El Espejo de Plata


II – La Historia comienza



Diciembre 31


Querido Diario:

              Hoy estoy excesivamente sensible y muy nostálgica, algo común en estas fechas. Sigo repa­sando algunos momentos de la fiesta. Fue uno de esos instantes en los que toda mi vida pasó delante de mí como una película de cine mudo. Para algunas cosas, no se han inventado aún las palabras, ni siquiera las palabras mágicas.
             Mi verdadera historia, como de costum­bre, la inició mi Nona Nilda, la bisabuela. Mi MO­DELO. La mujer que me crió.
             Desde que tengo uso de razón, siempre me he sentido mejor con Nona Nilda, que con cualquier niñera que hayan contratado mis padres. Sólo ella sabía cómo entenderme y entretenerme. Era mi todo. Me enseñó a hablar, a caminar, a leer y a escribir. Fue una excelente cuenta cuentos. Hasta que en un mo­mento, comenzó a revelarme el secreto familiar. Nunca le gustó mentirme. Siempre me decía las cosas como eran, me lo explicaba todo y yo todo lo entendía y asimilaba. También sabía ponerle límites a mi curio­sidad: un no quería decir “NO”. Entre sus tesoros más preciados que luego yo heredé, estaban su armario y su biblioteca. Allí guardaba los ejemplares más be­llos y peligrosos que jamás he visto. Los libros de Nona Nilda ni siquiera están en la biblioteca del colegio. La mayoría son prohibidos. Sin embargo han prestado su servicio a la hora de enfrentar a los magos oscuros, y no tengo dudas de que lo vuelvan a hacer. Nona Nilda era poderosa. Muy poderosa. Y yo quería ser igual a ella. Por eso quise aprender a leer. Ansiaba tener acceso a toda esa sabiduría acu­mulada durante siglos. Pero ella decía que cada cosa tenía su tiempo y su lugar, incluso para los hechice­ros.
              El momento más divertido de la semana llegaba cuando mamá y papá iban al spa y al gimnasio, porque me dejaban a cargo de Nona Nilda. Tenía a la bisabuela para mí sola. Y eso me fascinaba. Adoraba observarla trabajar en casa. La puerta de calle se cerraba con llave y la puerta de la magia se abría de par en par.
            Entrábamos en su dormitorio y ella sacaba un arcón de cedro que estaba cerrado con un enorme candado y  cuya llave llevaba siempre colgada del cuello. Dentro de ese “tesoro” estaba su varita, la más bella del mundo: fundida en platino con un cabe­llo de Veela en su interior.
- Cuando seas mayor, te regalaré uno de mis cabellos para que mandes a fabricar tu propia varita con él. – prometió un día.
- ¿En serio? – pregunté, entre sorprendida y asus­tada.
- Es la tradición. Y nunca hay que dejar de cum­plirla.
-¿Hay más de eso?
-¿Tradiciones? ¡Uff! ¡Muchísimas!
- ¿Me las vas a enseñar?
- De a poquito, Marijazmín, de a poquito. – siempre me contestaba igual, y a veces me daba rabia. Pero tenía razón.
             Nona Nilda no acostumbraba  hacer alarde de sus poderes. La mayoría de las veces los utilizaba para arreglar cosas en la casa: cambiar la pintura de las paredes, quitar las manchas del cielorraso, reta­pizar los sillones, etc. Por eso siempre todo estaba impecable, aunque no demasiado moderno, era muy con­servadora.
             Nunca me dejaba sola, razón por la cual, si necesitaba “salir”, arreglaba sus “asuntos perso­nales” para que no coincidieran con los días en los que tenía que cuidarme. Hasta que esos “asuntos” empezaron a llevarle más tiempo y a tener que ver conmigo.
- ¿Querés conocer el mundo mágico?
- ¡Síiiiiiiiiii!
- Llegó el momento de mostrártelo.
- ¡Viva!
- Vamos a dar un paseo por la ciudad. – anunció mis­teriosamente – El chofer nos estará esperando en la puerta en una hora. Así que, date un baño y te pon­drás luego tu mejor vestido.
-¡Más rápido que un bombero! – corrí a mi cuarto de baño. Cuando salí, encontré sobre mi cama el vestido más extraño y maravilloso que podría haber imaginado.
- Es una túnica con su capa de viaje. Así nos vesti­mos en el reino mágico. Veamos qué tal te queda.   
- ¡Claro! – la bisabuela me ayudó a vestirme y las dos salimos en la limousine. Cada vez que algo así sucedía, yo empezaba con mi batería de preguntas - ¿Por qué no se ven autos como el nuestro por la ca­lle?
- Porque este auto es de colección, cuesta mucho dinero.
- Y nosotros... ¿tenemos mucho dinero?
- El suficiente para mantener una casa muy grande con una familia de tres generaciones.
- Pero nosotros somos cuatro...
- Allí viene nuestro problema... que siempre termino resolviendo yo.
- Por eso casi nunca estás en la semana... ¿y adónde vas?
- Al banco.
- ¿Tenés una cuenta especial?
- Es un banco especial. Ya casi llegamos. – el auto dobló en una calle oscura y sucia. Daba miedo estar ahí – Hora de bajar.
- ¿Acá?
- Sí, acá.
- ¡Pe-pero, ¿acá?!
- El lujo que hay en casa te tiene muy mal acostum­brada, querida. Pero has de saber que la gente con poderes mágicos siempre tuvo que guardar su secreto de alguna manera. La nuestra es disimular la riqueza, disfrazándola de miseria... lamentablemente...
- ¿Vamos a entrar en el cine? Creí que íbamos al banco...
- Nada es lo que parece.
- Pero eso es un cine...
- Cierto... – respondió Nona Nilda y se dirigió a la taquilla conmigo de la mano – Dos boletos, por favor. Fila 32, asiento 3.
- ¡Desde luego, señora Lynch!... – respondió el em­pleado - ¿Y esta pequeña belleza?
- Mi adorable bisnieta... La primera pequeña maga en cuatro generaciones. ¡Muy prometedora!
- ¡Felicidades! – seguimos caminando hacia el inte­rior del cine abandonado. Estaba más oscuro que la calle y el telón estaba viejo y emparchado.
- Para que todo esto salga bien, tienes que hacer cada cosa que yo haga, ¿me has entendido?
-Sí, Nona.
- Ahora le vamos a entregar los boletos al acomodador cuando se acerque y los solicite.
- Todos tienen el asiento 3 de la fila 32... – ob­servé sin entender nada.
- Una muy buena conclusión, Marijazmín. De hecho, es fundamental.
- ¿En serio?
- Observa todavía con más detalle...
- Los ubica en la butaca... ¡y desaparecen!
- ¡Ajá!
- ¿Y adónde van?
- Al mundo mágico, desde luego.
- ¿Duele?
- Marea un poco, pero la caída es suave.
- Menos mal... ¡ya nos toca!
- Entrégale tu boleto al acomodador. – así lo hice.
- Yo iré primero, Nona, ¡quiero probar!
- Podríamos perderte, es peligroso.
- ¿No puedo ir sentada sobre tu falda?
- Nunca se intentó, pero como eres tan pequeña, tal vez de resultado, ven aquí. – obedecí sin miedo – a la cuenta de tres... uno... dos... ¡tres! – abracé a Nona Nilda y ella se balanceó hacia atrás. De pronto, las dos caímos suavemente sobre un campo de flores amarillas, a pocos metros de un centro comercial que se veía muy normal, hasta que uno se acercaba un poco: y se maravillaba.
              En cada esquina flotaba una canasta llena de flores, cuando alguna dama pasaba caminando cerca, se desprendía un capullo que volaba a deposi­tarse en su sombrero y si era un caballero, lo hacía en el ojal de su chaqueta... si a lo que llevaba puesto se le podía llamar así.
              Las calles eran antiguas y todas las construcciones, de arquitectura clásica. No pudimos recorrer mucho el lugar, la bisabuela tenía prisa por llegar al banco. El edificio era el más grande y moderno de la ciudad, tenía unas enormes estatuas en la entrada y elegantes duendes recepcionistas con uniformes rojos. Uno de ellos le pidió a la bisabuela su varita como quién le solicita el documento de identidad.
- ¡Es un placer verla, señora Lynch! – Nona Nilda, con serenidad, abrió su cartera y sacó la varita de platino. El duende sonrió de oreja a oreja.
- ¡Igualmente, Lawrence! ¡Te presento a mi bisnieta Marijazmín Kapatelis Prince-Lynch!
- ¡Mucho gusto, señorita! – el duende hizo una gra­ciosa reverencia, al tiempo que de su chaleco extraía un dulce. - ¿Un caramelo élfico?
-¡Gracias! Nunca los probé.
- Tienen la cualidad de saber y durar lo que tú quie­ras, de ese modo, nunca se desperdician. ¡Ah, y no quitan el apetito! De manera que podrá usted cenar con sus padres y no la reprenderán por comer golosinas.
- ¡Genial!
- Pasen por aquí, por favor. – Lawrence nos siguió por el lugar hasta las bóvedas - ¿Va usted a retirar oro, Lady Lynch?
- La cantidad usual, Lawrence. Y quisiera que mi bisnieta disfrute de una visita guiada por todo el banco, si no es demasiada molestia, claro.
- La pequeña está creciendo, es bueno mostrarle que los magos no sólo viven de la magia, sino que también se dignifican con el trabajo duro, será para mí un placer acompañarla. – mientras la Nona Nilda hacía trámites, yo recorría cada rincón del banco. Una hora más tarde, volví con la bisabuela y salimos para hacer compras y almorzar.
- Tenemos las mismas tiendas que en el mundo mortal y las propias del mundo mágico. Por ejemplo, en esa esquina de tu derecha se venden mascotas mágicas. Al lado, hierbas y demás insumos para pociones, luego puedes ver un bar y un spa, que inauguramos la semana pasada, una tienda de túnicas y uniformes y la casa del fabricante de varitas, allá tenemos que ir.
- ¿Se te descompuso?
- No, tesoro. Voy a dejarle materia prima.
- ¿Materia prima? 
- Las varitas no sólo son de madera o metal noble, ¿recuerdas lo que te enseñé? Son huecas y llevan un elemento mágico en su inte­rior.
- ¿Como qué?
- Arterias de dragón, plumas de cola de fénix, crines de unicornio y... cabellos de Veela.
- ¿Te van a cortar el pelo?
- Sólo un mechón.
- ¡Ahh!
- Y de paso... tomaré una taza de té con un viejo amigo.
- Es una buena idea.
- Si estás cansada, podemos irnos temprano...
- No, para nada.
- Bueno, termina el helado y vamos para allá.
- Sí... – me tendría que comprar toneladas de papel para escribir y describir cada lugar que visitamos ese día, pero lo peculiar fue la manera en que volvi­mos a casa, después de ir al Spa, más precisamente cuando ya nos retirábamos de ahí. El centro de esté­tica está atendido por Veelas, ¡y adiviná qué! ¡La dueña es una prima lejana de Nona Nilda! Así que estuvimos un largo rato y hasta me hicieron un trata­miento en el pelo, que según la nona, es carísimo. 
              Como te decía, a la hora de irnos, supuse, como cualquier persona, que saldríamos por la misma puerta por la que entramos, pero me equivoqué: subimos a una especie de desván en el que había un gran espejo de plata bruñida, igual al que está en la parte interior de la puerta del armario de nuestro dormitorio. La prima de la Nona Nilda me explicó que el viaje a través del espejo es un privilegio que sólo las Veelas poseemos y se hereda el espejo de una generación a otra. Después de la larga historia que nos contó, nos invitó a pasar por el espejo y nos dijo que podíamos volver cada vez que quisiéramos. Todo fue muy rápido, tanto como atravesar una puerta hacia otra habitación, en un segundo dejamos el spa y regresamos a casa. Aparecimos en el interior del armario del que salimos muertas de risa.
- Nona, por el espejo de adentro se va al shopping, y por el de afuera, ¿adónde se llega?
- A la puerta del colegio de hechiceros, del que fui directora hasta que tú naciste.
- ¿Te jubilaste?
- Quise hacerme cargo personalmente de tu educación, hasta que tuvieras la edad para ingresar.
- ¿Voy a ir a la escuela de Hechiceros?
- Cuando aprendas lo suficiente en el colegio del reino de los mortales.
- ¿Y para eso falta mucho?
- Depende de ti. Y de lo rápido que avances.
- Voy a aprender tan rápido, que no lo vas poder creer, ¡lo prometo! – y esa no fue una promesa vana. Jamás dejé de cumplirla.

Comentarios

Entradas populares de este blog

El Espejo de Plata

El Espejo de Plata

El Espejo de Plata