El Espejo de Plata


IV – La escuela en el reino mortal


Enero 4


Querido Diario:

              Como en casa, una vez que dejé los pañales, nadie se ocupó de mí, a excepción de mis hermanos mayores cuando necesitaban dinero, la bisa­buela tomó las riendas de mi crianza y mi educa­ción.  Y lo cierto es que eso era justo lo que ella estaba esperando. 
              A los tres años aprendí a leer y escribir y en el jardín de infantes me aburría terriblemente. Una mañana, en lugar de dirigirse hacia allá, el chofer nos llevó a una escuela primaria en la que Nona Nilda me había inscripto.  La idea era intentar algo más difícil que el prescolar.
             Ser la más pequeña de la clase  era una maravilla para los maestros y una pesadilla para el o la alumna. Para empezar, el hecho de que ya supiera leer y escribir le daba a los demás bastante bronca. La maestra me asignaba tarea extra y yo la tenía lista antes del toque de timbre. Fue así desde el primer día. No  tenían con qué pararme. Pasaba de grado dos veces al año, y terminé la primaria con sólo nueve... debieron llevarme a una escuela de genios, pero no quise separarme de mi Nona Nilda y menos sabiendo que estaba enferma y me necesitaba.
            Los chicos son muy crueles con los defec­tos físicos de la gente, y aparentemente, yo tenía muchos. El más notorio era mi pelo. Completamente blanco y erizado, imposible de peinar a menos que me lo tratara en el spa del reino mágico. La bisabuela hacía lo que podía y mi mamá otro tanto, pero el resultado provocaba todavía más risas hirientes.
- ¡Che, puercoespín albino, mirá que la peluquería ya se inventó! – empezaba una.
- ¿Qué te pasó? ¿Metiste los dedos en el enchufe? – seguía otro y así siempre.
            Nunca fui una persona mal hablada, siem­pre me cuidaba de  decir groserías, aunque fueran necesarias en algún momento de mi vida. Pero tenía con qué reemplazar el leguaje rudo: magia espontánea. Todo lo que decía o deseaba, cuando algo me ponía furiosa, se cumplía. Cualquier broma pesada se pagaba cara, muy cara a veces.
- Señorita Kapatelis Prince-Lynch, pase al frente a dar la lección, por favor. – pidió la maestra.
- Sí, señorita. – me puse de pie y caminé hacia el pizarrón  desde el fondo del aula, y como siempre que esto sucedía, la presumida de  Valeriana Asencio sacó su pie derecho al pasillo y me hizo una zancadilla. Me fui de nariz al piso.
- ¡Ja, já, já! ¡La Peluda se cayó! – gritó y se rió a carcajadas, contagiando al resto del curso. El golpe me partió un diente... y me hacía ver del todo ridí­cula. No lo pensé dos veces.
- ¡Y la pelada se rompió la pierna con la que me tiró! – le grite también, y de inmediato se oyó un “crack” y un alarido desgarrador. Valeriana terminó en el hospital con una fractura de tibia y peroné y un diagnóstico de alopecia nerviosa.
            Pronto comprendí que lastimar cuando era lastimada estaba lejos de  ser la solución a mis problemas de comunicación con mis compañeros, espe­cialmente si cada mitad de curso cambiaba de grupo. El último año de la primaria, modifiqué mi actitud y decidí ser como ellos: completamente superficial...
- Vamos de Shopping nosotras... ¿Querés  venir, Mari­jazmín?
- ¡Dale! 
- Traé plata.
- Algo tengo, como para el cine y las hamburguesas.
- ¡Perfecto! – y salíamos después del colegio a ver vidrieras. Era ahí donde las supuestas ricachonas empezaban a presumir de lo que en realidad no tenían.
- Mi padrino me regaló un oso de peluche azul, más grande que ese... – arrancaba una que antes de los once años ya se teñía el pelo.
- Yo prefiero los pandas. En mi cuarto hay uno tamaño natural. – respondía yo, y en casa, el juguete se materializaba. Lo mismo pasaba con la ropa, los mue­bles, los discos compactos, el auto de papá... la lista es interminable. Sin embargo, nada era sufi­ciente. Las burlas no paraban. Todo era apariencia y la mía no mejoraba. Hasta un pony en el club de equi­tación hice aparecer, mi situación era desesperante. Hasta que una maestra de otro curso me explicó lo que pasaba...
- Son polos opuestos, Marijazmín.
- ¿”Polos opuestos”?
- Sí, querida. Vos sos demasiado buena y dulce. Hu­milde a pesar de la posición social de tu familia... pero ellas son envidiosas. Muy envidiosas.
- Eso supuse... pero no me esperaba lo de buena y dulce... nunca nadie me lo dijo... ni siquiera mi Nona Nilda... – y sin darme cuenta, me encontré llo­rando en los brazos de la docente.
- ¿Hacés terapia psicológica por lo de tu bisabuela?
- Sí. Con médicos extranjeros.
- ¿Da resultado?
- No sé, pero me siento bien cuando voy.
- Es bueno saberlo. Ahora, lavate la cara y volvé al aula... ¡y no te angusties por nada! –le hice caso a la maestra y todo ese día me quedé pensando en lo que habíamos hablado.

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