El Espejo de Plata


VIII – La Carta del Colegio de Magia


 Enero 12


Querido Diario:

              No todos los días una se despierta con el canto de un ave en su ventana… y menos con el graznido de un águila.
              La mañana en la que llegó la carta del Colegio, Gloomie me estaba sirviendo el desayuno, mientras yo me desperezaba en la cama.
- ¡Hmm! ¡¿Qué es eso, Gloomie?! – pregunté, entre sorprendida y asustada.
- ¡Oh, Cielos! ¡Correo del Ministerio de Gobierno Mágico, Señorita Kapatelis!
- ¡Rápido, abrile la ventana! – Gloomie obedeció, y sin siquiera aterrizar, la descomunal águila atravesó la habitación y dejó un sobre encima del armario. Luego se quedó en el marco de la ventana, serena y majestuosa - ¡A ver!... son dos cartas… ¡Leélas vos, Gloomie! ¡Me pone muy nerviosa esto!
- ¡Bien, señorita Kapatelis!


Estimada señorita Kapatelis:
                                              Nos satisface en extremo informarle que en una excepcional decisión del señor Primer Ministro de Gobierno del Reino Mágico, usted ha sido beneficiada con una vacante en el Colegio Sparkle para Hechiceros y Brujas. Se le hace saber también, que el ciclo lectivo se iniciará el día 1 de Marzo. Con gran placer, la estaremos recibiendo.
Sin otro particular, le envío mis salutaciones.
Samantha Fletcher
Vice Rectora.

- Ahora la segunda…
- Veamos… Aquí está. Es un saludo del Señor Director…


Querida niña:
                      En recuerdo de los años compartidos con su bisabuela Nilda, me he tomado el atrevimiento de enviarle un ave para sus servicios de correo. 
La espero el primer día de clases y mucho me agradaría tener una breve charla con usted en mi oficina.
Afectuosamente,
Sigfrid Mc Cleod
Rector Decano del Colegio Sparkle
Para Hechiceros y Brujas.

-¡Wow! O sea que me regaló el águila… y hay que po­nerle un  lindo nombre… hmmm… es muy hermosa…
- Debería ser algo relacionado con el viento…
- Y con la belleza… ¡Brisa!... ¿Te gusta ese nombre, amiga?... ¿Sí? ¿Te gusta?
-Así parece, señorita Kapatelis.
- Bien. Le responderé al director, antes de que mi mamá se levante.
- Dese prisa, señorita Kapatelis. Brisa no debe ser vista por ningún mortal. Las instrucciones están en el sobre.
- ¡Ya está! ¡A ver! Brisa, llevá esta respuesta al rector Mc Cleod, por favor. – el pájaro partió de inmediato.
- Estoy revisando la lista de compras. Si usted quiere, me hago cargo de todo. Pero habrá que ir al banco…
- Lo haremos a la hora de la siesta, cuando todos estén dormidos.
- ¿Qué vas a hacer cuando estemos dormidos? ¡Nada de magia! ¡Lo tenés prohibido!
- Bueno, mamá. Te hago caso. Nada de magia. La hela­dera no anda. Desde Julio cortaron el gas por falta de pago, mañana nos cortan la luz, por el mismo motivo. No tengo Internet, la semana pasada cortaron el telé­fono… nada de magia… no sé con qué vas a pagar las deudas de la casa… 
- ¡No te soporto! – mamá se fue, dando un portazo.
- Bien, eso resuelve un problema.
- ¿Qué me dice de su señor padre?
- Llegará tarde en la noche… y si no nos apuramos, encontrará la casa a oscuras… ¿nos vamos?
- Como usted diga, señorita Kapatelis… - Gloomie me siguió a través del espejo del armario y una vez en el reino mágico, fuimos directo al banco. Esa iba a ser la primera vez que retirara oro por mi cuenta, con la carta del colegio a modo de autorización, ya que no contaba con mi licencia de bruja y sólo los magos tenían acceso allí, los semimortales, aunque fueran nietos de brujas, sin poderes comprobables no podía  entrar. 
           La bóveda familiar era todavía más grande de lo que yo imaginaba, y contenía, además de lingotes de oro y monedas antiguas, joyas, obras de arte, pieles de animales mágicos… y los títulos de propie­dad de todas las fincas de ambas familias, Lynch y Kapatelis.
- ¿Va usted a retirar solamente oro, señorita Kapate­lis? Las cosas han evolucionado mucho, su bisabuela era ultra conservadora, pero si usted desea, podemos otorgarle una tarjeta de crédito mágica para que realice sus compras escolares.
- ¡Impresionante!
- Para eso debe usted contar con una varita propia o heredada.
- He traído la de mi bisabuela… - dije, extrayendo la varita de platino.
-¡Oh! ¡Claro! Podemos registrarla provisionalmente, hasta que usted tenga la suya. ¿Me permite? – el administrador del banco se llevó el adminículo y en pocos minutos regresó con la tarjeta, pergaminos y pluma – Dispense mi demora, señorita Kapatelis, ten­drá que llenar estas formas.
- A ver…
- Aquí le extiendo un catálogo con los lugares que están habilitados para sus compras, incluyendo algu­nas tiendas del mundo mortal.
- ¡Wow! ¿Intercambio cultural?
- Necesidad cada vez más frecuente. El reino mágico está sobre poblado, cada año, más de los nuestros se integran en empresas de mortales.
- Aquí tiene… deben haber trabajado muy duro…
- Efectivamente.
- Voy a necesitar algunos bienes de la bóveda. Deudas urgentes.
- Comprendo. Tengo una solución práctica para esos casos. Cortesía del banco, para los clientes impor­tantes como usted, señorita Kapatelis – dijo el duende, extendiéndome un pequeño pergamino sellado con lacre.
- ¿De qué se trata?
- Un conjuro restaurador. Úselo para mantener y reno­var cualquier objeto en su casa: construcciones, muebles, vestimenta, plantas y flores.
-¡Estupendo!
- Eso le ahorrará muchos esfuerzos en el futuro.
- ¡Muchas gracias!
- ¿Qué es lo que desea retirar?
- Algo que pueda venderse como antigüedad en casas de remate…
- Sígame, por favor… pase usted por aquí.
- Gracias.
- Por esa cinta transportadora, pasarán todos sus objetos de valor, y podrá usted elegir el más ade­cuado.
- Sólo quiero ver los que no sean mágicos.
- Desde luego. – el duende bajó una palanca y las cosas comenzaron a desfilar: tapados de piel, vesti­dos, alhajas, muebles antiguos y objetos religiosos. Algunas obras de arte que los coleccionistas conside­raban perdidas estaban allí. Tuve que pensar muy bien lo que iba a hacer.
            La lista de compras de ese día iba a ser extensa. Me decidí por una escultura japonesa, un árbol bonsái tallado en cuarzo, tamaño natural. La llevó Gloomie a casa y la dejó dentro del armario, nadie debía verla o la malvenderían. Y eso era algo que no les convenía que sucediera.
            Lo primero que hice al salir del banco, fue ir a ver al fabricante de varitas, amigo de Nona Nilda.
- ¡Oh, pequeña! ¡Qué gusto me da verte! ¿Qué te trae por aquí? ¿Gustas un té?
- ¡Buenos días, señor Fridman! A mí también me alegra verlo. Vine a comprar mi primera varita.
- ¿Ha pasado ya tanto tiempo?
- Casi tres años desde que lo conocí.
- ¿Y ya necesitas varita? Debes ser muy poderosa.
- No lo sabré hasta que no aprenda en el colegio.
- He oído muchas cosas sobre ti, respecto a los últi­mos días de Nilda.
- La cuidé hasta el último minuto… murió entre mis brazos…
- ¡Oh, pequeña! ¡Qué triste historia!... Ven… tu varita aún no la he construido. Pero sí tengo el objeto mágico que formará el núcleo. Lo ha dejado Nilda para que madure, está por aquí…
- ¡Oh! ¡Tiene un altar con el retrato de mi Nona Nilda!
- Es un óleo mágico… ¡Puedes saludarla!
- ¡Nona Nilda! – apenas y podía articular la pala­bras, se me caían las lágrimas. No esperaba para nada una cosa así.
- ¡Mi chiquilina! ¡Tantos años sin verte! Me hace muy feliz que estés aquí.
- ¡A mí también!
- ¡No llores!... Mira debajo del cuadro…
- ¿Un bastón?
- No precisamente… es un estuche de roble. Contiene mi cabello primordial.
- ¿”Cabello Primordial”?
- La muerte me sorprendió antes de que te pudiera transmitir muchos de nuestros conocimientos que sólo deben ser legados de una generación a otra en forma oral. Uno de ellos es el secreto del Cabello Primor­dial. Las Veelas tenemos en el pelo la gran reserva de todo nuestro poder mágico.  El famoso Cabello Primordial crece en la tonsura, es el primero de todos que nace durante la gestación. A él fue a des­cansar toda mi magia cuando partí de esta dimensión material.
- ¡Asombroso!
- Más asombroso será lo que tú podrás hacer con todo ese poder, pequeña.
-¡Estoy abrumada!
- Señor Fridman, ya es hora de trabajar en esa va­rita. – ordenó la Nona Nilda.
- De inmediato, Madam. – ante mis ojos, el anciano hechicero transformó un trozo de madera de roble en una escultura (porque eso me pareció que hacía), y la dividió en dos, antes de enroscar delicadamente el cabello de mi bisabuela en una extraña “flecha” de platino muy delgada, para luego encerrarla entre las dos mitades de madera, finalmente, con un pase de su propia varita y un antiguo conjuro en un extraño lenguaje, el trabajo se selló y quedó terminado – Aquí la tienes, pequeña, pruébala.
- Es muy hermosa…
- Agradezco el cumplido, linda.
- Vamos a ver… siempre me gustó hacer esto… ¡SPAR­KLING! – pequeñas chispas de diferentes colores, formas y texturas, brotaron de la varita, para de­leite del viejo mago.
- He de reconocer que su bisnieta es mucho muy talen­tosa, Madam Lynch.
- Lo sé, lo sé… Marijazmín…
- ¿Sí, Nona?
- Tu nueva varita deberá tener al menos un año de uso, antes de que la puedas registrar en el banco.
- Es bueno saberlo.
- ¿Has retirado suficiente oro para la casa?
- El necesario para que no haya derroches, Nonita.
- Has sabido tener a mi nieto bajo control, ¿verdad?
- No lo dejé sacarme un centavo… por cierto, creo que hay algo de él que es importante que sepas.
- Te escucho.
- Últimamente he tenido que llevar siempre encima tu varita, porque ya van varias veces que la quiere robar para fundirla y vender el platino. No sé qué hacer…
- ¡Hhhh! ¡Este muchacho no aprende con nada!
- ¡Ya me di cuenta!
- Vamos a hacer una cosa.
- Sí, Nonita.
- Como vas a necesitarla, no te conviene dejarla en la bóveda del banco, sería un despropósito.
- ¡Obvio!
- Déjala en manos del Director Mc Cleod al menos durante este año.
- Estoy completamente de acuerdo con vos.
- Más tarde sí podrás llevarla al banco.
- Perfecto. Nona, ¿dónde puedo conseguir otro retrato tuyo?
- Hay unos cuántos… En la oficina del rector… en el despacho del Primer Ministro… en el Hospital General de Magos… la lista sigue…
- Quisiera uno para mí. ¿Se puede hacer? ¿Dónde con­sigo un pintor?
- Señor Fridman, ¿sería usted tan amable de…?
- ¡Desde luego!
- Mi chiquita, deberías irte ya, se te hará muy tarde para el resto de tus compras.
- ¡Hhhh! ¡Cierto! -  exclamé consultando mi reloj - ¡Hasta pronto, Nonita! ¡Te extraño mucho!
- ¡Estaré siempre cerca, lo prometo!
- ¡Gracias! ¡Te quiero mucho, Nonita!
- ¡Y yo a ti! – me costó un montón despedirme de la Nona Nilda y me sentí muy tonta al no habérseme ocu­rrido antes la idea de tener un óleo mágico suyo, pero fue por unos instantes. También me había dejado muy intrigada esa media conversación entre ella y el señor Fridman. Por no parecer impertinente, no hice preguntas al respecto. 
            Una vez que pagué mi varita, el señor Fridman me entregó otro pergamino y me indicó la dirección de una joyería mágica en la que debía en­tregarlo. Si antes estaba intrigada, ahora lo estaba más. Hacia allí me dirigí corriendo. Gloomie apareció en la puerta.
- Gloomie ha venido a ayudarla con los paquetes, señorita Kapatelis.
- ¡Muy a tiempo, Gloomie! ¡Ya tengo mi varita, me muero por mostrártela, es muy bonita! Ahora entremos a la joyería…
- Es una cueva de subastas mágicas, señorita Kapate­lis. ¿Por qué debemos estar aquí? – preguntó Gloomie una vez dentro.
- Tengo que dejarle este pergamino al dueño. Órdenes de Nona Nilda.
- ¡Oh, Gloomie ya recuerda! Parte de la herencia de la señorita Kapatelis está siendo enviada aquí desde antes de su nacimiento. Cuanto más pronto la retire, mejor será.
- Entonces lo haremos. Hay con qué pagar.
- Entre nosotros, señorita Kapatelis, esas cosas no tienen precio, no será una cuestión de oro u otros objetos de valor… - murmuró Gloomie, mientras llegá­bamos hasta el mostrador.
- Buenos días, señorita. ¿Qué se le ofrece? ¿Se ha usted extraviado? ¿Cómo puedo ayudarla?
- Buenos días. Vengo con un recado del señor Fridman.
- ¡Oh! ¡Era tiempo!
- Me ha dicho que le entregue este pergamino, que usted sabría qué hacer con él.
- Hmm… Entonces no se trata de lo que yo esperaba… parece ser todo lo contrario… un hechizo de cancela­ción de remate de los objetos veélicos… a menos que… - el joyero me miró a los ojos, como estudiándome y agregó – Sólo por seguridad, ¿podría usted descubrir su cabeza?
-Sí, claro. – yo tenía puesta una gorra de terciopelo azul, me la saqué y el dueño del lugar se quedó para­lizado.
- ¡Hados benditos! ¡Una niña Veela! ¡Y en territorio de magos! Por favor, póngase cómoda y tome de aquí cuanto desee.
- Se lo agradezco.
- No tardaré. – el mago se internó en la trastienda.
- Privilegios de su raza, señorita Kapatelis. – aclaró Gloomie sin que yo se lo pidiera.
- Eso veo. Hay muchas cosas hermosas.
- ¿Desea que le alcance algo?
- Hmm… es muy difícil decidir… la variedad es impre­sionante… todas estas cosas pertenecieron a magos que han fallecido sin descendientes mágicos, ¿verdad, Gloomie?
- Así es, señorita. Algunos son extremadamente pode­rosos.
- No hay objetos no mágicos aquí, entonces.
- No, señorita.
-Comprendo… - seguí recorriendo los anaqueles con la mirada, maravillada ante lo que descubría pulgada a pulgada, desde libros de Magia Avanzada, hasta cortes de tela que podían cambiar de color y textura en cuestión de segundos. De pronto, en un rincón igno­rado, algo comenzó a atraerme como un imán - ¡Qué hermoso!... ¿Qué será?
- Parece un nido… - comentó Gloomie al acercarse – de oro, plata y platino… ¡Con un huevo de Fénix en su interior!
- ¿A qué familia pertenece? ¿Querés fijarte?
- Enseguida, señorita… ¡Oh!... ¡Debe usted llevár­selo! Es del linaje griego de la casa Kapatelis. No sé cómo llegó hasta aquí, pero imagino que si su señor padre hubiese nacido con poderes, ésta debería ser su mascota de correo, como mínimo.
- Traélo. – me senté sobre un sofá de seda negro – En algún libro de la Nona Nilda deben estar las instruc­ciones para empollar ese huevo.
- ¡Hmf! ¡Ya regresé! ¡Vaya herencia!
- Todo eso se ve pesado para una sola varita…
- Lo es… casi no lo puedo hacer levitar.
- Tal vez con un bastón o reemplazando esa varita por una nueva.
- Uno le toma cariño a las cosas viejas… 
- Ya lo creo.
- Necesito su firma aquí, señorita. – el hombre me tendió el remito, una pluma y un tintero.
- Listo.
- Y un comprobante fehaciente de actividad mágica, por favor… - por la desconfianza en el tono de su voz, adiviné que el problema era mi corta edad para estar en la calle haciendo trámites que le correspon­dían a magos adultos.
- ¿Podría servir mi Carta de Admisión al Colegio Sparkle para Hechiceros y Brujas? Ya me la aceptaron en el banco sin ningún problema…
- ¡¿Kapatelis?! – el asombro por mi apellido paterno era algo nuevo, pero sabía que aumentaría cuando le dijera el resto de mi nombre.
- Kapatelis Prince-Lynch.
- ¡Qué gran honor! ¡Y lo a tiempo que llega usted! Han pasado tres generaciones sin poderes… algo muy humillante y doloroso para su talentosa bisabuela, jamás olvidaré la expresión de su rostro cuando el Ministerio de Gobierno la obligó a firmar este docu­mento que hoy usted misma acaba de cancelar…¡Hhh!... Esos ojos tan fascinantes, repletos de lágrimas… hubiese dado mi vida por evitarle el disgusto…
- Lo sé. Esta es la primera carta que llega en más de un siglo…
- ¿Quiere usted verificar el contenido de las cajas?
- ¡Desde luego! – me subí a un taburete y para poder abrir los cofres, saqué la varita de platino. En el primer arcón, que por cierto, era el más grande, encontré un pequeño retrato de Nona Nilda, enmarcado en plata, delicadamente filigranado, daba toda la impresión de que el artista estaba enamorado de ella cuando hizo tan sobresaliente trabajo, nada extraño, Nona Nilda era una Veela… También, en un estuche de terciopelo blanco, había un juego de pequeñas y ex­trañas alhajas – cualquiera diría que hechas a mi medida – que estaba compuesto por una gargantilla de platino, aros, pulsera y anillo del mismo metal. Una descomunal pila de libros, que sin lugar a dudas era lo más pesado de todo ese lote, y un maravilloso relicario de tres metales en cuyo interior se encon­traba un diminuto retrato de mi bisabuela. A todo esto, el joyero me miraba atónito, sin atreverse a alertar al Ministerio por mi uso de la magia siendo menor de edad, creo que porque no quería perderse el espectáculo de los tesoros que de otro modo, jamás hubiera podido ver. El segundo contenedor era más bien alargado y estaba lleno de viejas varitas mági­cas y un bastón de ébano con mango de marfil tallado con la figura de una cabeza de Hipogrifo.
- El anillo, el brazalete y los pendientes contienen la semilla de la vida, - explicó el dueño de la tienda -  hasta donde tengo entendido, un privilegio de la casa Real de las Veelas, a su familia debió costarle al menos tres cuartas partes de toda su fortuna… a menos que en sus genes haya cromosomas dominantes de la raza, un extraño y muy poco probable fenómeno, por cierto… la gargantilla de platino es un regalo de bodas de su bisabuelo a su bisabuela, dicen que casi pierde la vida por conseguirlo. Va acompa­ñada de una tiara, que afortunadamente, aún está a salvo en su bóveda familiar del banco, has salvado gran parte de tu patrimonio ancestral a tiempo.
- La otra caja contiene todas las varitas de la fami­lia de mi padre y el famoso bastón de Yorgo Kapate­lis. 
- ¿Cómo es que lo has identificado?
- Mi bisabuela me habló de él, entre otras cosas, además el símbolo que está tallado en la empuñadura… es un Hipogrifo Griego. Mi padre tiene un anillo igual. Y en casa, en su despacho personal, hay un retrato de Yorgo Kapatelis en el que se puede ver el bastón. Tengo poco margen de error… 
-¡Oh!
- Bueno, creo que me voy a seguir con mis compras escolares, ha sido muy agradable hablar con usted.
- ¡Lo mismo digo, señorita! ¿Quiere usted llevarse algo más? ¡Cortesía de la casa!
- Sólo el nido de Fénix.
-Entonces yo mismo le haré algunos pequeños obse­quios… esta caja de chocolates es muy útil cuando se convive con semimortales y mortales. Tiene varias funciones, algunas las conozco, otras son un miste­rio. Una de ellas es duplicar su contenido cuando es necesario, en especial si alguien lo roba. Otra uti­lidad la cumplen los chocolates, modifican la memoria si un mortal o semimortal ha visto magia y eso lo dejó en estado de shock.
- ¡Interesante!
- Sólo una cosa más, si se le permite a este viejo brujo una galantería para una pequeña dama… - el anciano buscó entre las cosas que estaban debajo de la caja registradora - ¡Tenga!
- ¡Oh, es preciosa! – el mago me entregó una rosa hecha con oro, esmeraldas y rubíes.
- Como todo lo que hay aquí tiene una cualidad que le servirá a usted en el futuro: un detector de cazafor­tunas. No está demás. Es usted una heredera de las más importantes del reino de ahora en más. Tiene que cuidar su legado.
- Es usted en extremo amable. ¡Muchas gracias! ¡Ya debo irme!... ¡Gloomie!
- ¿Sí, señorita?
- Llevate los cofres a casa y encontrame después en la tienda de uniformes… ¡esperá! ¡No te lleves el relicario! Así tendré con quién hablar…
- Sí, señorita Kapatelis. – antes de ir por mi uni­forme, pasé a recoger mis elementos para Alquimia y mis libros de texto.  En el camino, me compré un carrito para llevar todo sin molestar tanto a Gloo­mie. Mientras lo esperaba, me puse a curiosear los uniformes en la vidriera. El escaparate era muy pecu­liar: tenía maniquíes móviles redimensionables y uno podía ver las prendas desde todos los ángulos. A cada pie de pedes­tal había un pequeño tablero con los talles disponi­bles, por lo que cualquiera podía apuntar con la varita y ver cómo lucía cada tamaño de prenda en particular y saber exactamente lo que quería antes de entrar a la tienda. Los uniformes eran soberbios, hermosos, brillantes. Quedé fascinada con ellos. El de las chicas consistía en una túnica blanca de seda con mangas anchas, bien entallada; arriba de eso iba un chaleco negro largo hasta la mitad de la falda de la túnica, se complementaba con un par de botas de caña corta en color negro, y un sombrero blanco de ala ancha con faja negra y pluma. Los chicos tenían un estilo mucho más marcial, ideal para los tiempos que empezaban a correr: chaquetilla blanca con cuello Mao y puños negros, un pantalón negro con guardas blancas, botas negras y gorra militar haciendo juego. 
            No podía esperar para entrar y comprar el mío. Afortunadamente, Gloomie apareció en el momento oportuno.
- He cumplido con mi tarea, señorita Kapatelis.
- Eso veo, Gloomie. ¡Vamos por mi uniforme! – al final del día, llegamos a casa exhaustos, así y todo, Gloomie me preparó una deliciosa cena, que degusté al tiempo en que devoraba los libros nuevos del colegio.

Comentarios

Entradas populares de este blog

El Espejo de Plata

El Espejo de Plata

El Espejo de Plata