El Espejo de Plata


Enero 21


 Querido Diario:

            Al día siguiente amanecí con los picotazos de Brisa contra el cristal de mi ventana.
- ¡Correo! Espero que sean buenas noticias… ¡Hola, Brisita!... A ver… ¡wow!
- Su desayuno se enfría, señorita Kapatelis…
- Gracias, Gloomie, ya voy… servile un buen pedazo de carne a Brisa, por favor… Y tráeme un equipo de gimna­sia y zapatillas.
- Enseguida, señorita. – mientras Gloomie cumplía mis órdenes, me dediqué a leer el mensaje que me había traído el águila.

Ministerio de Gobierno del Reino Mágico Sudamericano.

Atención: Señorita Marijazmín Kapatelis Prince-Lynch.

Dada la urgente necesidad de preservar su buen estado de salud, el presente Tribunal Supremo del reino decreta: que le sea permitido a la señorita Marijazmín Kapatelis Prince-Lynch la performance de un hechizo diario con varita, bajo la condición de que se trate de una buena acción en beneficio de la comunidad mortal. En cuanto a la magia involuntaria, el presente Tribunal la declara no culpable de cualquier accidente consecuencia de acoso y/o agresión externa.

 - Buenísimo… - guardé el sobre en un cajón de mi escritorio.
             Bajé a ver un poco de tele y descubrí que ya se trataba de un modelo un poco más moderno.
- ¡Marijazmín, vení al estudio, ya! – gritó papá desde el final del pasillo. Corrí antes de que le diera un infarto y ya me imaginaba la causa.
- ¿Qué pasa, papá?
- ¡¿Cómo que qué pasa?! ¡¿Se puede saber qué es todo esto?! ¡¿Dónde están mis cosas?!
- En el lugar de siempre, papá. No moví nada.
- Espero que estés diciendo la verdad.
- Fijate, vas a ver…
- Los papeles… las facturas…
- Débito automático…
- ¿Esto, qué es?
- Tu sello… Automático, también. Probalo.
- ¡Ajá! ¡Quiero mi computadora! ¡¿Dónde está?! Tra­bajé hasta ayer a la noche con el monitor nuevo y ahora no la tengo más.
- La tenés delante de tus ojos… una notebook. Ya no hay empresarios que usen semejantes armatostes…
- Pero… mis datos… mi información, tengo que volver a cargar todo… ¡avisame cuando se te da por comprar cosas!
- No falta nada. Prendela y chequeá.
- Veamos… ¡Qué velocidad!
- La máquina anterior era un dinosaurio al lado de esta.
- Todo está como recién comprado… ¿Sacaste toda la fortuna de tu bisabuela para esto?
- No.
- ¿Entonces?
- Los tiempos cambian.
- A ver… sentate tranquila y explícame.
- Gracias… Lo fundamental y además muy bueno, es que cada vez hay más intercambio entre los dos reinos, por eso, en el banco mágico, se creó un encantamiento de colaboración con los semimortales.
- ¡Ah! Y vos, aprovechando mi ausencia, lo ejecu­taste.
- Fue lo primero que hice al llegar. Pero no voy a hacer nada más. Con esto, sobra. Ya no les va a fal­tar nada.
- ¡Mirá vos! Ya no necesito trabajar, entonces…
- Vos no, pero tus empleados sí. Son mortales. Ahora les vas a poder adecuar los sueldos. ¡Ponete con­tento, se acabaron las huelgas!
- Me vas a tener que enseñar a manejar todos estos aparatos nuevos.
- Con el tiempo vas a adaptarte a todo. Una cosa más. Los electrodomésticos se van a renovar en la medida en que la ciencia avance.
- ¿O sea, que siempre vamos a tener lo último?
- Algo así. El ejemplo más claro es la computadora. Vos tenías una máquina que la cambiabas cada cinco o seis años, ¿verdad?
- Sí.
- Bien. Como todo el mundo sabe, una de estas máqui­nas, cada seis meses se vuelve obsoleta.
- Claro.
- Lo que hizo el encantamiento, fue actualizar todo, sin que tengas que pagar un centavo.
- Ajá.
- Y lo que demoró seis meses en avanzar, acá tomó… seis horas, más o menos…
- A ver si me quedó claro… cada seis horas, la má­quina cambió sola desde que vos llegaste…
- ¡Eso! Y cuando quieras hacer una compra, el pro­ducto se va a mantener nuevo indefinidamente.
- Vas demasiado rápido, no entendí eso…
- Entrá en cualquier tienda Online.
- A ver… ¡Listo!
- Vamos a comprar algo bien moderno, de última gene­ración… acá… ¡Paneles solares! ¡Para todo!
- ¡Ajá!
- Bueno… vamos a programar la fecha de entrega e instalación para dentro de… dos meses…
- ¿Por qué tanto?
- Para que entiendas el ejemplo.
- A ver…
- La casa, una vez que se registre el pago, va a empezar a adaptarse al sistema nuevo.
- Le va a llevar dos meses…
- El punto es que en esos dos meses van a salir mode­los nuevos, más avanzados que el que vos pediste, ¿cierto? Bueno. Cuando lo vengan a instalar, ni bien lo terminen de colocar, se va a actualizar solo.
- ¡Ahh!
- ¿Pasaste por la cocina?
- No lo hago desde que le regalé el microondas a tu madre.
- Vení…
- ¡Estoy ocupado ahora, hija! Mirá todo lo que hay que actualizar…
- Esto se arregla así… - me hice cargo de la compu­tadora para configurarla – Tres pasos… ¡Ya está! El programa corre solo y no vas a perder ningún contacto y los correos bajan solos. Tomará varios minutos, pero no hace falta que estés pendiente de la máquina.
- Bueno… está bien… ahí voy… - lo llevé a la cocina y se quedó sin palabras.
- En cuanto sale algún nuevo modelo de cualquier artefacto, automáticamente se renueva. ¡Mirá! Parece que salió un freezer nuevo… ¿vas entendiendo cómo funciona? No va a haber millonario que pueda competir con vos. Y nadie te va a poder llamar tacaño, ni decir que tenés mal atendida a tu familia. Práctico, ¿no?
- Muy práctico.
- La historia de Nona Nilda no se va a volver a repe­tir.
- ¿Qué me decís de tus cuñadas y su manía religiosa? Todas las semanas vienen a “exorcizar” la casa.
- Si dicen algo, se arriesgan a que sus maridos les pidan el divorcio… y dudo  de que estén dispuestas a salir a trabajar. Si mis cálculos son correctos, en cuanto les extiendas el primer cheque o les sirvas un vaso de agua o lo que sea que esté en esta casa tome el más ligero contacto con ellos, la magia va a ac­tuar a la misma velocidad en sus hogares que acá. Lazos de sangre…
- Asombroso…
- Bueno, los datos de tu maquina ya deben estar lis­tos.
- ¿Vas a salir?
- Ana, ayer cuando vino, se olvidó los anteojos. Se los voy a alcanzar. Y tal vez haga mi buena acción del día.
- Me parece muy bien. – sin más, me dirigí a la sa­lida.
            La señora Ana vive a tres cuadras de mi casa. Cuadras largas, porque este es un barrio de residencias campestres, que raramente están ocupadas los días de semana, salvo en vacaciones, como ahora. Para ese año la calle de mi casa era la única asfal­tada, pero ni bien salí… el asfalto “me siguió” y las flores y plantas se pusieron lozanas y de colores brillantes. Con suerte, a esa hora no pasaba nadie por allí, así que los vecinos no se enteraron de nada y algunos ni siquiera habían llegado aún a pasar su temporada veraniega. Habré demorado unos cinco o seis minutos en llegar. Toqué el timbre… y me pareció que se arreglaba.
- “¿Quién es?”
- Marijazmín, Ana. Te traigo tus lentes.
- “¡Pasá!” – el portero eléctrico funcionó con norma­lidad también.
- ¡Hola, Ana!
- ¡Hola, corazón! ¡Sentate! ¿Vos sabés que pensé que habían quedado en una de las tiendas del shopping? ¡Menos mal! Porque son carísimos…
- Me imagino… ¿Hace mucho que llegaste?
- Nosotros viajamos todos los años el 8 de diciembre. Este año nos adelantamos un poco, como Nacho terminó las clases antes…
- ¿No se llevó materias?
- Sí, pero lo mandamos a particular y le pidió a los profesores que le tomaran los exámenes anticipados. La verdad es que se esforzó mucho. Hizo un gran cam­bio con la secundaria. Lo terminamos mandando al Liceo Militar, te puedo asegurar que lo dieron vuelta como una hoja de cuaderno.
- ¡Qué bueno!
- De todos modos, no me gusta ese lugar, incita demasiado a la violencia.
- ¿Pero no lo habían expulsado a él por violento?
- Se agarró a trompadas con un superior, porque lo maltrató. Le dijo “judío de mierda” y automáticamente Nachito le bajó los dientes de una piña.
- ¡Qué feo eso!
- Y ahora está sin estudiar, rindió libre y no tiene escuela. Todo ese esfuerzo tirado a la basura…
- ¡Tremendo!
- Y a vos, ¿cómo te está yendo?
- Bien, por suerte.
- Fue grande tu cambio, también, ¿no?
- Sí, importante, pero me adapté enseguida.
- De golpe, pasar de una escuela pública a un inter­nado, como le pasó a Nachito, debe ser duro…
- Son ambientes muy diferentes. Pero como a tener actividades extra escolares estaba acostumbrada, no fue para tanto.
- ¿Seguís haciendo deportes?
- Los fines de semana. Ahora en verano, voy a retomar casi todo lo que dejé pendiente.
- Estás más alta…
- Pegué un estirón, todo me queda corto, ¡jeje!
- ¡Pobre tu madre! ¡Tener que renovar tu vestuario, con lo caro que le sale todo!
- Tampoco es que soy tan adepta a las grandes marcas de ropa. Me gusta mucho lo que es hecho a mano.
- ¿Desayunaste?
- ¿Sabés que no? ¡Me olvidé! Lo que pasa es que mamá me dijo que te hacían mucha falta los anteojos, así que salí corriendo.
- Bueno, vení a la cocina, hay leche chocolatada con vainillas.
- ¡Qué rico! Hace mil que no como de eso…
- ¿Por tus problemas de peso?
- Sí, mi dieta siempre fue muy estricta. Todo sano, casero, nada de restaurantes, ni comida chatarra.
- Bueno, ahora estás de vacaciones, así que date el gusto.
- ¡Gracias!
- ¿Venís a la pileta este fin de semana? Hoy Ignacio la va a limpiar ni bien llegue. Para el sábado va a estar llena.
- Buenísimo.
- ¡Llegó el diario! Esperá acá que lo voy a buscar.
- No hay problema. – Ana cruzó toda la casa, lo cual me dio tiempo suficiente para fijarme lo que pasaba con el encantamiento en casas de mortales.
           Los cambios eran mucho más lentos, casi imperceptibles. Lo notorio eran los alimentos, cada cosa se rellenaba ni bien se terminaba de consumir. Las manchas de humedad de las paredes se reducían de tamaño a razón de medio centímetro cuadrado por día y así todo.
- ¡Listo! ¿No comiste nada? El paquete está intacto…
- Me comí uno entero, ese es nuevo, está sin abrir…
- ¡Tenías hambre, mi vida!
- Un poco… Las vainillas son un vicio.
- Eso dice tu mamá. No le des tanta bolilla, no te obsesiones con el peso. Estás creciendo y estar un poco más rellenita es normal. Ya estás a punto de ser señorita y suele pasar que se tengan algunos kilos demás, que son necesarios para después tener un buen desarrollo, ¿sabés?
- Algo de eso leí una vez.
- ¿Te gusta investigar?
- ¡Mucho!
- Lo raro es que en tu casa, con todo el lujo que hay, no se vean muchos libros…
- Ahora pasa eso. Se ve que cuando yo me fui a estu­diar, los problemas aumentaron y de lo primero que decidieron desprenderse fue de la biblioteca com­pleta. Había originales incunables… pero los vamos a recuperar.
- ¿Tan mal estuvieron?
- ¡Cosas que pasan en los negocios!
- Así dice papá.
- ¡Qué suerte que ya salió la sucesión de mi bisa­buela! Es una tranquilidad.
- ¡Ajá!
- Me resulta un poco raro que doña Nilda haya testado a favor tuyo, siendo vos tan chiquita.
- Los Lynch eran un clan matriarcal.
- Claro, pero están tu abuela y tu mamá primero…
- ¡Hhhh! Es un poco largo de contar… Nona Nilda era una mujer de valores muy arraigados. De carácter firme. Cuando mamá quedó embarazada de mí, no me quería tener… se habló varias veces de aborto…
- ¡Qué barbaridad! ¡No tenía idea!
- Mi bisabuela se puso como loca, dijo que se iba a hacer cargo de mí ella misma y que era capaz de darme su apellido, de adoptarme o de ser mi tutora legal, pero quería que yo naciera a toda costa. Papá tenía miedo de que yo heredara alguna enfermedad familiar o alguna discapacidad.
- Claro, por la edad de Nereida.
- Nona Nilda se peleó a muerte con toda la familia, en cuanto se confirmó el embarazo. Trajo médicos de Irlanda para que atendieran a mamá.
- ¡Debió gastar una fortuna!
- La tenía. Lo que pasa es que mi tío Waldemar… ¡viste cómo es! Nosotros nos vinimos muy abajo por su culpa. Tiene problemas con el juego, y no hay manera de hacérselo ver.
- Ahora entiendo muchas cosas… muchas excusas de tu mamá que nunca me cerraron.
- Yo pienso que las cosas se tienen que saber para poder corregirse.
- Cierto. Entonces Doña Nilda lo que hizo siempre, fue darles tiempo a que ustedes se recuperen…
- ¡Exactamente!
- ¿Y qué pensás hacer con toda esa plata, cuando seas mayor de edad?
- Me quiero ir a vivir sola.
- ¡Lo imaginé! ¿Vas a ir a la universidad?
- ¡Seguro!
- ¿Qué te gustaría seguir?
- Todo lo relacionado con la naturaleza.
- ¿Agronomía?
- Veterinaria, seguramente.
- Me dijo tu padre que sos amante de las aves exóti­cas.
- ¡De todo bicho que camine, vuele, nade o se arras­tre!
- ¡Jeje! ¿En serio?
- Sí… Tengo un águila.
- ¡No!
- Se llama Brisa y tiene el nido en el árbol más alto del bosquecito…
- ¡No te puedo creer!
- Me la regaló un amigo de Nona Nilda.
- ¿Tiene zoológico?
- Es ornitólogo. La crió él mismo… ¡Mirá, ahí está!... ¿La ves?
- ¡Qué belleza! Pero, ¿no es peligrosa?
- ¡Para nada! Es buena como el pan… Si se la alimenta bien, no molesta a nadie… - nuestra contemplación del majestuoso vuelo de Brisa se vio interrumpida por la extraña y peligrosa actitud de un vecino con fama de tener sus facultades mentales alteradas - ¡Uh!... ¿Ese loco qué está tratando de hacer?
- Fue a buscar la escopeta. Es cazador… seguro quiere a Brisa en su colección.
- ¡Tengo que salvarla!
- ¡Apurate! ¡Salí por el fondo, que llegás más rá­pido!
- ¡Gracias! – con toda la velocidad de mis piernas, que ciertamente es mucha, tres veces mayor que la de un ser humano normal, corrí al bosque, levanté mi brazo sin detenerme y Brisa aterrizó sobre mi puño - ¡Uff! Espero que este tipo razone… - me di vuelta. El individuo me estaba apuntando.
- Hace varios días que quiero cazar ese águila, ¡vale una fortuna!
- Lamento desilusionarlo… pero tiene dueño.
- ¡Ah, ¿sí?! ¿Vos te pensás que yo te creo? ¿Qué sos? ¿De Greenpeace?
- Soy la propietaria del ave, señor y no voy a permi­tir que la lastime.
- ¿Tenés los papeles? ¡Mostralos!
- Tiene collar de identificación. – contesté hacién­dolo aparecer en el cuello de Brisa – Esto que brilla es la placa y tiene el apellido de mi familia y el teléfono de mi casa. Además, como se trata de una especie en vías de extinción, tiene un chip de segui­miento satelital bajo la piel del cráneo. – el hombre leyó lo escrito en la medalla del collar.
- ¿Kapatelis Prince-Lynch? ¿La casa de la bruja?
- Era  mi bisabuela. – respondí mientras brisa se acomodaba en mi hombro - ¿Alguna prueba más?
- Quiero hablar con tus padres… les compro el águila. Pago el doble de lo que me pidan.
- No está en venta. Es mi mascota.
- Entonces, que esté en una jaula. Si la veo volar de nuevo, la bajo a tiros. – en este punto toda la si­tuación estaba fuera de control. No pude detenerme. Tenía que proteger a Brisa. Avancé sobre el hombre y puse mi dedo índice encima del caño de la escopeta.
- No le tengo miedo, y como dicen mis hermanos, soy muy calentona. – cuando terminé la frase, las partes metálicas del arma estaban al rojo y comenzaban a derretirse, incluso las balas, sin estallar… El hom­bre salió corriendo y en su propia casa descubrió que lo mismo había sucedido con toda su colección de armamento.
- ¡Maldita bruja! ¡Los voy a denunciar! ¡Esto el seguro no me lo cubre!
- Vamos a ver qué es lo que dice, cuando mi padre sea quien presente cargos contra él, por cazador furtivo… - nuevamente solté a Brisa y regresé a casa.

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