El Espejo de Plata


Enero 11


Querido Diario: 

              Desde esa noche, Gloomie tomó la cos­tumbre de no dormirse hasta ver que yo lo hiciera también. Los elfos son capaces de permanecer semanas enteras en vela, es un dato que averigüé en los es­critos de Nona Nilda. Son las criaturas más fieles del planeta, cuando se las trata como es debido. Y siempre he tratado bien a Gloomie. Cosa que mi fami­lia pocas veces ha hecho conmigo. Prueba de eso fue lo que pasó el día previo a la llegada de la carta del colegio de Hechiceros.
              Nona Nilda me había advertido que de­bido a mi precocidad, las cosas podrían adelantarse mucho. Años, probablemente. Y no estaba equivocada. Lo mismo que pasaba con mi educación primaria, pasaba con mi educación mágica. Se anticipaba cuatro años en el reino mortal y dos en el mágico. El problema con las escuelas “mortales” es que por muy inteligente que sea, sigo teniendo cuatro años menos de lo que exige el reglamento. Todo un dolor de cabeza para mis padres.
- No quiero gente ociosa en esta casa. – fue lo pri­mero que dijo mamá – Vas a hacer algún curso que te mantenga ocupada.
- ¡Ya hizo de todo! – respondió papá – Jockey, Equi­tación, danzas, gimnasia deportiva, patín artístico, Artes Marciales… ¡Tiene todas las tardes ocupadas y me cuesta una fortuna!
- ¿Y las mañanas? – preguntó mamá.
- Voy a ir al colegio de la Nona Nilda…
- Para cualquier colegio, te faltan cuatro años, Mari­jazmín. – explicó papá.
- Sí, pero para ese, no. Me va a llegar la carta esta semana, así que si ven algún pájaro raro, avísenme.
- ¡Por acá no va a pasar ninguna lechuza, ni nada por el estilo! – se empezó a enojar papá – No pasó en tres generaciones, no va  a pasar ahora.
- ¡Estás negando lo innegable, papá! Vos sabés muy bien que las cosas en esta familia cambiaron desde que yo nací. No por nada soy la heredera de Nona Nilda.
- ¡Una vieja con chochera, eso es lo que era!
- ¡Basta, León! ¡Estás hablando de mi abuela! ¡La que nos dejó vivir en  su casa cuando no teníamos dónde caernos muertos! – la sinceridad de mamá siempre fue el punto débil de papá. Se quedaron discutiendo acerca de mis futuras actividades y yo decidí salir al parque a cortar rosas. A los cinco minutos, llega­ron mis tíos a tomar el té y la charla giró sobre lo mismo: que por qué iba a ir yo a la escuela de magos, si ninguno de ellos lo había hecho. Por supuesto, el tío Waldemar se cuidó muy bien de mencionar el inci­dente de la última vez que se le ocurrió venir a pedir plata. Así son ellos, no ven lo que no quieren ver, pero no por eso dejan de sacar provecho.
              Otro par que se comporta de la misma manera lo forman mis abuelos. Ellos pasaron la peor parte en esto de ser hijos de una bruja y no tener poderes. Toda la vida fueron despreciados en el reino mágico. Llegó un momento en el que Nona Nilda tuvo que dejar de llevarlos allá. Así fue como empezaron a odiarla a ella y a todo lo que tuviera que ver con su raza.
- ¡¿Qué?! ¡¿La vas a mandar al Colegio de Magia?! – gritó la abuela, cuando mamá hizo el comentario - ¡Tiene nueve años!
- Es precoz en todo lo que hace.
- ¡Es natural! ¡Es maga! – protestó el abuelo.
- Marijazmín está convencida de que va a ir este año.
- Mamá la ilusionó, es todo.
- Pero si no la mando… ¿vamos a esperar a que en estos dos años nos destroce la casa con un pestañeo? ¿Nadie pensó en eso?
- ¡Es una criatura! – me subestimaba el abuelo – las cosas que hace ahora son pavaditas. Mantenela ocu­pada, llevala de compras todos los días, así no hace berrinche y listo. – la misma solución aplicada a todos los chicos de la familia: dinero. Lo que yo menos necesitaba.

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