El Espejo de Plata


Febrero 8


Querido Diario:

               Las repercusiones de mi segunda salida a la casa de Ian fueron bastante inesperadas y dispa­res.
               Si bien no regresé tan tarde como la vez anterior, lo que cambió las opiniones familiares, fue la presencia de mi hermano Alexis, quien se había quedado con las ganas de verme ese sábado. La escena de celos fraternales me descolocó…
- ¿De dónde venís? – preguntó Alex.
- De la casa de un compañero del colegio…
- ¿Compañero?
- Sí, un compañero.
- A ver si entendí bien. ¿Te fuiste todo el día a la casa de un varón?
- Sí…
- ¿De qué familia es?
- Riccardi…
- No los ubico…
- No son de acá…
- ¡Ah! ¿Cómo fuiste?
- Por la vía mágica. Papá no me quiso llevar…
- ¡O sea, que saliste de casa sin permiso!
- ¡Nada que ver! Mamá sabe y me deja.
- ¡Hmm! ¿Los conoce?
- La vez pasada me acompañó hasta la puerta de casa y se presentó con una disculpa de parte de su familia, porque se nos había hecho muy tarde.
- Pero, ¿de dónde venían?
- De la casa de él, se me hizo corta la tarde y me habían invitado a cenar.
- ¿Y por qué vino la invitación?
- Ian estuvo enfermo y yo le pasé la tarea, o sea que se pudo reincorporar a clases sin atrasarse. Para agradecer las molestias, me invitaron a una cena formal. De gala.
- ¡Ajá! ¿Qué edad tiene ese chico?
- Casi trece.
- Y vos todavía no tenés once…
- ¿Qué me estás queriendo preguntar?
- ¿Te gusta ese chico?
- ¡Estás en “guardabosques”! ¡No lo puedo creer!
- ¡Hhhh!... ¡vení, pichona, vení! – me tomó de los hombros y nos fuimos a sentar en uno de los sillones de dos cuerpos del living - ¿Vos sabés que sos mi nena, no?
- ¡Y vos, mi “hermanote, gandote, gandote”! – le contesté abrazándolo fuerte.
- Estás creciendo a pasos agigantados… sos una seño­rita.
- Eso dicen…
- Y es normal que me ponga un poco…
- ¿Celoso?
- ¡Sí! ¡Soy celoso! ¡Y quiero que me presentes a ese muchacho!
- Bueno… él quiere devolverme la visita mañana mismo.
- ¿Le dijiste a mamá y a papá?
- Todavía no los ví… no me dejaste pasar a saludarlos…
- ¡Ay, tenés razón!
- ¿Cómo se lo tomarán?
- No sé, pero te acompaño…
- ¡Gracias! – primero fuimos al despacho de papá.
- ¡Hola!
- ¡Hola, hija! Llegaste más temprano esta vez, me parece muy bien.
- Es lo que corresponde. – afirmó mi hermano, lo que obligó a nuestro padre a dignarse a levantar la mirada del documento que tenía en las manos y descubrir la presencia de su hijo mayor.
- ¿Por qué venís con Alexis? ¿Qué me estás por pedir?
- Nada, quería decirte que los papás de Ian le dieron permiso para venir mañana a pasar el día… para devol­verme la cortesía…
- ¡Hmm! ¿Lo mandan solo? ¿Sin bichos?
- ¿Bichos? – preguntó Alexis.
- Elfos domésticos… - aclaré por lo bajo.
- Ah…
- Viene solo. Lo trae el chofer del padre.
- ¿A qué hora se piensa ir?
- A la hora que vos consideres adecuada, papá.
- Parece un chico de familia decente, ¿no papá? – presionó mi hermano.
- Sí. Es una excelente familia, de mucho abolengo. Muy buena posición económica. Están mejor que nosotros en el lado de los “normales”.
- ¡Mirá vos! – Alex se quedó con papá, y yo fui a la cocina, donde mamá se tomaba su té con hierbas, antes de acostarse.
- ¡Llegaste!
- Sí…
- ¡Ay, contame! ¡¿Cómo te fue?!
- Muy bien. Me agradecieron los remedios caseros, anduvimos a caballo y en bote, después el señor Ric­cardi le dejó dinero a Ian y nos mandó de shopping.
- ¡Qué bárbaro! ¿Y cómo vas a retribuir las amabilida­des?
- Mañana lo recibo en casa… si no te molesta…
- ¡Pero qué me va a molestar, si es un tesoro ese chico!
- ¡Gracias! ¡Te aviso! Alex está celosísimo…
- Me imagino… sos la luz de sus ojos…
- Ya lo sé…
- Bueno, ¿de la comida se va a ocupar Gloomie o papá hace asado?
- ¡Nada de bichos, y menos si hay visitas! – apareció papá por la entrada de la cocina - ¡Cocino yo y punto!
- Bueno… Está todo dicho… ¡Me voy a dormir!
- ¡Que descanses, hija! – subí las escaleras co­rriendo, conmocionada y con la sensación de que eso apenas estaba empezando.
             Para tratarse de un domingo, me levanté temprano. Me di un baño de inmersión, revisé mi tarea y bajé a saludar a la familia, antes de que se disper­saran. Cuando papá y mamá salieron a comprar cosas para el desayuno, subí de nuevo al dormitorio y encon­tré mi varita flotando en posición vertical, con el extremo superior brillando como si tuviera un dia­mante, y la voz de Ian resonando con claridad.
- “¡Marijazmín!”
- ¡Ian!
- “¡Necesito hablar urgente con vos!”
- ¿Pasó algo?
- “Escuché una conversación… Bueno, no lo hice a propósito, ¡juro que fue un accidente!... la gente que se reunió con mi papá… habló de una operación ilegal con animales mágicos... papá estaría ofreciéndoles los trenes solidarios para pasar las criaturas por tierra mortal…”
- ¡Ay, Dios! Bueno, tranquilízate y venite para casa, ya. Estoy sola por una hora, así que me vas a poder contar bien.
- ¡Listo! En cinco minutos llego.
- Te espero. – tomé la varita y la guardé en el cajón del escritorio - ¡Gloomie!
- ¿Señorita Kapatelis?
- Prepará un té con hierbas tranquilizantes y suero de la verdad. Después prendé la computadora y abrí el programa mágico de grabadora de pensamientos.
- ¡De inmediato, señorita Kapatelis! – mi elfo se puso a trabajar y yo fui a esperar a Ian a la puerta de casa.
- ¡Hola!
- ¡Marijazmín! – me abrazó temblando y casi llorando, caminó conmigo hasta el comedor.
- Tratá de calmarte…
- ¡No puedo!... ¡Te juro que no puedo!...
- ¡Sentate! – dije cuando llegamos al living - ¡Gloo­mie!
- El té que pidió, señorita Kapatelis.
- ¡Gracias, Gloomie! – le acerqué la taza a Ian y se la coloqué entre las manos, que aún le temblaban – Tomate esto. Te vas a sentir mejor.
- Bueno… confío en vos… ¡Hmm!... ¡Es muy rico!
- Sí, las recetas de mi Nona Nilda son efectivas y deliciosas.
- Ya veo…
- ¿Estás mejor?
- Sí…
- ¿Cómo fue?
- Tuve que ir al escritorio a buscar los mapas para traértelos. Todavía no me había cambiado de ropa… Y sabés que no me llevo bien con los ruedos de las túnicas. Me faltaba un papel y supuse que lo tenía mi papá en la biblioteca, así que hice sonar la campana para que me dejaran pasar. Recuperé el documento y salí tan apurado que cuando cerré la puerta… ¡me quedé enganchado! La punta más larga de la túnica se trabó con la puerta y no podía salir.
- Ahí fue donde escuchaste todo eso…
- Sí… Y no podía usar magia porque estaba el veedor del Ministerio y el Subsecretario de Minoridad Mágica…
- ¡Totalmente comprensible!... ¡Gloomie, por favor, ¿podrías alcanzarme mi laptop?!
- ¡Desde luego que sí, señorita Kapatelis!
- ¿Tenés una laptop mágica?
- No. Es una computadora portátil común, con acceso a Internet del reino mortal. Los programas son mágicos.
- ¡Ajá!
- Y si reemplazás una de las antenas del router por una varita mágica, ¡tenés Internet Mágica!
- ¡Wow! ¡Estás más al día de lo que yo creía!
- En algunas cosas, no en todo.
- ¿Por qué te vestís con esa ropa tan fea? Ese no es tu peinado habitual…
- Mamá…
- ¡No me digas que compite con vos!
- ¡Esperá a verla cuando vuelva! Nada que ver a lo que te mostró la vez pasada. Estaba en bata. Ahora va a venir con ropa deportiva…
- Su computadora, señorita Kapatelis… y la nueva varita que le trajo Brisa esta mañana.
- ¡Excelente! Colocala en el router en el lugar de la antena que falta.
- Sí, señorita Kapatelis.
- Tratás a la servidumbre con demasiada amabilidad…
- No me parece… creo que es el trato que se merece…
- Viktor se derrite por atenderte, cualquier día de estos, pide el pase para tu familia…
- Eso sonó a celos…
- Y… puede ser… él también me crió a mí… pero a dife­rencia tuya, yo crecí con gente que los discrimina…
- Entiendo… contame un poco más de lo de anoche… - dije mientras abría la máquina y activaba la grabadora de pensamientos.
- Lo que entendí de toda la conversación es que ya concretaron la operación más grande del año. Destina­ron la mitad de los vagones del tren solidario para llevar huevos y pichones de aves mágicas, en especial, aguiluchos gigantes y venderlos en África. Cobraron en barras de oro y le trajeron su parte a mi papá.
- ¡Qué horror!
- Luego papá les advirtió de tus primas… dijeron que robarían material original para firmar los documentos. Que no era un problema grave… y que están preparando magos para infiltrarlos en la política de los morta­les. Quieren ganar las elecciones en varios países… van a tomar el mundo lentamente.
- ¡Terrible! Y encima legal…
- Viktor me vio en ese momento y me liberó.
- O sea, que tu padre no tiene idea de todo lo que te enteraste.
- Eso espero.
- ¿Estás más tranquilo, ahora que te desahogaste?
- ¡Ay, si!
- Bueno… ya mandé un mensaje a mis primas… Vení, te voy a mostrar la camionetita… Está en el parque.
- No la veo…
- ¡Ahora sí! – con un movimiento de mi varita, el vehículo destelló.
- ¡Fantástica!
- ¡Subamos!
- ¡Dale! – entramos a la combi y el asombro de Ian se hizo notar aún más.
- ¡Increíble! ¡Es un verdadero hospital en miniatura! ¡Completísimo! ¡Vas a hacer un trabajo excelente!
- Es lo que quiero.
- Con esto me doy una idea de lo que hay que hacerle a mi bus.
- Justamente por eso quise mostrártela. Y nos van a venir bárbaras las vacaciones de verano.
- Sobre todo por la cantidad de tiempo libre que nos queda, ¡como nunca nos llevamos ninguna materia!
- ¡Cierto! ¿Tomamos un te?
- ¿Otro más?
- ¡Completo! Facturas, tostadas, dulce de leche casero… ¡lo que te guste!
- ¡Qué difícil es decir que no a una oferta como esa!
- ¡Ja, ja! – la risa se me cayó cuando entramos al comedor y lo vi a Alexis.
- Buenos días. – saludó con seriedad.
- ¡Hola, Alex! Él es Ian. Ian, mi hermano mayor, Alexis.
- Mucho gusto. – muy formal, Ian le dio la mano, lo cual le dejó una impresión importante a mi hermano.
-¡Encantado de conocerte, me han hablado muy bien de vos! ¿Van a desayunar, chicos?
- Sí, ¿nos acompañás?
- ¡Claro! – los tres nos fuimos a la mesa. Mamá y papá se nos unieron diez minutos después. Ian, para saludar a mi madre que se había cambiado de ropa antes de verlo siquiera y hasta se había maquillado como para una fiesta en el Palacio Real de España, hizo aparecer un ramo de orquídeas, hechizo para el cual había pedido permiso a su padre.
- ¡Qué belleza! – suspiró mamá, un poco asustada.
- Merecida, por cierto, señora Kapatelis.
- Muy galante, caballerito. ¿Cómo es tu nombre? – preguntó papá.
- Ian Fabrizzio Riccardi, para servirle, señor Kapate­lis.
- ¿Familia Italiana?
- Sí, señor.
- Me imagino que debés ser un buen estudiante, para ser amigo de mi hija. Ella tiene el cociente intelec­tual más alto del país, no sé si estabas al tanto de eso.
- Desde luego.
- ¿Vas a alguna escuela secundaria “normal”?
- Estamos eligiendo. Me gustaría poder seguir una carrera humanística, como Derecho o Arquitectura.
- Yo soy arquitecto, ¿sabías?
- No estaba enterado, Marijazmín no me lo comentó. Es muy discreta respecto a lo que esté relacionado con su familia. Un apellido tan importante… es una gran responsabilidad para ella.
- O sea, que mi querida hermanita es una celebridad… - comentó Alex.
- No sólo por su origen… lo es  por sus propios méri­tos. – respondió Ian, y yo me quería meter debajo de las baldosas… A papá no le gustó mucho tanto halago por parte de un chico y en su propia casa. Pero las flores hicieron lo suyo, hay que admitirlo.
     Al levantarnos de la mesa, recorrimos la casa. Fuimos al invernadero, tomamos un poco de sol, y ayudamos a mi papá con el fuego para el asado.
- ¿Te gustan los trabajos manuales? – preguntó mi padre.
-  Sí, mucho. – respondió Ian, sin dejar de cortar pequeños troncos y apilarlos a un costado de la parri­lla.
- Se nota. Por tu forma de cortar la leña.
- Me entretengo mucho haciendo cosas de madera.
- ¿Sos artesano?
- Es un hobby.
- ¡Mirá vos! Bueno Marijazmín, andá a la cocina, empezá a traer la carne y poné la ensalada en la heladera.
- Sí, papá. – si hay algo que saben hacer demasiado bien los Kapatelis es buscar buenas excusas para conseguir privacidad. Y su sentido del secretismo es inigualable. Hasta el día de hoy, nunca supe que se dijeron esa mañana en la parrilla, mi papá y mi “amigo”. Sí me quedó claro, que fue una charla de hombre a hombre. Y no sé si algún día se develará el misterio.
              La mesa estuvo tendida en la galería del patio, una hora después, y por si todo lo que Ian estaba pasando fuera poco, al almuerzo de domingo “en familia” se sumaron mi único hermano soltero, y su noviecita de turno, María Alicia, lo que se conoce como una “concheta” recalcitrante.
- ¿Así que vos vas al colegio con mi hermana? – pre­guntó él, mientras papá le servía la carne.
- Sí, pero no estamos siempre en el mismo curso. Sólo en algunas materias y los deportes extra escolares.
- ¿Ah, sí? ¿Cuáles? – preguntó María Alicia.
- ¡Esgrima y Equitación! – exclamé antes de que Ian metiera la pata.
- ¡Wow! ¡Re cool! ¡Ese colegio debe ser carísimo!
- Bastante, pero me consta que todo se invierte en comodidades para los estudiantes. – aseguró papá, para darse un poco de importancia delante de la “nuera”.
- ¿Por ejemplo? – y ahí las descripciones las tuve que hacer yo, ya que ni mamá, ni papá, jamás tuvieron la más mínima idea ni siquiera del aspecto exterior del colegio.
- Es un internado, para empezar. Estamos de lunes a viernes, salimos los fines de semana. Te puedo asegu­rar que el lugar es de ensueño.
- ¿En dónde queda?
- En el sur. Tres mil kilómetros de acá, más o menos. Un día entero de viaje por tierra o tres horas y cuarto de vuelo. Tenemos transporte exclusivo del colegio. Es un palacio. Todas las habitaciones, in­cluso las compartidas, tienen camas con dosel, televi­sión de alta definición, aire acondicionado y en invierno, hogares a leña.
- ¡Qué romántico! – suspiró mi cuñada – Una mezcla de lo actual con lo “vintage”.
- Sí, sí. Las aulas son como las de las universidades en Estados Unidos, tienen forma de anfiteatro. El parque es inmenso, tiene lagos naturales, se puede practicar remo… en fin.
- Tus viejos, con “la nena”, no reparan en gastos…
- La verdad es que la malcriamos bastante.
- Me dijo Nico, que ese colegio es una tradición familiar…
- ¡Solamente van los miembros de la familia con más de ciento cuarenta puntos de coeficiente intelectual! – se apuró a aclarar papá. Por supuesto, ya todos nos habíamos dado cuenta de que la “candidata” tenía menos luces que un árbol de Navidad entre judíos.
- ¡Ah, o sea, que es un colegio para “nerds”!
- Eso no tiene nada que ver. Podés ser extremadamente inteligente, como es nuestro caso, y que no te guste estudiar… - comenté, volviendo a llenar mi plato.
- ¡Hija, no comas tanto! – me retó mamá.
- Doña Nere, hoy es domingo, ¡déjela disfrutar! Mañana lunes, vuelve al colegio y a los deportes.
- ¡Y a los exámenes! – recordé.
- ¿Ya? – preguntó Alexis.
- Sí, porque a los torneos de fin de año, se suman los intercolegiales que se hacen cada cuatro años, hay que hospedar a las delegaciones, por eso adelantan todo. Compiten los chicos de tercero para arriba.
- ¿Y los que reprueban? – preguntó Nico.
- ¡Se lo pierden! – exclamamos Ian y yo a coro.
- Vos, Ian, ¿en dónde vivís? – preguntó la novia de mi hermano.
- En las lomas de San Isidro.
- ¡Tenés un montón de viaje!
- Bastante, pero como me llevan y me traen, no tengo problemas. Duermo todo el trayecto y hoy voy directo al colegio, sin pasar por casa.
- Debe ser cómodo el coche…
- Es grande.
- Ian tiene una limousine de casi treinta metros… - comentó mamá, más para presumir de lo que nos espera­ría en el futuro, que para competir con las ínfulas de María Alicia.
- ¡Ah, bueno!
-  Vive en un caserón con parque, que es una locura. Tiene caballos…
- ¿Y Marijazmín no tiene?
- En el colegio… de chiquita tuve un pony, pero era un capricho. Lo vendimos. Tal vez el año que viene, la idea sea comprar un buen caballo de salto… pierdo mucho training durante las vacaciones. – la envidia empezaba a teñir de verde la cara de mi “futura cu­ñada”.
               La batería de preguntas acerca de lo que se tenía o no se tenía en cada casa llegó hasta los postres. Con Ian, nos ofrecimos a lavar los pla­tos, para cortar esa conversación que ya nos estaba fastidiando demasiado.
- ¡Uff! ¡Por fin un poco de paz! – suspiré - ¡Son insoportables! ¡Y encima faltan cinco más, que hoy gracias al cielo no vinieron!
- Te compadezco.
- ¡Gloomie!
- ¿Señorita Kapatelis? – mi elfo doméstico apareció de la nada.
- Hacete cargo de la cocina. Después mandá un mensaje a mis primas para que se den una vuelta por casa en un rato.
- Sí, señorita Kapatelis.
- ¡Listo!
- ¿Vemos el itinerario del mini hospital?
- Sí, así ganamos tiempo. – hasta en la cocina tenemos PC. Desde allí usamos un mapa satelital – Mirá…
- Esas son zonas en las que se está por debajo del límite entre pobreza y miseria en Buenos Aires.
- Hay muchos lugares peligrosos… las villas de emer­gencia siempre están regenteadas por un brazo armado que suele confiscar un buen porcentaje de las ayudas que llegan desde el reino mortal.
- ¿Estuviste investigando?
- Sí… lamentablemente para ellos.
- Mi papá también me cuenta cosas por el estilo. Dice que hay que sobornar mucho para que las cosas lleguen a los hospitales y no siempre se logra sin magia.
- Ese es el punto… Acá hay algo en lo que quiero que te fijes… Esas son imágenes de lo que sucede cuando llegan los camiones de la ONU…
- ¡Ah, pero directamente los vandalizan!
- Vos lo dijiste.
- Hay que usar mucha fuerza física y poner en riesgo más vidas inútilmente, o mucha magia ilegal y meternos en problemas con el Ministerio…
- ¡También inútilmente! Por eso nosotros vamos a coordinar y a hacer papeles. El resto va a estar en manos de brujos y hechiceras mayores de edad.
- ¡Inteligente!
- Hay una convocatoria abierta en el reino mágico, para sanadores y docentes.
- ¿Docentes?
- Vamos a incluir educación en cuanto lo creamos necesario. Es la única forma que se me ocurrió para detectar magos…
- Claro… No lo tuve en cuenta… ¿Te parece que mi bus se podría usar como escuela? Hay espacio para dos aulas…
- ¡Genial! Pero hay tiempo… además, por lo general, los chicos de estas regiones, si bien están mal ali­mentados y médicamente desatendidos, van a colegios del estado.
- ¡Hmmm! Bueno… ya se limpió todo… deberíamos salir…
- Sí. Ahí viene mi hermano Alexis a vigilar…
- ¡Qué celoso!
- Por suerte, es él solo. ¡Imaginate si fueran así los siete!
- ¡Uhhh!
- Necesito estirar las piernas… me estoy empezando a hinchar…
- ¿Esgrima al aire libre?
- ¡Buena idea! – en su maletín, Ian había traído todo lo que pensó que podríamos llegar a necesitar, lo cual incluía vestimenta y floretes. Mamá y papá nos obser­varon desde la glorieta.
            Para cuando terminamos, Irina y Elektra habían llegado y nos esperaban arriba.
- Deberías poner un ascensor… sobre todo, si estás cansada… esta escalera es muy empinada…  - jadeó Ian, en el último escalón.
- Está planeado… lo que no sé, es cuándo lo vamos a comprar.
- ¡Espero que sea pronto!
- ¡Dale, flojo! ¡Pasá! – abrí la puerta del dormitorio - ¡Hola!
- ¡Buenas tardes, Marijazmín! – saludó Irina.
- Chicas, les presento a mi amigo Ian… Elektra… Irina…
- Es un placer conocerlas.
- ¡Igualmente! – respondió Irina.
- ¿Están tus padres? – preguntó Elektra.
- Lamentablemente, sí.
- Si la señorita Kapatelis no se ofende,  - interrum­pió Gloomie – Gloomie puede ofrecer su casa para la reunión…
- ¡Excelente, Gloomie! ¿Qué sería de mí sin vos? Después que no me pregunten por qué trato así a mi servicio… - caminé hacia el intercomunicador que estaba instalado en mi escritorio - ¿Papá?
- “Sí, hija. ¿Qué pasa?”
- Vinieron Irina y Elektra. Vamos a ir a dar una vuelta.
- “Volvé temprano, cenamos a las nueve.”
- Seremos puntuales, como siempre.
- “Las chicas están invitadas.”
- ¡Gracias!
- Tu padre está de buen humor. – dijo Irina, sin salir de su asombro.
- Ian le cayó muy bien, por cierto. – comenté mientras cruzábamos el espejo.
- Como para que no suceda… - deslizó Elektra - ¡Es un encanto!
- ¡Gracias! – Ian estaba rojo hasta la raíz de los cabellos.
              La casita de Gloomie era pequeña y cálida, de estilo colonial, con un hermoso jardín al frente y varias habitaciones. Nos instalamos en el comedor, en donde en el acto se sirvió la mesa para el té.
- Nos preocupó tu mensaje, Marijazmín. La situación es bastante compleja. Tendrás que dialogar con el Primer Ministro antes de que podamos actuar.
- Eso supuse, Ele… ¿Qué se puede hacer? No hay manera de comprobar acciones ilegales, si los documentos son auténticos.
- Con un seguimiento, sí se podría empezar. Pero dependemos de las autoridades, tanto como ustedes.
- ¿Le van a hacer algo a mi papá? – se preocupó Ian.
- No nos está permitido. Sólo seremos un puente. Una herramienta de la ley. – aclaró Irina.
- Es muy triste enterarse de que la persona que uno toma como ejemplo de vida, no es otra cosa que un delincuente sin escrúpulos. – los ojos de Ian se llenaron de lágrimas.
- Cierto. Cualquier palabra que digamos no te va a servir de consuelo, pero haremos lo que esté a nuestro alcance para que vos y el resto de tu familia salgan indemnes. – dijo Elektra, secándole las mejillas.
- ¿Vemos lo del mini hospital? – interrumpí, comién­dome los celos.
- ¡A eso vinimos! – me secundó Irina - ¿Cuándo vamos a empezar?
- Tenemos todo el verano. – respondí mientras desple­gaba mi laptop – Elegimos siete puntos principales para atender a la gente. Una cada día de la semana.
- ¡Ajá!... En todos esos lugares, nos vamos a camu­flar, ¿verdad?
- Yo me animaría a decir que sólo van a ser necesarias esas medidas si se observan niveles altos de hostili­dad – explicó Elektra.
- Entonces, antes de salir, deberíamos monitorear el territorio, para estar prevenidos…
- Ian tiene razón. Vamos a estar atentos a los infor­mativos del reino mortal.
- Es lo más sensato que pueden hacer, chicos. – con­cluyó Elektra.
- ¿Tenés algún dato acerca de lo que podemos llegar a encontrar?
- Acá tengo imágenes… videos… satélite… y satélite mágico…
- ¿Con eso alcanza?
- ¡Hmmm!... – Irina examinó lo que tenía ante sus ojos. Su hermana hizo lo mismo. Se miraron – Vamos a necesitar nutricionistas, pediatras, neurocirujanos, obstetras… ¡un equipo médico completo!
- Cuando lo tengan, envíen un mensaje con las fichas técnicas. Informaré al Primer Ministro acerca de nuestros progresos una vez a la semana a partir de hoy.
- ¡Excelente! – exclamaron las dos Veelas.
- ¿Cómo estás de provisiones medicinales? – preguntó Elektra.
- Lissa es la que se ocupa de eso.
- Que te haga un resumen de todo lo que hay, por favor.
- Le digo, ni bien la vea.
- Me quedé pensando en el problema de Ian. – comentó Irina, mientras tomábamos la merienda – Tengo la sensación de que todo esto no es más que la punta del Iceberg.
- Sí, yo también… -  confirmó Elektra -  Hay  una manera de averiguar en dónde está el fondo de este pozo de Magia Oscura…
- ¿Laureen Lynch? – pregunté como por azar.
- ¿Qué comes, que adivinas, querida prima?
- Nada, sólo me dio por preguntar… y no creo que haya problemas a la hora de solicitar su ayuda. No es la primera vez que lo hago.
- Bien. Una preocupación menos. – la tarde de planifi­cación fue, a todas luces, fructífera. Por la noche, regresamos a casa a cenar, y como el buen humor seguía reinando, cocinaron mis primas. Papá quedó más que satisfecho.
             Charlamos de sobremesa, hasta que la limousine vino a buscar a Ian. Fue un fin de semana inolvidable.

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