El Espejo de Plata


XII – Los Riccardi


Enero 31


Querido Diario:

               Seguir las instrucciones del rector im­plicaba siempre discutir con la bibliotecaria, quien insistía en acompañarme a buscar el dichoso libro. Perdí media hora tratando de convencerla de que ni con una escoba se podría llegar hasta allá arriba, por falta de espacio, y ella era demasiado anciana para subir la escalera de caracol. Pero lo que no podía decirle era que al pie de esa misma escalera, dentro de un armario – no podría ser de otro modo – había un espejo veélico. Por tradición está prohibido revelar su ubicación a quien no sea de nuestra raza, particularmente si el espejo no tiene dueña. Al fi­nal, la bibliotecaria me dio el permiso.
           Caminé hasta el pie de la torre y separé determinada cantidad de libros para dejar al descu­bierto la puerta, que se volvió espejo ante mi pre­sencia.
- ¡Estoy creciendo!... REFLEXUS VEELA. – en un paso estuve cara a cara con la estantería que buscaba… y con el último libro. Era parecido a los de mi bisa­buela, o al menos de la familia Lynch. Había un fénix dibujado en el lomo y a diferencia del resto de los ejemplares, no estaba cubierto de polvo ni telarañas. Como si fuera consultado con asiduidad, sin embargo, bien pronto descubrí que no podía moverlo de su lu­gar, lo cual me intrigó sobremanera.
- (“¿Cómo voy a ayudar a Ian, si no puedo leer el libro?”) – pensé. No podía pasar esa noche sin solu­cionar el problema – (“¡Pensá, pensá! ¡Hay que reti­rar ese libro!”) – miré con detalle el lomo labrado en oro minuciosamente – (“ Es un fénix y justamente el dibujo es lo más limpio del libro… y si… Debería probar…”) ¡Nixie, te necesito! – del rubí de mi bra­zalete, el ave de fuego voló hasta el libro y allí se instaló de la misma manera en la que suele hacerlo en mi brazalete de la Vida. Los ojos azules se encendie­ron como lamparitas de celular y una voz exclamó:
- Linaje auténtico, Casa Lynch, Raza Veélica. Autorización completa. El cuaderno de la creatividad puede ser abierto. – y en efecto, luego de oír esas palabras, pude retirar el volumen. Era del tamaño de un fichero de actas, las tapas estaban hechas de oro puro con ornamentos de platino y la autora era nada menos que la mismí­sima Laureen Lynch. Las páginas eran otra maravilla de la magia Veélica: manuscritas con tinta de plata, renglones de oro y márgenes de platino, el borde de cada hoja también estaba trabajado en oro. El papel parecía de seda y cristal, no llegaba a ser transpa­rente, por lo que era un poco difícil leerlo. Lo cerré y pasé nuevamente por el espejo y retiré el ejemplar como correspondía.
            Terminada la cena en el comedor, subí a los dormitorios y me puse a leer, o al menos inten­tarlo. Al principio me volví loca, ese papel traslú­cido era una pesadilla. Pero estaba hecho para que una Veela lo leyera, de modo que debía existir un método para hacerlo. Y lo más sabio que se me ocurrió fue consultar a su autora. Con determinación, me dirigí al cuadro de Laureen…
- Buenas noches, Señora Laureen…
- ¡Oh! ¡Buenas noches, pequeña! Hace tiempo que nadie se dirige a mí con tanta amabilidad. En realidad, ¡nadie se dirige a mi!
- Lo lamento… debe sentirse muy sola.
- No del todo, me entretengo charlando con el resto de las pinturas. Dime, ¿en qué puedo serte útil?
- Necesito poder leer este libro…
- ¿Tan pronto lo necesitas? Debe ser algo importante…
- Debo impedir una injusticia.
- Suena serio… ¿De qué se trata?
- Un compañero fue castigado por su padre…
- Debe tener sus motivos.
- Básicamente, se enfadó porque… le gané en un duelo…
- Ajá…
- Luego de que se terminó el efecto del hechizo, lo mandaron a su casa una semana con orden de reposo absoluto. Sigfrid me pidió que por favor le alcanzara cada día los resúmenes de las clases y así lo hice. Pero el padre me devolvió todo en una carta de rechazo. Fui a hablar con Sigfrid y…
- Te dio las instrucciones para hallar el libro de la creatividad. Si la decisión fue tomada por él, debo ayudarte.
- ¡Muchas gracias, señora Lynch!
- No hay de qué. El único método que existe para leer un libro veélico, es creando una pequeña nube artifi­cial. Debes tomar tu varita y sostenerla en posición vertical, luego debes hacerla girar lentamente hasta que veas un pequeño hilo de vapor, amplía el diámetro del giro hasta que te cubra, deja la varita flotando en el centro. Serás atraída por la pequeña nube, en ese momento deberás abrir el libro y dejarte llevar, sólo así lo podrás leer.
- Entendido. ¡Mil gracias!
- ¡Buena suerte, pequeña Veela! – la gran dama se retiró hacia el interior de la pintura.
            Me pareció prudente hacer el conjuro de la nube en forma privada, así que fui al dormitorio de las Veelas. Llegar a lo que necesitaba me tomó varias horas, encontrar la solución adecuada parecía complicado y supe que no podría sola con todo. Tenía que hacerle llegar a Ian la información, pero no podía transmitirla a través de una carta. No me ser­vía ningún medio escrito y eso empeoraba las cosas. Tampoco podía encontrar ejercicios telepáticos… tenía que ser una poción. Casi al final del libro descubrí que justamente mi bisabuela había desarrollado una receta de cocina veélica-élfica que servía para estos casos, incluso resolvía el problema de la alergia de las sirenas hacia la comida élfica.
            En plena madrugada, fui a la cocina. Gloomie me estaba esperando con todos los elementos listos, no necesité decirle una sola palabra. Hasta me dio varias instrucciones.
- Señorita Kapatelis, este es un trabajo muy delicado y muy agotador para cualquier elfo doméstico.
- ¿Estás seguro de que querés hacerlo, Gloomie?
- Debo obedecer.
- No voy a obligarte a nada, Gloomie. Sólo estoy solicitando una ayuda. En cuanto tu salud esté en riesgo, nos detenemos.
- Gloomie hará lo que su amita necesite.
- Y su “amita” hará lo mismo con Gloomie. – prometí, tomando el rostro de Gloomie con ambas manos – Comen­cemos.
- Bien, lo primero es decidir qué plato enviará, señorita.
- Deberá ser algo discreto y más bien infantil… ¿ga­lletas dulces?
- Muy buena idea, señorita Kapatelis. ¿Tiene usted aquí sus libros y cuadernos?
- Sí.
- Ábralos en las páginas que ha utilizado. Cuéntelas y cuando la masa esté lista, deslice su varita sobre los textos. Luego yo amasaré.
- En eso te puedo ayudar…
- No será necesario.
- Pero me gusta. ¡Me gusta cocinar!
- Como usted diga, señorita Kapatelis. – las galletas estuvieron listas para la hora del desayuno. Antes de cerrar el paquete, coloqué un mensaje en cristal de azúcar veélico y envié todo a través de Brisa.

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