan Kapatelis es otro de los fundadores del Colegio de Hechiceros,  contra el que mi papá siempre estuvo resentido por haber nacido sin poderes a pesar de su linaje.
             El nuevo embarazo de mamá fue una pesa­dilla para él y un riesgo para mamá y para mí, porque estaba en plena pre-menopausia. Fue por eso que antes del tercer mes de gestación, se tomó la decisión de hacer un aborto. La Nona  Nilda puso el grito en el cielo. Pero como nadie le hacía caso, recurrió al reino mágico para proteger mi desarrollo intrauterino de cualquier intento humano de interrumpirlo. Y eso costó las vidas de los cuatro “médicos” que debían intervenir a mamá: todos sufrieron un infarto masivo antes de intentar abrirle el vientre y sacarme de allí.
            Nací porque nadie lo pudo evitar. Pero como ya sabes, querido Diario, me crió la   Nona Nilda, y según todos los que la conocieron, rejuvene­ció varios años. Ese fue el primero de los “hechos extraños” en la casa Lynch. De acuerdo con mamá, de bebé yo eras tan rara, que no me sacaba a la calle: el pelo y los ojos me cambiaban de color en cuestión de minutos. Y los juguetes y la mamadera volaban por las habitaciones, cada vez que yo tenía hambre o simplemente estaba aburrida. Por supuesto, mi familia culpaba de todo a Nona Nilda... hasta que un día las empresas familiares empezaron a tener serios problemas financieros.
            La familia gastaba siempre más de lo que ingresaba en la empresa. Y los productos que se co­mercializaban dejaron de tener éxito casi de la noche a la mañana. No les quedó más remedio que pedirle ayuda a Nona Nilda. Así fue como ella empezó a vender algunas alhajas y monedas de oro. Eso, además de usar su magia para mantener la mansión impecable y lujosa como siempre. Y claro, cuando toda la familia se juntaba en casa, el esfuerzo de la bisabuela se mul­tiplicaba. Como consecuencia, su salud empezó a des­mejorar.

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