El Espejo de Plata


Febrero 3


Querido Diario:

               Por supuesto y como ya lo tenía pre­visto, mamá y papá me dieron no sólo el permiso para esa cena, sino también autorización para toda clase de visitas, salidas y excursiones relacionadas con la familia Riccardi. Como bien decía mi abuela, “dinero llama a dinero”, una frase repugnante, al menos para mí. Tan repugnante, como el vestido gris y los zapa­tos de charol blancos que me tuve que poner para ir. ¡Lo bueno es que me salvé de las trenzas desparejas! Papá vistió su mejor traje y me acompañó hasta la puerta. Se le revolvió el estómago cuando vio que un elfo doméstico salía a atendernos.
- Bienvenida, señorita Kapatelis. Los señores Ric­cardi la aguardan en el recibidor. Han dado órdenes de que ingrese sola, no quieren “sangre contaminada” manchando el jardín. – no llamaban de ese modo a mi padre desde era un niño de jardín de infantes. Sin embargo el efecto era de esperar. Dio media vuelta, se subió al auto y salió disparado. Ni me saludó, ni siquiera  se molestó en preguntar a qué hora debería ir a buscarme. Y no sólo eso: se perdió lo que suce­dió inmediatamente después de que yo crucé el umbral de la mansión Riccardi.
               La entrada de la casa estaba hecha a prueba de policías de incógnito, tenían un hechizo que disolvía disfraces y camuflajes. Cualquier per­sona que pasara por esas puertas mostraba su verda­dera cara, por lo tanto, lo que ocurrió conmigo fue que ese horrendo vestido gris se transformó en una delicada túnica de Veela. El cabello, que llevaba en un rodete, se me soltó y los zapatos se me volvieron sandalias de taco stiletto. En lugar del abrigo de lana infantil, llevaba una capa de terciopelo negra con capucha.
                El pequeño y muy anciano elfo me hizo una profunda reverencia.
- Bienvenida, princesa. – esa palabra me resultó demasiado solemne para tratarse de un elogio hacia mi belleza. El sirviente de los Riccardi se dirigía a mí como a un miembro de la realeza.
- (“¿Princesa?”)¡Gracias!
- ¡Oh, Su Alteza Imperial le ha dirigido la palabra a Viktor! ¡La princesa ha sido grata con un esclavo! – al elfo doméstico se le caían las lágrimas. Me hizo recorrer el camino hacia la enorme casa, mientras arrojaba pétalos de rosa sobre los adoquines. La gran puerta de roble estaba abierta y el matrimonio Ric­cardi, vestido de gran gala, sonreía para recibirme.
- Bienvenida a nuestra modesta morada. – saludó Giam­paolo al besarme la mano sin sacarme la mirada de encima. Respiré hondo y le devolví la mirada con igual intensidad.
- Muchas gracias, señor Riccardi.
- Mi esposa, Alexia. – presentó a su mujer y aun así, no dejó de mirarme.
- Mucho gusto, señora.
- Espero que la estadía sea de su agrado, señorita Kapatelis.
- Seguramente así será. – los dos me acompañaron al living.
- Disponga de nuestro personal de servicio, - ofreció el señor Riccardi – y póngase cómoda, mientras mi mujer va en busca de Ian a su dormitorio.
- Gracias. – instintivamente, busqué el retrato de mi ancestro.
- Creo que sé qué es lo que está mirando… - tomándome de la mano, Giampaolo me llevó frente a la reliquia – Inicialmente, a mi bisabuelo se lo vendieron como el original. Mi padre descubrió que se trata de la pri­mera copia.
- Comprendo. La pintura que usted menciona está en poder de mi familia, preside el escritorio de mi padre. Pero esta copia está mejor conservada.
- Debí imaginarlo. Si me dispensa, iré a supervisar el banquete… ¡Viktor!
- ¿Llamaba, señor Riccardi?
- Sírvale un refrigerio a la pequeña dama.
- ¡De inmediato, señor Riccardi! – llevándose mi capa, el elfo se retiró reverenciándome - ¡Con su permiso, Alteza!
- ¡Adelante! – esperé a que estuvieran lejos, antes de hablarle al cuadro - ¡Nono Yorgo!
-“¡Hijita!”
- ¿Por qué los elfos de esta casa me llaman princesa?
- “Porque no serás reina hasta los diecisiete años.”
- ¡¿Podrías ir un poco más despacio?! ¡¿Cómo que voy a ser reina?!
- Nilda siempre ha sido muy discreta… Seguro no ha tenido tiempo de explicártelo en vida: la familia Lynch es de casta real. Y tú, la última descendiente directa con sangre Veélica. Ahora lo sabes, mi que­rida.
- ¡Creo que me siento mareada! – en ese momento, Viktor dejaba la bandeja sobre la mesa de café.
- ¡Princesa! ¿Se encuentra usted indispuesta?
- No sé… necesito aire fresco… - todo era como dema­siado para poder digerirlo en pocos minutos. Mi bisa­buela había sido una princesa, tal vez una reina destronada y jamás había hecho mención de algo tan importante a nadie, ni siquiera a mí. Necesitaba hablar con ella urgente, pedirle una explicación. Pero también, de repente, tuve la sensación de que no era ese el mejor momento para hacerlo.
- Viktor abrirá las ventanas para que la princesa de las Veelas se refresque.
- ¡Hhhh! ¡Gracias, Viktor! – el elfo doméstico tam­bién acomodó los almohadones de un enorme sillón en el que insistió para que me recostara. Me quitó los zapatos y me dio un masaje en los pies. Para cuando terminó, Alexia Riccardi traía a su hijo del brazo hasta el pie de la escalera.
- ¡Marijazmín! – Ian corrió a mi encuentro y me besó la mano - ¡Qué bueno que te dejaron venir!... ¿Qué pasó? ¿Estás descompuesta?
- No… es… ¡Mi vestido nuevo!... me queda ajustado el corset… no tuve tiempo de decirle a Gloomie que lo arregle y apareció en lugar de la otra ropa que había traído… como crezco a kilómetro por día, esto era algo que podía pasar…
- Estás desarrollando muy rápido, querida. – opinó la madre.
- ¡Y no hay ropa que me entre! ¡De un mes a otro todo me queda corto!
- ¿Qué edad tenés?
- Diez años…
- ¡Hmmm! ¡Y ya estás muy señorita para tener sólo diez añitos! – sonrió la señora, aparentemente com­placida.
- Mi médico está un poco preocupado por eso. Mamá va a llevarme mañana, supongo que me recetará vitaminas o algo así.
- Nada fuera de lo normal. Es bueno que te cuides a esta edad… ¡Giampaolo, querido! ¿Está lista la cena?
- Ya van a servirla, cielo. ¿Me permitís? – con una galantería poco habitual en él, le ofreció el brazo a Alexia, y por supuesto, Ian hizo lo propio conmigo, para conducirme hacia la mesa. Yo estaba habituada a las cenas de lujo, por las fiestas que solían dar mis padres en casa, pero lo que ví ahí, realmente me asombró: candelabros, cristalería, porcelana y plate­ría debían tener al menos tres siglos de antigüedad y algo en ellas me resultaba terriblemente familiar. No era sólo el material del cuál estaban hechas, sino la simbología de sus grabados. Cuando me acerqué lo entendí: era de mi familia materna, Fénixes y dragones en actitud de combate.
- Tomá asiento, linda… ¡Ian! ¡Ayudala a acomodarse en la silla, ¿o es que en esta familia no se te enseñan modales? – el pobre Ian parecía más asustado que yo al escuchar a su padre. Obedeció con un leve temblor en sus manos, que yo quise pensar que se debía a los nervios de la escena.
- ¡Qué bonita, se pone colorada, mirá Giampaolo!
- Está aprendiendo lo que es un caballero con sangre limpia… A propósito, niña, hábleme de su familia. No me han llegado cosas positivas… respecto al reino mágico.
- Bueno… no es mucho lo que sé de mis ancestros, más allá de mi bisabuela Nilda y mi nono Yorgo…
- ¿Yorgo Kapatelis? – preguntó Alexia.
- Sí, señora. Mi padre es su descendiente en línea directa.
- ¿Por qué cree que ha habido tantos… no magos en su familia?
- Es un misterio de la ciencia mágica… o una rama muy desgastada de la casa Lynch.
- De modo que el defecto viene por las mujeres… ¡ya lo decía yo!
- En ese caso… yo sería toda una contradicción, señor Riccardi. Me inclino a pensar en una mutación genética en la familia Kapatelis, unida a la última oportunidad de concebir una mujer en la casa Lynch.
- Una necesidad desesperada, por cierto.
- ¡Sin dudas!
- Han sido tres generaciones Lynch sin magia, por una empedernida intervención mortal.
- No es tan así… la mayoría de los matrimonios mixtos suelen tener hijos magos. Nuestro caso es que las mujeres de la familia son las que poseen el gen de las Veelas en estado dominante y por alguna razón, mi abuela nació con ese gen recesivo. Aún no se define la causa. 
- ¡Vaya! Pero vos naciste Veela y de sangre limpia, por lo que hemos podido contemplar al verte llegar… - el padre de Ian hizo una seña a los sirvientes y ellos trajeron la comida. De vez en cuando, yo le dirigía una mirada al cuadro del Nono Yorgo, por simple precaución.
- Me preguntaba… - comenzó a decir la señora Riccardi – sólo por curiosidad… durante todos estos años, ¿cómo se ha sostenido tu familia sin usar magia?
- Nunca se dejó de tener magia en casa. Siempre se­guimos contando con la ayuda de mi Bisabuela, hasta que yo me hice cargo, inmediatamente después de la lectura del testamento.
- ¿Vos solita manejás toda la fortuna de tu familia?
- Hasta ahora no me fue tan mal. De todos modos, los demás miembros de la casa siguen trabajando de forma normal.
- ¿Ganan bien?
- Lo necesario, como ustedes o cualquier familia tipo…
- Nosotros no somos cualquier familia. – la madre de Ian comenzaba a enojarse – Mi marido es uno de los hombres del gobierno, más influyentes en el reino mágico a nivel nacional e internacional.
- Eso leí en el diario.
- Una de las propuestas más ambiciosas y exitosas que ha creado es el tren de la salud.
- “¿Tren de la salud?” – pregunté y enseguida miré a Yorgo. Su cara era elocuente. Por señas, me estaba indicando que esa era la forma de encubrir los nego­cios sucios.
- Reformamos un tren y los llenamos de medicinas y equipamiento hospitalario. Recorre todo el país en­tregando mercadería gratuita a magos y mortales.- mientras Giampaolo se explayaba acerca de sus “buenas acciones”, Ian hacía un esfuerzo intelectual increí­ble para hablarme con la mente.
- “Marijazmín, ¿me recibís?”
-“Sí, Ian, ¿qué pasa?”
- “Trato de hablarte desde que llegaste. Te están poniendo a prueba. Quieren saber qué tan pura es tu sangre. Vas a tener que superar a mi papá.”
- “Lo voy a intentar.”
- “Tené cuidado con el postre. ¡Es la prueba de las hierbas venenosas!”
- “Gracias por el dato.”
- “Te juro que me muero si te pasa algo…”
- “Tranquilo, Ian, no estoy sola… date vuelta con discreción.” – Ian obedeció y el Nono Yorgo le guiñó un ojo – “Todo queda en familia.”
- “Ya veo…”
- “Voy a seguir con la charla.” Me parece una idea maravillosa, señor Riccardi. Me encantaría hacer algo similar. ¡Hay tanta gente necesitada!
- ¡No me vayas a copiar, eh!
- ¡Jajá, no! Creo que podría usar otro tipo de medio…
- ¡Ya viene el postre! – exclamó Alexia con miedo en la voz. Alcé la vista para comprobar que Yorgo sacaba su varita y me invitaba a hacer lo propio.
- ¡Hmm! ¡Qué aroma, sí, señor! – exclamó Giampaolo.
- ¡Hmmmm!... Raíces de Hierba de la Muerte… Clavo de Olor… y espinas de rosa negra… ¡No comería algo así, a menos que quisiera suicidarme! – siguiendo los movimientos que Nono Yorgo me marcaba, transformé la tarta con hierbas en un helado de crema y frutas - ¡Así está mucho mejor!
- ¡Bravo! – exclamó aplaudiendo, la mamá de Ian - ¡Qué prolijidad en el movimiento de la muñeca!
- Dicen que es muy típico de los Kapatelis. Y el hechizo no verbal fue creado en el seno de mi familia paterna.
- En todo caso, tu ancestro, aquí presente en el retrato, debería estar orgulloso de vos. – comentó Giampaolo y para su sorpresa, el Nono Yorgo, habló.
- ¡Desde luego que estoy más que orgulloso de mi pequeña princesa! Alquimista, hechicera, duelista excelente. Cualquier familiar estaría más que con­forme. – la mandíbula del padre de Ian bajó dos cen­tímetros. Esa era la prueba que no esperaba que se pre­sente. De todas maneras, su ego lo obligaba a salir del paso con clase.
- ¡Ya veo!... ¿Podemos verte en acción, querida? ¡Sólo por diversión! Un pequeño duelo… ¿Varones con­tra mujeres? ¿Quién me sigue?
- ¡Yo, papá!
- ¡Y yo! – exclamó la señora Riccardi, poniéndose de  pie.
- ¡Bien! ¡No puedo rehusar! -  saqué mi varita, mien­tras los elfos cambiaban los muebles de lugar. Ca­sualmente, vi como Alexia practicaba y decidí corre­gir su postura.
- ¿Me permite?
- ¿Hay algo mal?
- Una ligera confusión, muy común cuando se hace esgrima y duelo de varitas alternativamente. Cuando ataque con  varita, la muñeca debe ir con el dorso de la mano hacia arriba y el puño hacia abajo… eso es… ¿Bien? ¿Cuáles son las reglas?
- Muy simples, señorita Kapatelis. Hechizo de trans­formación leve, divertido.
- Habrá que usar la imaginación…
- Es su oportunidad de demostrar como derrotó a mi hijo
- De modo que se trata de una revancha…
- Podría decirse que si… ¿listo, Ian?
- ¡Listo! “¡odio cuando hace esto!“
- “¡Te entiendo, pero esta vez vamos a divertirnos!”
- “¡De acuerdo!”
- ¿Lista, señora Riccardi?
- ¡Probando la técnica que me enseñaste! ¡A ver si esta vez logro ganar!
- ¡Por supuesto que lo hará! ¡Las mujeres somos las que conquistamos, después de todo! ¡Son ellos los que se rinden y nosotras las que decidimos!
- ¡No lo había pensado! – las dos tomamos posiciones y cada una eligió un conjuro diferente.
- ¡Floripondia! – exclamó ella.
- ¡Espantajo! – grité yo. Y nuestros rivales como era de esperar, se volvieron nuestras “victimas”. Giam­paolo se vio cubierto de flores de gran tamaño, desde las botas hasta el sombrero y el pobre Ian, se trans­formó en espantapájaros.
- ¡Por Salem!... ¡jamás en mi vida me había reído tanto! – dijo Alexia, tratando de no ahogarse y sin poder detener las carcajadas ¡y es la primera vez que le gano a mi marido!
- ¡Y parece que lo estás gozando mucho!- al señor Riccardi estaba muy disgustado y con el orgullo he­rido.
- Señor Giampaolo, como usted dijo al principio, nos estamos divirtiendo. - me acerqué a él y lo tomé del brazo ante los asombrados ojos de Ian - No debería tomarse las cosas tan a pecho, causa stress en magos y mortales... ¡además, mírela!... está riendo con ganas, pero no por burlarse sino porque está feliz... después de todo, no fue algo tan grave… ¡Parece usted un recién casado hawaiano! - el gesto del padre de Ian comenzaba a rela­jarse – Vea qué hermosa expresión tiene su esposa... ¡y como brilla su mirada! - una leve sonrisa se dibujaba en el rostro del mago - ¡Y por si fuera poco, está tan elegante y su vestido se sienta tan bien!... ¡parece una modelo! - por detrás de mi espalda, ya preparaba una pequeña cantidad de poción de amor que había tomado previamente de una caramelera que adornaba la sala. Seguramente había sido uno de los tantos regalos que le enviaron a Ian todos los días - ¡Vamos! ¡Invítele una bebida! ¡Algo tropical! Y coló­quele una guirnalda de flores... ¡Ande, no sea tí­mido! - el resultado de mi estrategia fue de inme­diato. Bastó con deslizar uno de aquellos bombones en la copa helada de Giam­paolo, para que el humor en el ambiente cambiara por completo.
- ¿Cómo lo hiciste? - preguntó Ian, incrédulo
- Poción de amor en barra de chocolate
- Eso lo vi... pero lo otro ¿Qué le dijiste?
- Feromonas veélicas... ya las estoy de desarro­llando... ¡sirven y mucho...! ¡Ya es hora de que me retire!
- ¡Oh! ¡Cielos! ¡Eso veo! ¡Miren la hora que es! ¡Los niños deberían estar durmiendo hace tiempo! - exclamó el señor Riccardi!- ¡Viktor!
- ¿Si, señor Riccardi?
- ¡El chofer y nuestro mejor vehículo! ¡La visita se retira a su hogar!
- Enseguida, señor.
- Hijo, acompañala y asegúrate de que la reciban en su casa sin problemas. Por si acaso, presentan nuestras disculpas a sus padres... ¡Marijazmín ha sido un placer tenerte con nosotros!
- El gusto fue mío.
- Si se te ofrece, algún fin de semana podrás venir a pasarlo con nosotros. ¡A veces Ian está tan solo encerrado en ese estudio! – suspiró Alexia.
- Lo tendré en cuenta señora Riccardi.
- El coche espera señor Riccardi. – dijo el elfo desde la puerta de entrada.
- Bueno, ¡Ya nos vamos!
- ¡Adiós, bonita! ¡Cuídate! – con un beso en la mano, el señor Riccardi se despidió. Cuando salía a la puerta, casi me quedo sin aliento: ahí estaba, a mi modo de ver, una de las razones por las cuales la fortuna de los Riccardi siempre estaba al borde del colapso: su excentricidades eran tan frecuentes como sus excesos y lo que yo estaba viendo tenía un poco de las dos cosas.
- ¿Es ese el coche? – pregunté sin salir de mi asom­bro.
- Sí... ¿no te gusta? – preguntó Ian.
- ¡Claro que me gusta! ¡Está hermosísimo!
- ¡Y por dentro es muy cómodo! Tiene todo lo que hace falta para hacer un viaje largo por tierra… A veces, cuando mis padres discuten, me quedo viviendo ahí, hasta que las cosas mejoran, y suelen pasar semanas, creeme.
- Debe ser muy amplio, entonces.
- Casi una casa móvil.
- ¡Wow!
- ¿Tu familia no usa limousine?
- Sí, pero bastante más austera. No voy a disponer del grueso de la fortuna de mi Nona, hasta la mayoría mágica de edad.
- Entiendo, subí. – el “coche” era una impresionante limousine Rolls Royce modelo ’50, que al menos medía treinta metros  de largo, con la carrocería hecha de oro macizo de veinticuatro quilates. El interior estaba reformado con magia y se veía como un salón de fiestas que hasta una alberca tenía. Nos acomodamos en uno de los sillones de terciopelo dorado.
- ¡Fantástico! ¡Todo tiene un gusto excelente!
- Privilegios del rango de mi papá en el Ministerio Mágico de Gobierno.
- Entiendo.
- Gracias por haber venido… y por haber tomado las cosas con tan buen humor… Esta es la primera vez, desde que tengo memoria, que mamá no se emborracha en la mesa… Realmente estaba dispuesta a causarte una buena impresión.
- Y redescubrió su talento.
- Siempre fue mucho mejor maga que mi papá… pero por alguna razón que jamás me quiso contar, dejó de usar su poder… y empezó a tomar…
- ¡Hmmm!... No te pongas mal… te puedo dar una mano con el problema que tu mamá tiene con el alcohol… Me puedo fijar en los libros de mi bisabuela, tiene que haber algo que sirva. Te alcanzo en el colegio lo que sea que encuentre.
- ¡Gracias, Marijazmín!
- ¡Por nada!
- Ya llegamos… parece que tu mamá está en la puerta, seguro que se preocupó por tu tardanza.
- Y a juzgar por su cara, ¡está impresionada!
- Bajemos, así la saludo y le presento los respetos de mis padres.
- ¡Dale! – salimos del vehículo, y antes de que mamá pudiera abrir la boca, o más bien cerrarla, no sé qué iba primero, Ian se adelantó a besarle la mano.
- Buenas noches, señora Kapatelis.
- Buenas noches, Ian, ¿verdad?
- Ian Fabrizzio Riccardi, para servirle.
- ¡Qué amable!
- Quisiera presentar las disculpas de mi familia por retener a su hija hasta tan altas horas. Lamentamos haberla angustiado.
- No tienen por qué, querido. Pero vos, Marijazmín, la próxima vez que necesites quedarte hasta después de las diez, llamame, para eso tenés celular… - en reali­dad, yo no tenía teléfono móvil hasta ese momento, lo tuve que hacer aparecer en mi bolsillo, para que mamá no quedara ni como pobre, ni como anticuada. Como yo usaba la mente para todo lo que fuera comunicación, no lo veía como algo necesario en el reino mágico, hasta ese momento. Además, papá no me dejaba tener uno, por mi corta edad, así que, en la mañana, lo devolví.
- Desde luego que no permitiríamos que su hija gaste crédito, lo haremos nosotros. Bueno, Marijazmín, te veo mañana en el colegio.
- ¡Que descanses! “Y mejor quedate a dormir en el auto, algo me dice, que dentro de nueve meses, se viene un hermanito.”
- “¡Ojalá, chau!” – con un beso en la mejilla, y otro en la mano de mi madre, Ian se despidió y se alejó en su excéntrica limousine de oro.
- Pasá que está fresco, hija… ¡No me dijiste que ese chico era multimillonario y así de lindo!
- Es que todos se fijan en eso. Ian es mucho más que una cara bonita y una billetera gorda.  
- Bueno, pero esa “cara bonita” le da para ostentar una fortuna más que respetable.
- No tiene opción. Es menor de edad.
- Bueno, andá a acostarte, que ya es muy tarde.
- Buenas noches. – subí a mi cuarto, pero sabía que no iba a dormir.

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