El Espejo de Plata
Enero 27
Querido Diario:
El señor Riccardi se había llevado
a Ian esa misma mañana, con grandes espamentos, haciendo gala de su opulencia.
Más tarde, me enteraría de que no todo era como parecía.
Lissa se mareó un poco con el viaje
a través del espejo, pero la vista del paisaje y la atención de las Veelas la
recuperaron enseguida.
-
¡Es maravilloso todo, Marijazmín! ¡El lugar, el ambiente, la atención, la
comida!
-
¡Sí!
-
¿Tenés primas por todo el mundo?
-
Es una cuestión de raza, no todas son parientes, pero en este caso, sí.
-
Debe ser lindo vivir en la abundancia… - los ojos de mi amiga se llenaron de
lágrimas.
-
Como todo… ¡Dale, comé, que el Chao Fan está delicioso…! - mi cabeza ya
trazaba una solución para la situación económica de la familia de Lissa.
Cuando terminamos de almorzar,
salimos de shopping. Hicimos varios viajes por el espejo: Londres, París, Roma,
Nueva York, Miami… nos surtimos de todo lo que nos gustaba y todo era por
partida doble, para mí y para Lissa. Por dentro, yo sentía una imperiosa necesidad de cubrir esas carencias materiales, que era
evidente que la hacían sufrir mucho.
A media tarde, llamé a casa para
pedir permiso para llevar a Lissa a dormir esa noche y pasar el sábado en casa.
-
“Sí, hija, ¿cómo no? Que se sienta como en su casa.”
-
¡Gracias, pa! ¿Vas a estar?
-
“Un rato al mediodía y después al final de la tarde, así conozco a tus
amistades.”
-
¡Perfecto!
-“Hasta
luego, hija.”
-
Nos vemos… - cerré mi celular, más que extrañada ante la respuesta relajada y
positiva de mi padre, algo que no esperaba ni en mis sueños - ¡No sé qué bicho
le habrá picado, pero está de muy buen humor hoy!
-
¡Mejor! ¿No?
-
¡Ajá!
-
¿Sabés de qué me olvidé? – preguntó Lissa cuando acabábamos de cruzar el espejo
y salíamos del interior del armario de Nona Nilda.
-
No.
-
Necesito un uniforme nuevo…
-
No te preocupes, eso lo vemos mañana, ahora las tiendas están cerradas.
-
¡Tenés razón! ¡Es que ni la hora miré!
-
¡Sí! Nos entusiasmamos comprando y se nos fue el tiempo.
-
Ya veo…
-
Vení, pasá por acá con cuidado que parece que mis cuñadas otra vez me revisaron
el dormitorio y dejaron todo tirado. Esta es mi habitación, chiquita pero
confortable.
-
Es lo que estaba viendo… una suite.
-
Sí… Ponete cómoda, que yo voy a ver si está mi mamá.
-
¡Dale! – abrí la puerta y miré hacia ambos lados. Mi madre estaba en el living
mirando televisión y haciéndose un baño de pies. Gloomie ya se había puesto a
cocinar.
-
¡Hola, ma!
-
¡Ah, llegaste! Tu sirviente me dijo que venías con visitas.
-
Sí, mi amiga Lissa. Se está cambiando el uniforme, enseguida baja.
-
¿Y desde cuándo me tengo que enterar por el personal doméstico de las cosas
que pasan en mi casa?
-
Lo hablé con papá, supuse que te lo había dicho…
-
Tu padre ni siquiera pasó por casa todavía.
-
Yo lo llamé, pensé que por lo menos un mensaje te iba a mandar. ¿Revisaste tu
celular?
-
Ni siquiera lo sé prender…
-
¡Hhhh!... A ver… - reprimiendo un comentario fastidioso, tomé el aparato y lo
prendí – Nueve mensajes te mandó. Y en todos te avisó de la visita de Lissa.
-
Escuchame una cosa… - empezó a decir mamá, para cambiar de tema – es muy…
¿elegante? ¿Me cambio de ropa yo también?
-
Sé natural.
-
Ahh… es más humilde que nosotros, ¿no?
-
Y… Sí. Pero tiene su orgullo. Como toda bruja.
-
Bueno, parece que ya va a estar la cena.
-
Perfecto. Me saco yo también la ropa del colegio y bajamos las dos.
-
¡Las espero en la mesa! – subí las escaleras nuevamente y encontré a Lissa
curioseando la computadora.
-
Mi mamá tuvo que aprender a manejar uno de estos aparatos. – dijo cuando entré.
-
Ajá. ¿Tenés en tu casa?
-
No. No hay nada de tecnología mortal. Cuesta mucho dinero de este reino.
-
Ok. Vamos a tener que hacer una lista de cosas que hagan mucha falta en tu
casa, ¿sí?
-
Mi mamá se va a enojar…
-
No lo creo, vamos a ir de a poco. Lo primero va a ser ir a tu casa y ver cómo
arreglar cada cosa.
-
Te estás tomando demasiadas molestias…
-
¡Shh! ¡No quiero volver a escuchar esa frase! ¿Ok? Bajemos.
-
¡Está bien! – casi rezongando, Lissa me siguió al comedor.
-
¿Mamá? Ella es Lissa, Lissa, mi mamá…
-
¡Encantada de conocerte, corazón! Sentate donde quieras.
-
Gracias.
-
¡Qué pelo largo y hermoso! – exclamó mamá, mirando la trenza negra de mi amiga,
que llegaba más allá de sus muslos.
-
Mi madre no me deja cortármelo.
-
¿Por qué?
-
A ella, mi abuela se lo mantenía corto, apenas debajo de la barbilla, y para
castigarla, la rapaba.
-
¡Qué cruel!
-
Bastante. Cuando se independizó, recién se pudo peinar como ella quiso. Por
eso, cuando nació mi hermana mayor, mamá prometió que sus hijas iban a llevar
el pelo largo.
-
Entiendo. – pasamos la sobremesa hablando de trivialidades y cerca de la
medianoche, nos fuimos a dormir.
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