El Espejo de Plata


XI – Ian

Enero 22

Querido Diario:

             Ese verano transcurrió sereno y cálido, con fines de semana en la pileta y alguna que otra escapada a la playa del reino mágico. De allí no tuve grandes novedades, salvo por algunos chismes de estu­diantes avanzadas, quienes a mi criterio estaban enloqueciendo o algo por el estilo. Nona Nilda me decía que eso podía suceder, aunque no lo esperaba tan pronto. Todo era una gran revolución al otro lado del espejo del armario. Las lechuzas iban y venían. Y sólo se hablaba de una persona: el mago más apuesto del reino. Y el más joven.
            Ian Fabrizzio Riccardi, el mismo chico que atestiguó a mi favor delante del Primer Ministro de Gobierno Mágico, sólo tenía doce años y ya rompía corazones por donde caminara. Todo un fenómeno. Se decía que por sus venas corría sangre de Veelas y sirenas, lo cual explicaba el extremo poder de sus encantos. Pero no era sólo una cara bonita, según los profesores, era un estudiante aventajado; en las tablas de evaluación, siempre estaba muy cerca de mi ubicación, algunas semanas solía superarme. Era el único de primer año que tomaba clases en el club de duelo y tenía el récord de la varita más veloz, ha­biendo superado incluso a estudiantes que habían egresado y estaban allí haciendo pasantías. Por lo que me contaban las chicas en sus cartas, vivía en el reino mortal y practicaba muchos deportes. Eso era lo que a su familia le dificultaba las cosas. Tenis, fútbol, natación, esgrima, equitación, gimnasia de­portiva… Todo había que pagarlo con dinero mortal. Pero en ese momento, eso era secundario. Lo que in­teresaba realmente eran los intentos de mis compañe­ras por conquistarlo… todas me escribían para pedirme recetas de pociones de amor, debido a que yo contaba con libros que no estaban permitidos en la biblioteca del colegio. Me ofrecían fortunas por esas fórmulas.
            Por otra parte, papá estaba furioso por la cantidad de aves que todos los días se encaramaban en el techo, los árboles y el cableado eléctrico. Me llevó semanas hacerle entender que no era mi culpa y que en verdad no sabía qué hacer para que dejaran de enviármelas. El acoso se me hacía insoportable.
- ¡Las voy a envenenar! ¡Mirá cómo me dejan el auto con su mugre!
- ¡Calmate, papá! Lo llevás al lavadero y listo… Ya se les va a pasar… esperá a que se enteren los padres y les prohíban enviar mensajes.
- ¡Contáselos vos! No quiero más bichos en esta casa. ¡Ni los tuyos! ¡Ya los mandás al zoológico, si no querés que los venda!
- ¡Dale! ¡Atrevete a ponerles precio! ¡Dale!
- ¡¿Qué no?! ¡¡ Mirá que lo hago, eh!!
- Hacelo… y esta casa y tu preciosa fábrica de nada útil, ¡¡desaparecen del mapa sin dejar rastros!! ¡¡Y sabés que no amenazo en vano!!
- ¡Hhhh!... ¡Tomatelás de acá! ¡No te quiero ver en todo el día! – cada semana se repetía la misma es­cena. Finalmente, decidí que lo mejor era hablar de todo esto con el propio Ian. Su respuesta fue inme­diata.
“Querida Marijazmín:
                                    Recibí tu mensaje con gran alivio. Te cuento que estuve encerrado todo el verano para evitar los efectos de las pociones de amor. No te das una idea de la cantidad de cajas de bombones, dulces y chocola­tes que me enviaron. Mamá lo quemó todo. Me dijo que va a probar la receta del antídoto que me pasaste. Gracias por la vela. Seguro que da resultado.
                                   Averigüé lo que me pediste. Todavía hay vacan­tes en el Club de Duelo. Se solicitan los formularios por correo antes del inicio de las clases, apurate, mirá que hay pocos cupos para chicas. Si te aceptan, avísame, que te acompaño y te presento.
                                 ¿Querés ir conmigo a comprar los libros? Este año mis viejos no pueden y yo soy medio desastre en los shoppings.
                                  Te mando un beso,
Ian
             Era lo que menos me imaginaba. Casi una cita. Pero creo que en ese momento, Ian prefería mi compañía, justamente porque yo era chica. De haber tenido ambos la misma edad, seguramente me temería más que a todas las otras brujas juntas.

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