El Espejo de Plata
Febrero 5
Querido Diario:
Los
suministros de medicamentos, vendajes y elementos ortopédicos llegarían a la
casa de Lissa en dos días, para entonces, la camioneta tendría el aspecto de un
O km. Eso me ponía muy contenta.
Las clases
se habían vuelto monótonas, pero no era para preocuparse.
La que se
estaba poniendo insoportable era Vanessa Shaw. No hacía otra cosa que
coquetearle a Ian, y encima se rumoreaba que fuera del colegio eran novios.
Obviamente, ella no desmentía nada y se abusaba de todo eso. Paralelamente,
sus calificaciones bajaban al mínimo indispensable para aprobar las materias.
Con frecuencia, la celadora de tutoría le daba tarea extra, que por supuesto
ella nunca cumplía y sólo se lo veía en la biblioteca, si sabía que Riccardi
estaba ahí. En una de esas ocasiones tuve que darle una lección.
Ian estaba trabajando en un mapa del reino
mortal, para darme una mano con la organización de los viajes, cuando Vanessa
irrumpió en la sala de lectura.
- ¡Ay, no! – suspiró Ian - ¡Se terminó la tranquilidad!
- Andá para la otra punta y buscá el Globo Terráqueo Mágico.
- ¡Listo! – las chicas se le fueron al humo, de todos modos. Ni
yo podía explicarme cómo hacían para moverse tan rápido. Vanessa lo acorraló
contra una estantería.
- ¡Hola, lindo! ¿Estudiando Geografía Cósmica?
- No te interesa… por favor, déjame pasar, tengo poco tiempo.
- ¿No me vas a saludar, amor? – y le plantó un beso
cinematográfico. Delante de mi vista. Era demasiado. No se iba a quedar así.
Hacía mucho tiempo que no perdía el control de mis poderes, pero esa mañana, me
alegré de que sucediera: le reventé la mochila a Vanessa y todos sus libros se
desparramaron por el suelo. Incluyendo los que su padre había hechizado con el
conjuro de Libro Responsable…
- “¡Ponete a estudiar! ¡Estudiá, pedazo de burra! ¡Estudiá!
¡Nunca vas a ser alguien, si yo sigo cerrado! ¡Estudiá, burra, estudiá, te digo!”
– el enfurecido ejemplar le golpeaba los tobillos y la empujaba hacia los
escritorios, mientras yo me desternillaba de risa. Tanto fue así, que me tuve
que ir porque estaba molestando a los demás.
- ¿Qué pasó, Marijazmín? – preguntó Lissa, intrigada.
- ¡Shaw!
- ¿Qué le hiciste?
- La verdad… comparado con lo que le hizo su propio padre,
¡nada! – y le conté, con lujo de detalles, lo que acababa de pasar.
- ¡No te puedo creer!
- No, si es de cuarta, ¿no te lo digo siempre?
- ¡Sí, sí!
- ¿Estuvieron mirando los mapas?
- Ian se quedó en la biblioteca trabajando en eso. Le dejé la
lista que me dio el Primer Ministro.
- ¡Buenísimo!... che... te estás llevando muy bien con Riccardi,
más allá de que está agradecido y toda esa movida del castigo del padre... ¿qué
onda?
- Formalidades burocráticas. Sin él, este proyecto tendría
demasiadas trabas legales.
- ¿Seguro que es solamente eso?
- Tengo diez años, ¿te parece que puedo contra todo ese ganado
bovino?
- ¡Hmm!... ¿honestamente?
- Sí, honestamente.
- ¡Vení! – Lissa me llevó frente al espejo, me soltó el pelo y
me obligó a probarme su mejor vestido de fiesta - ¿Qué me decís ahora? Si nadie
mira tu DNI, ¡claro que podés contra el resto! ¡Les pasas el trapo! ¡Y no me
salgas con que Riccardi no te gusta, porque ni vos te lo crees!
- Igual… no voy a hacer nada que me haga quedar como una de
ellas… demasiado tengo con adaptarme todos los días a los cambios en mi cuerpo
y a los poderes que crecen más de lo normal. – respondí atándome de nuevo el
cabello.
- Problemático…
- Sí… ¿vamos a Transformaciones? Está por tocar el timbre.
- ¡Cierto!
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