El Espejo de Plata


Enero 6


Querido Diario:

            La vida entre los mortales se me estaba haciendo un martirio. Casi no dormía, seguía pacien­temente los regímenes de los médicos para mantener mi peso, estudiaba para no comer ni dormir, en cuanto subía de peso por la noche, me levantaba y me ponía a hacer ejercicio o baile.
            Para colmo, el resto de la familia seguía viviendo de las ganancias de los negocios de papá... y de la reserva del banco que tenía la Nona  Nilda...
- ¿Otra vez pidiendo plata, vos? – protestaba mamá.
- Las cosas están mal en todos lados, Nereida...
- ¿Por qué no te ponés a trabajar, tío? Sos joven... – más que preguntar, reproché.
- ¿Quien te dijo a vos que yo no trabajo, ¡mocosa impertinente?!
- ¡La Nona Nilda! Ella siempre te dio todo lo que le pedías, porque te quería mucho y vos te aprovechaste de ella toda la vida. Siempre lo supo y se calló la boca... pero yo no. Vos de acá no te vas a llevar un centavo más, mientras no te lo merezcas...
- ¿Y vos quién sos para decirme eso?
- ¡La heredera! Te lo recuerdo, por si se te olvida que estuve presente cuando se leyó el Testamento... – el cachetazo fue lo último que soporté, pero lo que me dijo después fue lo que me descontroló.
- Los testamentos se pueden impugnar, y vos sos menor de edad, hasta los dieciocho no vas a ver ni un co­bre... Nunca voy a entender por qué esa vieja tacaña testó a tu favor...
- Porque tengo lo que se necesita para honrar la tradición familiar.
- ¡¿Alguien que no levanta un metro del suelo?! ¡No me hagás reír!
- ¿De veras lo querés comprobar?
- ¡Waldemar, basta! – intervino mamá, que se veía venir la hecatombe.
- ¡Vos callate, si tu hija nunca te importó!
- ¡¿Cómo te atrevés a decir semejante mentira?!
- ¿Qué? ¿Me vas a decir que la buscaste? Si la memo­ria no me falla, a esa “clínica”, te acompañé yo...
- ¡Te vas de esta casa! ¡Ya! – mamá estalló y no fue la única.
- ¡Si no te vas, te muestro por qué soy la heredera!
- ¿Qué, me vas a pegar?
- ¡Te voy a estrellar contra el techo y vas a colgar de la araña! – no terminé de hablar, que mi tío voló por el aire y quedó suspendido de una pierna con el pantalón enganchado en uno de los brazos de la araña de cristal de roca.
- ¡Bajame, bajame, bruja!
- ¡Como mi Nona Nilda y a mucha honra!
- ¡Bajalo, Marijazmín! ¡Por favor! – rogó mi mamá. Aterrada.
- Si lo bajo, no vuelve a pisar esta casa. Y vos sabés que puedo cumplir. Si le quieren dar plata, que salga del bolsillo de papá. De la Nona Nilda no va a ver ni la sombra de un centavo...
- Está bien. Pero, por favor, bajalo...
- Bueno, pero no va  a asomar ni el pelo por esa puerta en mucho tiempo. – mi bronca lo descolgó y lo sacó flotando por la puerta de servicio, tirándolo entre las bolsas de basura.
- Mirá, Marijazmín, - empezó a decir mamá – yo en­tiendo que estés enojada, pero ya se te fue la mano.
-Insultó a la Nona Nilda, cuando fue ella la que le compró todo lo que tiene, ¡mirá! – señalando la puerta de mi dormitorio, atraje todos los papeles y títulos de las propiedades a nombre de la Nona Nilda, que ella misma guardaba en su escritorio – El coun­try, los tres autos, los caballos de carrera, el yate, el departamento de Palermo y la casa de Punta del Este... todo lo compró la Nona Nilda...
- ¿Qué cosas compró la abuela? – preguntó papá, lle­gando.
- Lo que está arriba de la mesa, papá.
- Pero... estas son las cosas que tiene Waldemar...
- ¿Qué? ¿No lo sabías? ¿O es que tan poca bolilla le dabas a una vieja de 125 años? – protestó mamá.
- No tenía idea... siempre pensé que era un empresa­rio exitoso...
- Y encima vino acá...
- ¿A qué?
- A pedir plata, obvio, pa...
- ¿Y ustedes qué hicieron?
- Mamá, nada. Yo me puse loca y lo colgué de la araña. Después mamá lo echó. Y fue a dar a la basura, su elemento.
- ¡Pavada de personalidad, la que sacó mi hija!
- ¡Kapatelis! – ironizó mamá.
- ¡Ay, mamá, no empieces!!
- ¿Querés ir de shopping, mi amor?
- ¡Sí!
- Tomá. Comprate una computadora.
- ¿Con toda esta plata?
-¡Que sea la mejor!
- ¡Ok! – cuando salí, la discusión entre mamá y papá siguió.

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