El Espejo de Plata
IX – El colegio de los Hechiceros
Enero 15
Querido Diario:
La verdadera vida empezó ese primero
de marzo. La llegada al reino mágico estaba bastante concurrida. Casi todos los
estudiantes de Sparkle iban con sus padres, así que me sentí un poco sola, ya
que Gloomie fue directamente a la cocina del colegio, no sin antes dejarme mi
carrito con las cosas y ponerme el uniforme con un pase mágico.
Un grupo de chicas rubias muy presumidas
me empezó a mirar y al rato se me acercó.
-
¡Hola! Mi nombre es Vanessa Shaw. Estoy en segundo de la casa Schroeder, ¿cómo
te llamás?
-
¡Mucho gusto! Soy Marijazmín Kapatelis.
-
¡¿Kapatelis?! – preguntaron las tres al mismo tiempo.
-
Es un apellido famoso… - empecé a decir, sin entender el gesto de las otras
estudiantes.
-
¡Famoso! ¡Ay, mi vida, qué modestia la tuya! Es un apellido noble, de hecho
Yorgo Kapatelis fue uno de los cinco fundadores del colegio y por eso una de
las casas lleva su nombre.
-
¡No tenía idea! Me crié con semimortales…
-
¡Ay, pobrecita, qué horror! Vení, te presento a mis amigas Lydia Summers y
Jacinta Kluster.
-
¡Mucho gusto! – las tres empezaron a observarme con más detenimiento.
-
¡Hmmm! ¡Túnica recién estrenada! ¡Huele a nuevo! Nada mal para una novata que
creció entre… inferiores… ¡Vean la abotonadura del chaleco! Derecha,
Kapatelis, izquierda, Lynch. Ella es…
-
¡La bisnieta de Nilda Lynch! – completé la frase sintiéndome sumamente incómoda
y segura de que no me creyeron. De hecho, lo que pensaban decir era que yo era
tan pobre que juntaba los botones que tiraban los estudiantes de otras casas,
porque no me alcanzaba la plata para los nuevos.
-
Una excelente directora, por cierto, mis hermanas la conocieron, una pena que
su familia haya resultado tan… defectuosa. Pero no te preocupes, sos de su
raza, la representarás muy bien, contando con que te esfuerces lo suficiente.
Leí en algún lugar que las Veelas son un poco… lentas… como quedadas… no se
caracterizan por aprender rápido. – las tres muchachas se rieron en mi cara de
mi raza y de mi familia. Fue lo único que empañó mi ingreso al colegio. Sin
perder la calma, me aproximé a los carruajes que debían llevarnos al palacio
Sparkle. Nona Nilda me había dicho que a cada estudiante se le asignaba un
pegaso, pero eso era en sus tiempos de estudiante. Como hubo una cruenta
matanza de criaturas mágicas, antes de que ella asumiera su cargo, se tuvieron
que emplear carruajes como el que estaba frente a mí en ese momento. Sin que
ellas me perdieran de vista, subí con
paso rápido al más cercano de los vehículos. Sólo lo ocupaba una chica morena
de cabellos rizados y ojos verdes.
-
¡Hola! ¿Te molesta si me siento aquí?
-
Para nada. Me llamo Lissa.
-
Encantada. Soy Marijazmín.
-
¡Qué nombre raro!
-
Me lo puso mi hermano mayor.
-
Mirá vos… Kapatelis… Lynch… ¿Veela?
-
¡Veela!
-
Mi mamá me cuenta muchas cosas acerca de las Veelas… pero nunca me imaginé que
algún día conocería una.
-
¡Jajá! Bueno… todavía no desarrollo todos los poderes…
-
Entiendo. ¿Tuviste problemas con las de Shroeder?
-
Son un poco creídas, pero nada que no pueda arreglar una vez que perfeccione
mi uso de la varita.
-
¿Sos vengativa?
-
Si me buscan, me encuentran. Y si me encuentran, lo mejor que pueden hacer es
correr rápido y lejos.
-
Me queda claro, ¡no hay que hacerte enojar!
-
¡Wow! ¡Lo que es ese paisaje! ¡Asomate! – le dije, contemplando los Hielos
Continentales.
-
Tenés razón, ¡es hermoso!... igual que los pegasos… ¡Me encantan las criaturas
mágicas! ¿A vos?
-
También… tengo mi propio elfo doméstico y un huevo de fénix.
-
¡Impresionante!
-
Contame de vos…
-
Soy huérfana de padre, me crió mi madrina, porque mi mamá trabaja todo el día.
De hecho, en el colegio estoy becada, así que me tengo que poner media pila
para mantenerme adentro.
-
¡Ah! ¿Tenés hermanos?
-
Una. Ya egresó.
-
Yo tengo siete, todos varones, de los cuales rescato sólo a uno, el mayor de
todos. No se casó, hasta que yo dejé de necesitar pañales y aún casado y con su
primer hijito recién nacido, se siguió ocupando de mí hasta que estuve en la
mitad de la primaria.
-
No me imagino a un varón haciendo de niñera…
-
Bueno, en realidad ayudaba a mi bisabuela en mi crianza.
-
¿Tus padres?
-
No me dan bolilla… semimortales.
-
¡Qué garrón!
-
¡Decímelo a mí!
-
¿Sabés hacer magia?
-
Aprendí mirando a mi bisabuela, pero me cuido bien de no usar y abusar en casa.
-
Claro… casi llegamos. Allá se ve el Palacio de los Icebergs.
-
Es como me lo describió mi Nona Nilda… ¡Y más!
-
Lo que se diga es poco… ¿en qué casa te gustaría estar?
-
No las conozco. Hablame de eso. Hay muchas cosas que mi Nona Nilda no llegó a
contarme.
-
Bueno. Es así: el alumnado se organiza en cinco casas, que serían como las
divisiones en los colegios secundarios mortales.
-
Hasta ahí, vamos bien… mortales, división, brujos, casas.
-
Los nombres de las casas son los apellidos de los fundadores del colegio.
-
¡Cuántas similitudes con Harry Potter! ¡Me los sé de memoria!
-
Hay rumores de que la autora es bruja… pero no hay pruebas de eso.
-
Ajá… algo escuché, también se cree que pudo haberse infiltrado en el reino
mágico. Es una suerte que los mortales no vean más allá de sus narices.
-
¡Si, ¿no?!
-
Bueno, contame.
-
Ok… Laureen Lynch, Paolo de L’Aquila, Blad Shroeder, Keinjiro Tanaka, y Yorgo Kapatelis.
-
Tengo ascendencia directa de dos de ellos. Lynch y Kapatelis.
-
¡Wow! Pensé que tenías familiares que fueron de las dos casas… por la
abotonadura de tu capa.
-
Cierto… hablame de las casas.
-
Sí, mirá, las casas se identifican con Blasones y cada uno habla de las
virtudes que suelen tener sus integrantes. Los Lynch tienen Fénixes en el
escudo de armas y se los identifica porque son hábiles y valientes, de corazón
afectuoso, sabios y muy buenos líderes. Los De L’Aquila, como resulta obvio,
tienen águilas en el escudo. Son personas de mucha fe en sí mismas, gran
sabiduría y amor a los animales. Los Shroeder se identifican con un pegaso, son
gente honorable y hacen de la amistad un culto, son equilibrados, creativos y
de mente abierta, vas a encontrar a muchos confraternizando con mortales, y con
criaturas mágicas. Los Tanaka, con un elfo del bosque en el escudo, tienen
mucho coraje, fe y valentía, son los más educados y ambiciosos. Los Kapatelis,
como ves en tu uniforme, tienen un hipogrifo en el escudo y son los que mejor
le caben al dicho “más vale maña que fuerza”, gente afectuosa y de asumir y
aceptar cada circunstancia y aprender de ella.
-
Va a ser difícil elegir la mía. Por lo que solía decir mi Nona Nilda, tengo un
poquito de todo eso.
-
Cuando se encuentran con alguien así, lo seleccionan por las habilidades que
detectan los profesores al ingresar, muy bien no sé cómo hacen, así que habrá
que esperar.
-
Eso parece.
-
Estamos aterrizando y hay mucho viento.
-
A ponerse las capas, entonces.
-
Sisí. – bajamos del carruaje y caminamos hasta las puertas del palacio.
Imponente, de estilo gótico, con muchas estatuas y piezas de mármol tan blanco
que parecía de hielo. Allí nos esperaba la Vicedirectora, para guiarnos por un
pasillo largo hasta la entrada del salón de actos. Como tratando de calmar mi
ansiedad, saqué el relicario de Nona Nilda.
- ¡Ya estás dentro!
-
¡Sí, y muy nerviosa, Nona!
- No pierdas la calma. Todo
saldrá perfecto y estaré orgullosa de ti.
-¡Gracias, Nona
Nilda!... Ojalá todo fuera así de facil…
- Siempre fuiste una niña muy ansiosa respecto a lo nuevo y
desconocido. Ya podrás controlar eso. El colegio cuenta con asesores
espirituales que te serán muy útiles.
- Si vos lo decís…
- Yo di mi aprobación para que así fuera.
- ¡Esa es mi Nona! – cerré el
retrato y esperé a que el resto de los estudiantes se terminara de formar ante
las puertas de roble. A los lados había dos grandes ventanas por las que se
podía ver el salón, que estaba repleto.
Cinco diferentes sectores con pequeñas
mesas para cuatro personas cada uno, las cuales estaban ordenadas
primorosamente, formando una estrella de cinco puntas, una figura geométrica a
la que tuve que acostumbrarme, porque formaba parte de todo. En medio quedaba
la mesa principal que se elevaba en el aire cada vez que el rector debía
dirigirse a los estudiantes.
Las mesas tenían el color que identificaba
a las casas y los escudos estaban bordados en el centro de los manteles. Todo
estaba iluminado por descomunales arañas con velas que no se consumían nunca, y
en lugar de levitar, como leí en el libro de Harry Potter, eran sostenidas por
hadas.
Los elfos domésticos iban de una punta
a la otra con platos, cubiertos y copas. Estiré el cuello lo más que pude,
tratando de ver a Gloomie, pero fue imposible identificarlo. Todos se veían
exactamente iguales.
Otra cosa que pude reconocer desde
donde estaba fueron los diseños en el piso de mármol blanco. En los diferentes
sectores, estaba dibujada la criatura mágica propia de cada casa: Lynch tenía
el ave Fénix, De L’Aquila, un águila gigante; Shroeder, un pegaso negro;
Tanaka, un elfo del bosque y Kapatelis, un hipogrifo. El mismo motivo se
repetía en los respaldos de cada silla.
Había una curiosidad que tenía que
ver con los uniformes. Cada casa tenía su color de chaleco o pantalón, cosa que
entre los que estábamos afuera no sucedía. Me preguntaba en ese momento, si
luego tendría que comprarme un chaleco del color de la casa a la que me
asignaran, en cualquier caso, lo enviaría a Gloomie.
Podíamos saber también en qué curso
estaba cada alumno, por un detalle en los uniformes: la cantidad de años que
llevaban cursados era igual a la de guardas que tenían bordadas en los puños de
las túnicas y/o chaquetillas.
Quedaba poco tiempo para el inicio
de la ceremonia, los docentes se ubicaron en sus lugares de la mesa central. De
pronto, los cristales de las ventanas desaparecieron, y el rector se puso de pie.
- ¡Muy buenas noches, mis bienamados
estudiantes! – comenzó a decir, abriendo los brazos - ¡Sean todos bienvenidos
al Colegio Sparkle para Hechiceros y Brujas! Este año nos sentimos más felices
que el anterior de tenerlos nuevamente en estas humildes instalaciones. Para
los pequeños nuevos estudiantes, me presento: mi nombre es Sigfrid Adalbert
Luke Mc Cleod y soy el rector de esta tradicional institución. Hace nueve años
que ocupo el cargo y aún no me acostumbro a él, de modo que no me molesta que
me llamen por mi nombre de pila, al contrario, me sentiré feliz de que así lo
hagan siempre. Antes de comenzar con la cena, vamos a proceder a posicionar a
los noveles estudiantes en sus respectivas casas, para lo cual voy a solicitar
la amable colaboración del personal docente, aquí presente. Adelante, por
favor. – el rector dio un paso atrás y la primera de las profesoras, que para
mi sorpresa, resultó ser una Veela, se puso de pie, se quitó el sombrero, y
tomó el lugar del rector.
- ¡Muy buenas noches! Mi
nombre es Samantha Fletcher, estoy al frente de la casa Lynch, y voy a explicar
brevemente el procedimiento de selección. Cada uno de los estudiantes, al
escuchar su nombre, ingresará al salón. En ese mismo instante, en el punto
medio de la estrella que ven en el piso, se materializará un arco dorado bajo
el cual habrá de caminar. Al atravesarlo, su uniforme cambiará al color de la
casa para la que habrá sido seleccionado: Lynch, rojo, diestros en el uso de la
varita; De L’Aquila, azul, expertos en vuelo acrobático y levitación; Shroeder,
verde, genios de la herboristería y el arte de las pociones; Tanaka, naranja,
inspirados para los encantamientos y la magia no verbal; Kapatelis,
violeta, maestros en el difícil arte del
manejo del bastón. – dicho esto, desplegó el extenso pergamino que llevaba en
sus manos – Riccardi, Ian Fabrizzio. – anunció la profesora, y un chico alto,
de pelo castaño y ojos azules, caminó por el pasillo, y ante él apareció la
arcada mágica, coronada por una estrella de cinco puntas. El muchacho se detuvo
a pocos pasos, respiró hondo y pasó por debajo. Sus pantalones, puños de la chaquetilla,
cuello y gorra se volvieron de color violeta.
- ¡KAPATELIS! – anunció el
director.
- Sabater, Horacio. – siguió
la profesora Fletcher. El segundo muchacho en pasar bajo la arcada era de baja
estatura, pelirrojo y rellenito. Sus prendas se volvieron anaranjadas.
- ¡TANAKA!
- Summers, Lydia. – una de
las rubias presumidas pasó la arcada y su chaleco y los puños y escote de la
túnica cambiaron de negro a verde.
- ¡SHROEDER!
- Burns, Jonathan. – otro
muchacho más, muy rubio, casi albino y con ojos azul grisáceos. Su color fue
azul.
- ¡DE L’AQUILA!
- Giommini, Lissa. – mi nueva
amiga, con las manos fuertemente apretadas, avanzó. Su chaleco se puso rojo.
- ¡LYNCH! – después de varios
alumnos más de todas las casas, casi en último término, me llamaron.
- ¡Kapatelis Prince-Lynch,
Marijazmín! – el momento había llegado, mi incertidumbre crecía con cada paso
que daba. La gran arcada destelló y todos los colores del arcoíris recorrieron
centímetro a centímetro el metal originariamente dorado. El retrato de Nona
Nilda se abrió por sí solo y claramente escuché su voz.
- “¡Maneja la varita como pocos magos, es inteligente y
prudente, experta en pociones y encantamientos, es veloz y de buenos reflejos,
muy peligrosa en un duelo! ¡Veela por herencia, su casa debe ser la de su rama
materna!” –
y así, con la influencia de mi bisabuela, pasé por la arcada de selección, y el
resultado fue… rojo.
- ¡LYNCH! – respiré aliviada
y fui a sentarme junto a Lissa.
- Tardaste varios minutos en
salir, ¿qué pasó? – preguntó ella.
- ¿De veras? Ni me di cuenta…
fue como si el tiempo se hubiese detenido…
-¡Qué raro!
- Le voy a preguntar sobre
esto al rector.
- Eso va a ser un poco
complicado. – interrumpió una de las chicas más grandes – Primero hay que
redactar una solicitud, enviarla por bandeja flotante y esperar una respuesta.
Si la causa es justificada, te mandan una cita formal, firmada por Sigfrid.
- Tengo una invitación
escrita en puño y letra por el rector, gracias. – el asombro se pintó en la
cara de mi compañera.
La cena dio comienzo en pocos
minutos y para mi sorpresa, Gloomie era el encargado de servir nuestra mesa.
- ¡Buen apetito, amita!
- ¡Gloomie! ¡Se te ve muy
bien!
- ¡Me halaga, señorita
Kapatelis!
- Lissa, te presento a
Gloomie, mi elfo doméstico.
- ¿En serio es tuyo?
- Sí. Hijo de los elfos de mi
bisabuela.
- ¡Qué bien! Es un lujo, hoy
en día.
- Es muy bueno en lo suyo,
realmente estoy muy contenta de tenerlo a mi servicio.
- Se lo ve feliz.
- ¡Gloomie es muy feliz
porque tiene a la mejor amita del mundo! – afirmó mi elfo, mientras nos traía
el siguiente plato.
- ¡Qué suerte la tuya! –
Lissa siguió comiendo.
Cuando todos los estudiantes se retiraron,
Gloomie me acompañó por una compleja serie de pasillos y escaleras, a la
oficina del rector Mc Cleod. Cuando llegamos a destino, la aldaba de la puerta
cobró vida y me habló.
- ¿Apellido?
- Kapatelis Prince-Lynch
- ¿Motivo de su visita?
- Cita enviada por escrito a
mi domicilio del reino mortal.
- Será anunciada. Aguarde, por favor.
- Gracias.
- ¡Por nada! – la extraña criatura, similar a un águila, fue absorbida por
la puerta.
- “La señorita Marijazmín Kapatelis Prince-Lynch.” – se escuchó desde donde yo
estaba.
- ¡Permítele pasar, la estaba
esperando! – nuevamente, la peculiar aldaba se dirigió a mí.
- ¡Adelante! – la gran puerta de roble se abrió y me dejó acceso libre hacia
la oficina del rector. Lo primero que vi en ese lugar fueron los ojos azules de
mi Nona Nilda mirándome desde un enorme retrato, exactamente detrás de la silla
del escritorio central. El profesor Sigfrid Mc Cleod dejó de escribir en cuanto
oyó el crujido de la puerta. Ya nos conocíamos, pero no habíamos sido
presentados. Lo había visto llorar hasta desmayarse, en el funeral de mi nona.
Sólo él y yo habíamos salido en camilla del Palacio de Gobierno esa noche.
- Buenas noches, profesor Mc
Cleod, ¿cómo está su salud?
- Bastante mejor, pequeña, te
lo agradezco… ¿Satisfecha con la selección?
- Mucho, señor.
- Me complace… veo que has
traído el libro y la varita de tu bisabuela, supongo que debe haber algún
motivo especial.
- Estoy cumpliendo con su
última voluntad, por un lado y tomando una precaución, por el otro.
- Explícate mejor.
- Mi tío…
- No me irás a decir que…
- Sí. He perdido ya la cuenta
de la cantidad de veces que ha tratado de quitarme la varita de platino, para
fundir el metal y venderlo.
- ¡¿Cómo se atreve?!
- Me hago la misma pregunta,
créame… por eso mi bisabuela decidió que lo mejor es que quede en sus manos. –
extendí la varita y se la entregué.
- Es una decisión muy
sensata, jovencita. ¿Has recuperado todos tus tesoros?
- Sí, señor. Todo está a buen
resguardo en la bóveda del banco.
- Y… ¿el regalo principal de
la dote de tu madre?
- El… ¿huevo de fénix?
- Tu bisabuela lo incluyó
entre los tesoros que ofreció a la familia Kapatelis, como prenda principal.
- ¡Oh!
- Tradiciones de compromiso…
- Entiendo… ¿Por qué quedó en
la casa de remates?
- Para pagar el hechizo de
sostenimiento de los cimientos de la casa en la que tu familia vive
actualmente.
- ¡Debí suponerlo!
- Has cambiado muchas cosas,
a juzgar por lo que Nilda me comenta a diario.
- Intento hacer que se valore
lo que se tiene en casa.
- Y que tu tío Waldemar y tus
cuñadas vayan a trabajar…
- No les va a quedar otro
remedio… Profesor Mc Cleod…
- Por favor, llámame Sigfrid.
- Sigfrid… sucedió algo muy
extraño con mi selección… tomó varios minutos, según me dicen mis compañeras…
¿por qué yo no lo noté?
- El arco de oro produce una
ruptura espacio-temporal, en el momento en el que una Veela ingresa a él. Eso
se debe a la enorme cantidad de cualidades que hay que evaluar.
- ¡Oh!
- Bien... Voy a dejar la
varita en mi vitrina personal, podrás solicitarla siempre que la necesites.
- Gracias, Sigfrid.
- Puedes irte a descansar,
mañana será un día muy largo.
- Que tenga buenas noches. –
me retiré de la oficina y Gloomie me acompañó a la torre central, en donde se
encuentran los dormitorios de la casa Lynch,
- ¡Cielos!... es… ¿nuevo? –
pregunté asombrada, al ver un enorme retrato de cuerpo entero, en la entrada de
la sala.
- Llegó por la mañana,
señorita Kapatelis.
- No recordaba que la Nona
Nilda fuera tan… señorial…
- No es la señora Nilda,
amita, sino su ancestro, la señora Laureen Lynch.
- La fundadora de la Casa…
- “Muy buena memoria, jovencita.” – respondió la dama del
retrato – La habitación del centro, es la que te corresponde, por tu linaje.
Eres una Lynch.
- ¡Oh, gracias, señora! – le
hice una reverencia y fui a la alcoba que ella me señalara. Y qué hermosa era
esa habitación… una casa completa para mí sola: El recibidor tenía dos estatuas
de mármol negro con la forma de pegasos cuyos ojos era enormes rubíes. El
dormitorio propiamente dicho, además de una cama con dosel y un espejo veélico,
tenía un guardarropa de roble junto al gran ventanal con cortinas de seda de
varios colores, un juego de sillones de cuero, un escritorio amplio y un
perchero. A través del fondo del guardarropa se accedía al cuarto de baño que
siempre destilaba perfumes exóticos y cuya agua cristalina tomaba temperatura
con lava volcánica. Junto al baño, se ubicaban la cocina y la habitación del
servicio, allí debería dormir Gloomie y Brisa tendría también su espacio en
invierno. Recién tuve tiempo de recorrerla toda, una semana después del inicio
de las clases. Esa noche, directamente me desplomé en la cama vestida y todo.
El cansancio y las emociones habían podido más.
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