El Espejo de Plata


VI – Es sólo un juguete moderno



Enero 8


Querido diario:

              Greysie quedó tan débil después de tener a Gloomie que murió a pocos días del parto. Casualmente un día antes de la muerte de Nona Nilda. Sasha vino a dejarme a Gloomie hecho un mar de lágri­mas. Y perdió la vida en el mismo instante en que lo hizo la Nona Nilda... desde entonces Gloomie me acom­paña a todos lados.
            Ocultar un elfo doméstico en casa no fue una tarea sencilla. Y como era el único recuerdo vivo que tenía de mi bisabuela, no quería dejarlo en el armario. Por suerte, Nona Nilda ya lo había previsto todo y entre los libros que me dejó, se encargo de incluir uno de su propia autoría: “Los secretos de los elfos”.
            Siguiendo los consejos del libro, tomé a Gloomie, lo senté en el centro de mi habitación y esperé a que actuara.
- Gloomie no quiere que los mortales lo vean... Gloo­mie se esconderá cuando la señorita Kapatelis no esté con él... ¿Qué clase de seres son esos, señorita Kapatelis? – preguntó el pequeño elfo mirando los pequeños muñecos de peluche que estaban repartidos entre la cama, el escritorio y la biblioteca.
- Son juguetes... no son seres vivientes... están hechos de tela y rellenos con algodón...
- Gloomie puede dormir entre juguetes... Gloomie cambiará la apariencia de los muñecos... los muñecos serán como Gloomie.
- ¡Brillante!
- Gloomie debe lucir como juguete.
- ¡Claro, y así te podré llevar a todas partes, in­cluso a la escuela!
- Gloomie estará feliz de acompañar a la señorita Kapatelis a todos lados.
- ¡Grandioso!... ¿Dónde te gustaría dormir?
- Hay muchos espacios en donde Gloomie puede repo­sar...
- ¿No te decidís?
- Hmm... Quizás esto pueda servirle a Gloomie...
- Es una caja de zapatos...
- Es humilde, sin arreglos ni lujos. La cama de un esclavo...
- Sólo hay un problema con eso, Gloomie, y es que cuando mi madre ve juguetes en cajas de cartón que no sean los envoltorios originales, los tira a la ba­sura...
- ¡Oh!
- Dejame ver... suelo dormir con varios de estos muñecos... éste, que parece un bebé humano, es uno de mis favoritos... ¿te molestaría usar su cuna?
- Se ve lujosa y confortable... no merezco esto, no le corresponde a Gloomie.
- Bueno, entonces... lo haremos del modo legal... Gloomie, te ordeno que por las noches duermas en esa cuna de juguete.
- Sí, señorita Kapatelis, Gloomie será obediente. - en realidad, la orden no era necesaria, pero no podía permitir que mi familia se percatara de la existencia de mi elfo, al menos por el momento. Por supuesto, mamá miró con asco el nuevo juguete, pero como le dije que era regalo de Nona Nilda, cerró la boca.
            En donde sí causó sensación, fue en el colegio. Lo llevé en brazos y le pedí que se mantu­viera quieto, lo más quieto posible.
- ¡Qué Bueno que está ese muñeco! Es importado, ¿no? – preguntaba alguna ricachona de la secundaria.
- Irlandés, lo hizo mi bisabuela.
- ¿Todavía vive?
- Falleció hace poquito... me lo dejó.
- ¡Ay, cuánto lo siento!... Pero es una belleza tu muñeco. 
- Gracias...
- ¿Lo puedo ver?
- Sí.
- ¡Qué suavecito! ¿Está hecho de piel?
- Sí, es artesanal, no le vas a ver ninguna marca ni etiqueta.
- Es precioso...
- ¿Qué es precioso? -  se acercó otra.
- El muñeco... un elfo de peluche.
- ¿Leíste “Harry Potter”?
- Sí, mi bisabuela me dijo que lo haga.
- ¿Toda la colección?
- Sí.
- ¿Siendo tan chiquita? Te gusta mucho leer...
- Desde los tres años...
- ¡Wow!
- Bueno, me voy al aula. – todo el tiempo pasaban cosas así, pero sólo con las chicas. Con los varones la cosa era diferente. Como me molestaban casi por deporte, lo mínimo que podía escuchar de ellos eran risas crueles y burlas, pero creeme querido Diario, que la primera semana de Gloomie en la escuela fue terrible y divertida al mismo tiempo.
            Gloomie era pequeño y de carácter muy fuerte, se tomaba con mucha responsabilidad la tarea de  servirme y protegerme, aunque faltara tiempo para eso. Pero si había algo que realmente le molestaba, era que me agredieran sin motivo. Se ponía furioso. Y disimular esa furia en clase era complicado. Con frecuencia, la magia aparecía y el resultado era... ¡gracioso!
            Una mañana, en medio de la lección de Geografía, Gloomie estaba sentado junto a mis lápi­ces, sobre el pupitre, desde allí podía ver lo que pasara a mis espaldas. Ese día, como muchos otros, el problema era mi peinado. Mamá solía trenzarme el cabello de una manera muy complicada y que no me favorecía. Por eso los niños se burlaban de mí. Real­mente me veía ridícula. No era raro que tanto en clase como en los recreos, de igual manera varones que mujeres, trataran de despeinarme.
            Mientras el resto de la clase prestaba atención, el chico que se sentaba en el banco de atrás estiró la mano para tironearme el pelo... cuando Gloomie lo miraba fijamente...
- (“Nadie va a lastimar a mi amita...”) – cubriéndose con mi cuerpo, Gloomie levantó su dedo índice y lanzó al chico a un metro de la silla. La maestra reaccionó de inmediato.
- ¿Qué sucede ahí detrás? ¿Quién empujó a Lester?
- ¡Kapatelis!
- ¡Qué mentiroso!
- ¡Basta los dos!
- ¡Me molesta porque quiere robarme mi elfo de pelu­che, seño!
- ¡A ver! – la docente me sacó a Gloomie de la mano y lo puso bajo llave en un cajón de su escritorio – Ahora, los dos tienen un uno y van derecho a la di­rección a firmar el cuaderno de disciplina.
- ¡No es justo! ¡Yo no hice nada! – lloré y salí. Sabía que Gloomie estaba de regreso en mi mochila. Ninguna persona, mago o mortal, puede quitarle a una Veela-bruja sus propiedades legítimas. 
            Realmente la maestra de Geografía era insoportable. Especialmente, porque hacía diferencias entre los chicos lindos y feos.  Una rubia de ojos celestes o un morocho de ojos azules o verdes, que en una prueba que cualquier otro maestro calificaría con un seis, nuestra maestra, regalando nota alevosa­mente, le ponía un diez... obviamente mi “fealdad” me jugaba en contra y ni siquiera servía el hecho de que el resto del personal docente me considerara un pro­digio. Más de una vez, me quedé sin mi merecido diez. Por supuesto, después en casa venía el consabido castigo y los reclamos “por no estudiar”. ¡Qué ganas de cambiar de colegio me daban entonces! 

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