El Espejo de Plata


Enero 3


Querido Diario:

              Guardo demasiados secretos desde que Nona Nilda se fue, entre otros, que soy la única heredera de la fortuna que hay en el banco mágico, que nadie debe vender ciertas cosas que hay en la casa, y obviamente, que hay una guerra entre magos oscuros y el Ministerio de Gobierno Mágico.
            El día que murió Nona Nilda creí que moriría con ella. Lo había intentado todo, mi magia había avanzado más de lo normal con el excesivo uso ilegal que estaba haciendo de ella por ser menor de edad. El Primer Ministro de Gobierno Mágico me tuvo mucha consideración, pero temía por mi salud mental. No pude salvar a Nona Nilda. Se llevaron su cuerpo por veinticuatro horas, para rendirle los honores que merecía. Todo se registró y quedó a buen resguardo en las bóvedas del Ministerio. Tengo recuerdos muy vagos del funeral: el ataúd era transparente lleno de flo­res blancas, el desfile de las Veelas y los elfos que la conocieron... me tuvieron que dar una poción de sueño para que descansara varios días. No me dejaban volver a casa. Tenían cosas que hacer.
            Muy a pesar de mi enorme tristeza, la vida tenía que seguir su curso. Como una suerte de “consuelo”, el Consejo de Magos se reunió y me citó, para hacerme un reconocimiento: me declararon ofi­cialmente “Bruja” a los siete años. Algo que sólo debería suceder diez años después. De todos modos seguía sin poder hacer magia con varita hasta mi mayoría de edad. Pero para todo el reino, yo era el único miembro del linaje Lynch con poderes mágicos.
            La otra cosa importante era el testamento de Nona Nilda, del cual sólo yo sabía que existían dos copias: una en papel y otra en per­gamino. Cuando se leyó el que estaba en manos de los abogados de la familia, se armó un escándalo tremen­do. Me sacaron desmayada del estudio y estuve inter­nada varios días. En esa ocasión no perdí el control de mis poderes, porque la poción que me habían admi­nistrado, los retenía hasta que pasara el período de duelo. Los magos venían a visitarme y de a poco me fueron informando de todo lo que iba a ser mío a los diecisiete años y de las cosas que mientras tanto tenía que proteger del resto de mi ambiciosa familia.
            Para el momento de abrir el testamento, ya no quedaban joyas en la enorme caja fuerte de la casa. Afortunadamente, no eran sino baratijas al lado de lo que se guardaba en el arcón de los recuerdos de la Nona Nilda. Todo ese tesoro todavía hoy está intac­to gracias al encantamiento de protección para las pertenencias de los magos menores de edad.
            Cuando me atreví a abrir ese baúl por primera vez, sólo encontré varios libros de hechizos y la varita de platino, las únicas cosas que el pro­pio Primer Ministro me dejó usar. A medida que fui creciendo, las otras cosas fueron apareciendo, como si fueran premios a mis esfuerzos y a mi dedicación al estudio. Cosas de un valor incalculable. Varias veces, mis tíos trataron  de venderlas a mis espaldas y no pudieron, obviamente, por los encantamientos que la propia Nona puso en ellas como protección. Desde ese momento, no se atrevieron ni a mirarlas.
            Además de brillantes del tamaño de un puño, dentro del arcón, hay túnicas de seda y vesti­dos de fiesta realmente maravillosos, de hecho, usé uno para mi primer baile formal y otro para la gra­duación en el reino mortal. 
            Lo que sí quisieron vender mis tíos fue la varita de platino...
- Es una joya familiar. – aclaraba mi madre
- Para nada útil, no es parte de nada en esta familia, no sé para qué la guardás con tanto cuidado, ya nadie la va a usar.
- Eso no lo sabemos. Además le debo demasiado a mi abuela para hacerle semejante cosa. Gracias a esa varita es que pudimos tener un techo y una familia numerosa. ¡Ni pensar! Es una cuestión de honor.
- ¡Nos darían una fortuna por ella! – insistía el tío Waldemar.
- No es algo de gran interés en las casas de remate. – retrucaba mi mamá.
- ¡Pero, Nereida! ¡La mandamos a fundir en una joye­ría y listo! ¿Para qué complicarse tanto?
- ¡¡Yo no quiero que se vendan las cosas de mi Nona Nilda!! – grité saliendo de abajo de la mesa - ¡¡Ella me las dejó y lo sabés, pero no te importa así como nunca te importó nada de ella que no fuera su plata!! ¡¡Vos y la tía Dejaneira son los dos iguales!!
- ¡Marijazmín, calmate, hija! Ya le dije que la varita no se vende, ¡y no se va a vender! 
            Esa noche, cuando todos dormían, saqué del arcón el libro de hechizos y me dirigí a la sala de trofeos, en donde habían expuesto la varita. No tuve problemas para retirar el cristal que la cubría, porque, como es de saber para cualquier mago, semi­mortal o cualquier persona relacionada con la magia, los objetos mágicos anulan cualquier aparato electró­nico, de modo que la alarma no sonó. Tomé la varita y con el libro abierto, generé una copia exacta de la misma.   
               Como apenas tenía siete años, el encantamiento sólo podía durar hasta que alguien quisiera tocarla, cosa que sucedió una semana más tarde, cuando el tío Waldemar quiso robarla y sonaron todas las alarmas de la casa y en cuestión de minu­tos, en la entrada de la mansión no había lugar para un policía más, hasta helicópteros habían venido. El robo se denunció, y como yo otra vez estaba internada con depresión, nadie me acusó. Pero la varita estaba a salvo en el arcón de la bisabuela, cubierta de peluches y juguetes en el que por varios años fue mi dormitorio.

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