El Espejo de Plata


Enero 13


 Querido Diario: 

            Si para cualquier hermana mortal no existe peor pesadilla que las cuñadas, para una bruja, las cosas se multiplican y se pueden poner todavía peor, si las cuñadas además de odiosas y maleducadas, son fanáticas religiosas, de mente redu­cida y cerrada. Un auténtico dolor de cabeza.
- ¿Se puede saber, en el Nombre de Dios Todopoderoso, qué clase de ropa es esta? – preguntó Ruth, la esposa de mi hermano Ismael, con medio cuerpo metido en mi armario.
- El uniforme de mi colegio… ¿Y a vos quién te dio permiso para entrar en mi dormitorio, violar mi inti­midad y ponerte a revisar cosas que o son tuyas? ¿No sabés que es de mala educación? La palabra “privaci­dad” parece que no está en tu diccionario…
- Me metí porque supe que andás en cosas raras.
- ¿”Cosas raras”?
- Ningún colegio privado tiene esa clase de uniforme, y vos vas a una escuela del estado, si no me falla la memoria.
- Iba a un colegio del estado. Ya egresé.
- ¿Egresaste o te expulsaron? Tenés nueve años, ¿a quién querés engañar?
- Mi diploma está colgado en la pared. Deberías ha­berlo visto al entrar, está justo frente a la puerta… Ya te podés ir, si no tenés nada más para objetar. Tengo tarea y preciso mi escritorio en la “pri-va-ci-dad” de MI cuarto.
- Un poquito más de respeto, querida, estoy casada con tu hermano mayor…
- ¡Para su desgracia, por Civil y por Iglesia! – cuando le dije eso me dio vuelta la cara de un so­papo.
- ¡No te atrevas a blasfemar así! ¡Y sacá de esta casa todas esas cosas que tenés escondidas!
- Yo no tengo nada escondido. Todo está guardado y en orden, como me enseñó mi bisabuela.
- ¡No me interesa! Hay objetos malditos, tu habita­ción está contaminada y vos estás metida en una secta, ¡eso, seguro! ¿De qué otra cosa puede ser una ropa tan rara?
- ¡Ya te dije que es de mi escuela! ¡Y te pedí que te fueras de mi cuarto!
- ¡Yo voy a hablar con tus padres! ¡Tienen que estar al tanto de esto! ¡Y hacerse cargo de una vez de que tienen una hija que debido a su ausencia, va por muy mal camino!
- Lo saben. Y no pueden oponerse. Ni te gastes, no te van a dar bolilla.
- ¡Ya me las voy a ingeniar para que estas abomina­ciones se terminen! – con un portazo, salió hecha una tromba. Mi cuñada no será muy inteligente, pero sí muy testaruda y cuando promete algo, lo cumple a rajatabla. Por eso mismo, a la tarde volvió a la carga, secundada por Sarah, la esposa de mi otro hermano Benjamín, ambas munidas con Biblias y Agua Bendita, dispuestas a exorcizar la casa… lo único que lograron fue enchastrar una buena cantidad de obras de arte de gran valor económico que llevaban varias generaciones en la casa y dejar todo hecho un desas­tre. Yo las miraba desde la puerta de mi dormitorio, con un poco de pena, porque no lo hacían por maldad, habían sido educadas de ese modo, y estaban seguras de que eso era lo correcto… hasta que directamente se metieron conmigo…
- ¿Qué se supone que van a inventar ahora? Ya estro­pearon bastante las alfombras persas de la casa. – dije, mientras las observaba olfatear la puerta – Sahumerios no van a encontrar y el perfume a incienso es natural, viene del invernadero, que está lleno de plantas medicinales, no tengo Equecos ni Pombajiras, ni diablos rojos con tridentes… ¿Por qué no se buscan un buen empleo y me dejan estudiar en paz?
- Trabajamos para Dios, ¡hija del demonio! – Sarah, la mujer de Benjamín, me tiró vinagre en la cara, con la sabida consecuencia de que el líquido me entraría en los ojos.
- ¡Ay!... ¡Bruta! ¡Me tiraste vinagre e los ojos! ¡¿Cómo querés que no grite?! ¡¿No sabés que arde, pedazo de ignorante?! ¡Está hecho a base de alcohol!
- ¡Huye de aquí, Satanás! ¡Te lo ordenamos en el nombre de Dios!
- ¡Sí, ya se fue! Quedate tranquila, lo espantaste con tanto vinagre… ¡Ah, no! ¡Pará un poquito! ¡A mi pieza, no! ¡Ya hicieron lo que venían a hacer! ¡Vayan a laburar!
- No lo necesitamos. Nuestros maridos nos mantienen, como debe ser. 
- ¡Ah, ¿sí?! ¿De qué trabajan los mariditos?
- En la empresa familiar, desde luego, es lo que corresponde en toda buena casta.
- Para tu información, la “empresa familiar” presentó quiebra hace tres años…
- ¿Qué? – exclamaron las dos, blancas como sábanas de hospital.
- ¿Cómo? ¿Me van a decir que no lo sabían?... ¡Qué cosa con estos adultos orgullosos! Mi Nona Nilda me lo advirtió, ¡qué sabia era!
- ¡Pero si van a trabajar todo el día y vuelven a cualquier hora de la noche! 
- Eso no lo dudo… pero la empresa funciona con los fondos de la fortuna de mi Nona Nilda y sus “abomina­ciones”. Mi señora bisabuela pasó el último año de su vida proveyendo todo lo que la fábrica necesitaba, para no tener que despedir a los trabajadores. Y hace dos años que estamos subastando las antigüedades de la casa. Mis hermanos van a lamentar bastante que muchas de ellas ya no estén en condiciones de expo­nerse ni en una feria americana, porque el vinagre las estropeó…  Así que si quieren que los nenes de la familia vayan al Liceo Militar… ¡Sírvanse!... Los clasificados del domingo. – con la cabeza baja y el periódico en la mano, las dos mujeres se retiraron de la mansión y por varios meses no se les vio ni el pelo. Pero a mi los ojos me ardieron una semana, por más agua de rosas que me aplicara. Y la saqué barata por ser bruja, una mortal habría quedado ciega sin un transplante de córnea. 

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