El Espejo de Plata


III – Adiós a Nona Nilda


Enero 2


Querido Diario:

              Como te conté ayer, Nona Nilda se em­pezó a enfermar cuando nacieron los primeros bebés de mis hermanos. Era mucho para ella. Mis padres compra­ban todo de primera marca y lo siguen haciendo. Pero con los nietos se les iba la mano: ropa, pañales, cochecitos, sillitas de comer, corralitos, bolsos, mochilas porta bebé, todo lo compraban ellos. Mis hermanos nunca tenían que mover un dedo. Conmigo fueron iguales, pero porque competían con la bisa­buela. Ahora era diferente. En tres años, la Nona Nilda se había agotado muchísimo. Para colmo yo cre­cía rápido y ocultar mis poderes del resto de la gente se le hacía cada vez más difícil. 
            Un mal día, después de hacer varias repa­raciones en la casa, Nona Nilda sufrió un desmayo. Fue la primera vez que mi magia se salió de control. La alarma del espejo se activó y varios magos impor­tantes llegaron para apaciguarme y se llevaron a Nona Nilda a su hospital. Uno de los doctores, al ver mi reacción, me dio algunas explicaciones.
- Tu bisabuela es muy valiente y fuerte, se repondrá. Pero no debería estar haciendo este tipo de cosas. Ya no es una jovencita, y esta casa es muy grande. Para que te des una idea del verdadero problema, te diré que sin magia de por medio, la estructura edilicia se vendría abajo en segundos. Esta finca tiene más de tres siglos.
- Lo entiendo... y quiero ayudarla, ¿qué puedo hacer?
- No mucho. Eres muy pequeña para eso.
- Ya sé leer y escribir... y a veces, cuando ella duerme, hago cosas con su varita...
- ¿Qué clase de cosas? – el médico se puso nervioso.
- Recetas. Las que tiene en un libro en el inverna­dero. Remedios, cremas... cuido sus plantitas.
- ¡Asombroso!
- Y a veces, me copio de las palabras que dice. La imito para jugar. Nada más.
- ¿Y tu magia funciona?
- Un poquito. Creo que la varita es muy grande para mí.
- Entiendo... me parece que vas a poder hacer algunas cosas... – así fue como el médico de Nona Nilda me confió la fórmula de los remedios para la bisabuela.
             La matriarca de la familia, tal como era conocida desde siempre, era muy vieja, pero nadie sabía exactamente cuántos años tenía. Y como era muy coqueta, siempre arreglada y maquillada, se veía más joven de lo que era. Hace poco me puse a hacer núme­ros y llegué a la conclusión de que la Nona  Nilda tenía ciento veinticinco años cuando se me fue. Y se me fue por el esfuerzo que tenía que hacer para sos­tener la alcurnia de la familia. Cuando logré com­prender eso, me dio muchísima bronca, porque entonces también comprendí que nadie en toda la familia amaba a la bisabuela como lo hacía yo. Es el día de hoy que todavía la lloro y la extraño.

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